En conflicto

Misrata Calling

Tras dos meses de asedio por parte de las tropas de Gadafi, media docena de barcos tratan de garantizar los suministros necesarios para la supervivencia de la población asediada en la ciudad libia de Misrata.

Hemos viajado en uno de ellos desde Malta

(Ricardo García Vilanova)

Una gallina pone un huevo en un plató de televisión. El presentador y el entrevistado lo recogen para mostrárselo a la audiencia. En apenas unos segundos el huevo original se ha multiplicado milagrosamente por tres y su color ha pasado de blanco a verde chillón. “Hasta los animales en Libia están a las órdenes de su líder, el Coronel Gadafi”.

Ver para creer. Mounir, Alaa y Ahmed se ríen indignados y protestan. Pero no detienen el trasiego de cajas y etiquetas ni dejan de contestar al teléfono. Tienen trabajo. Discuten y protestan, miran la televisión, especulan e invitan a café pero, ante todo, continúan embalando sin pausa. Teléfonos satelitales, medicamentos o leche en polvo. Donaciones para los habitantes de Misrata.

Los tres jóvenes libios, que apenan superan la treintena, son los responsables de la Fundación “I GO” (Yo voy) que, desde el puerto de La Valetta en la isla de Malta, garantiza gran parte de los suministros de comida, medicamentos o tecnología de los que depende la población asediada desde finales de febrero en Misrata. No es posible fotografiarles ni citar sus nombres reales. Todos tienen familia en Trípoli. Si los agentes de Gadaffi conociesen sus identidades, las represalias serían implacables. Alaa se explica. “Han detenido a mucha gente, hay cientos de desaparecidos. Sabemos que han demolido las casas de familiares de los revolucionarios de Bengazi. Tenemos que pensar en nuestras familias”.

Su historia se corresponde con la de tantos. “Salí a una manifestación y discutí con alguien que utilizaba su móvil para grabar nuestras caras. Trataba de asustarnos, diciendo que nos dispararían en la cabeza. Era un hombe de Gadaffi. Me asusté y decidí salir. Pasé por mi casa, lancé ropa dentro de una maleta, envié a mi mujer a casa de una familiar, cogí el coche y conduje hasta Túnez. Lo que vi por el camino fue suficiente para que tomase la decisión de unirme de alguna manera al movimiento revolucionario”. En su vida anterior se dedicaba a la desalinización de agua de mar. Ahora recauda dinero entre empresarios libios que viven en Estados Unidos para mantener el corredor marítimo entre Malta y Misrata.

Mounir recuerda que todo surgió de manera muy espontánea. “Yo ya vivía en Malta cuando comenzaron las protestas en Trípoli. Entonces compramos leche. Fue lo primero que hicimos. La pagamos de nuestro bolsillo. Necesitábamos hacer algo, sentirnos útiles desde la distancia. Comenzó el asedio de Misrata y pensamos que era allí donde teníamos que centrar nuestro esfuerzo”.

A partir de aquí, las complicaciones y los éxitos. “La Embajada India fletó un barco para sacar a sus trabajadores del puerto de Misrata. No nos hacían caso, no querían saber nada de nuestro cargamento. Le dijimos al Embajador que la población estaba esperando por la carga que el barco transportaba. Si no encontraban nada, no respondíamos de lo que podría suceder en el puerto. Cedió”. Eso sucedió a principios de marzo.

Ahmed tercia en la historia de los viajes. “Entonces alguien nos dijo que un barco libio había atracado en La Valetta cargado de pescado. Hablamos con el patrón. Le convencimos para que nos alquilase el barco. Ya teníamos en la cabeza la idea de una línea regular. Lo renombramos “Inthessar” –revolución en árabe– y contratamos a un capitán maltés con su tripulación filipina. Los filipinos abandonaron después de tener que regresar dos veces sin poder atracar en Misrata debido al bombardeo del puerto y del barco. Los obuses caían a 10 metros de la embarcación. Ahora el capitán ha reclutado a 5 malteses que aceptan las condiciones”. Ya han viajado 9 veces a Misrata.

(Ricardo García Vilanova)

Tras el Inthessar llegó un nuevo pesquero, el Mae Yemaja, un pesquero de 25 metros de eslora y con capacidad para 100 toneladas de carga. Desde el martes por la mañana el Mae Yemaja, está lleno hasta la última esquina posible en el puerto de La Valetta para zarpar hacia Misrata. Le esperan unas 18 horas de navegación transportando 32 toneladas de pasta, 25 de patatas, 20 de cebollas y 17 de arroz. Dos cirujanos libios, dos periodistas españoles y un misratí de 24 años que se ha empeñado en regresar a casa. Su ropa le delata. Va calado con un sombrero de camuflaje, botas, chaleco, gafas de sol. Quiere unirse a los jóvenes que combatan contra el régimen de Gadafi.

Frente al barco, tres agentes de aduanas malteses no le quitan ojo a la nave ni a la tripulación. “Se nos aplican las reglas de exportación de la Unión Europea. Todo está en regla” explica Mounir. “Si alguien piensa que se trata de contrabando de armas, esta muy equivocado. “Escribe ahí” -añade- “esta comida apenas llega para un día. Necesitaríamos enviar un barco cada día y sólo podemos hacerlo una vez por semana”.

Hamdi es cirujano. Vive en Canadá desde hace 29 años. “Me fui de Libia porque la situación era insoportable”. Decidió no volver nunca más. Pero siente que ahora se está escribiendo la historia de su país y quiere participar de ella. “Vivimos el comienzo de algo nuevo y quiero formar parte de esto. Por eso me ofrecí como voluntario para operar en el hospital de Misrata. Es lo único que sé hacer”. Tiene tres semanas de vacaciones y se lo paga todo de su bolsilo. “Sabemos que se necesita mucha cirugía ortopédica y que la situación es caótica, pero creo que la voluntad de cooperación puede más que las dificultades materiales con las que me voy a encontrar. Traigo material de cirugía de mi hospital canadiense. Espero que sirva de algo”. ¿Tiene miedo? “No. Sólo vivimos una vez. Tiene que merecer la pena. Quienes creemos en lo que hacemos no conocemos el significado de la palabra miedo. No voy solo a operar. Voy a participar en una revolución”.

Hamdi acaba de conocer a uno de sus compañeros de viaje. Ali también es libio. Trabaja en Londres desde hace una década como anestesista. Deja atrás mujer y dos hijos para trabajar en el hospital de Misrata y, al igual de Zakarías, viaja sin billete de regreso. “Cuando le conté al niño, de 4 años, que venía a Libia me preguntó qué iba a hacer. Él sabe que yo antes no quería volver. Tuve que explicarle que el país se había roto y tenía que arreglarlo. Cogió su mochila. Quería venir conmigo”.

Hamdi y Ali coincidieron en una cena con el personal de la ONG sanitaria Emergency para intercambiar información. Los italianos eran los únicos cooperantes extranjeros trabajando en Misrata desde el comienzo del asedio a la ciudad. El lunes tuvieron que tomar la decisión de abandonar. Era demasiado peligroso continuar.

Su equipo, formado por dos cirujanos, un anestesista, un ortopedista, dos enfermeras y un logista llegó al hospital de Hamka la primera semana de abril, y durante el mes transcurrido ha atendido a una media de 100 heridos al día. “Sólo hay 60 camas, 5 quirófanos y 7 camas de cuidados intensivos”. Alessandro, uno de los cirujanos, se expresa en voz baja, sin aspavientos y en tono neutro “no he vivido una situación tan peligrosa en mi vida y no era la primera vez que trabajaba en la guerra. No tengo ninguna intención de regresar”.

(Ricardo García Vilanova)

Antonio, el logista, explica que “existía una línea imaginaria que separaba la zona de combate del resto de la ciudad. Durante el fin de semana pasado, cuando los leales a Gadaffi se rindieron, esa línea desapareció y el bombardeo comenzó a ser indiscriminado. Los cohetes caían de 20 en 20. La artillería recibió instrucciones de atacar a los civiles. La situación se descontroló. El sábado el hospital fue bombardeado. Recibió tres impactos directos. A partir del lunes no había una sola casa segura en toda la ciudad. De ninguna manera podíamos continuar trabajando. El martes por la mañana, cuando salíamos del puerto, un misil cayó a menos de 100 metros del barco”. El Doctor Grosso sentencia: “Emergency volverá cuando se respeten la integridad del hospital y un corredor humanitario entre el puerto y la ciudad”

Hamzi y Ali se desesperan escuchándoles mientras no pierden comba de las imágenes que retransmite Al Jazeera. A su lado, Mounir, Alaa y Ahmed discuten desde hace horas con el capitán del Maeye Maja. Quieren zarpar ya. Están hartos de esperar.

El Capitán Carmelo ha citado a los pasajeros en el puerto a las 9 de la mañana. La espera se hace eterna. Documentación, inspecciones, sellado de pasaportes, visto bueno del práctico del puerto y última llamada vía satélite a Misrata para recibir información de primera mano de la situación en el punto de destino. También consultan las actualizaciones en Twitter de varias fuentes de confianza. Todos los pasajeros viajan con teléfonos satelitales. ¿Todos?. Los periodistas no. “Nosotros somos freelance. No podemos permitírnoslos”. “Sois periodistas baratos” bromean. “Podéis utilizar los nuestros si lo necesitáis”. Confirmado. Las tropas de Gadaffi no bombardean el puerto desde ayer. Así que vía libre.

Después de más de cuatro horas de espera llegan las últimas cajas. 40 cartones de Marlboro. Rojo y light. Los cigarrillos escasean en la ciudad tras dos meses de asedio. Han alcanzado precios astronómico. Hasta 12 euros el paquete. Libres de impuestos, las cajetillas que viajan en el barco no llegan a un euro. El vendedor no quiere irse. Discute. Insiste en que le paguen en efectivo. ¿Por qué? “Porque igual no volvéis. No quiero arriesgarme a no cobrar”.

A última hora de la mañana, el Mae Yemanja zarpa rumbo a Misrata. En sus bodegas nos encontramos con una sorpresa inesperada. Medicamentos españoles etiquetados con pegatinas de la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo) enviados por  la organización Farmamundi a través de la Embajada España en Malta. El Capitán recuerda entonces una anécdota. “Compré este barco en A Coruña en una subasta judicial. Las autoridades españolas se lo habían requisado a un narcotraficante gallego. Ha pasado de transportar droga con destino a España a llevar medicamentos españoles hacia Libia”. “Escucha, los libios deberían estar agradecidos por lo que estamos haciendo”. ¿No le pagan bien? “Sí. Pero no lo hacemos por dinero. Gadaffi está loco y hay que deshacerse de él”. Su camiseta no admite dudas. Sobre su pecho puede leerse “Free Libya. No nos rendimos. Ganaremos o moriremos”. Y una fecha: 17 de febrero de 2011. El día que la revolución comenzó.

(Ricardo García Vilanova)

Luciano nació en Rumanía. Tras pasar por España, pese a ser el oficial de máquinas del barco, su auténtica especialidad es la cocina. Antes de que haya tenido tiempo para servir el pollo, los médicos libios y el fotógrafo barcelonés ya están encerrados en sus camarotes. La biodramina no ha surtido efecto y tardarán horas en recuperarse del mareo.

Es el mejor momento para conocer al último de los pasajeros. Zakaría está demasiado nervioso para marearse. Tiene prisa por llegar. “Hace tres meses llegué a Portsmouth para estudiar inglés. Trabajé duro para conseguirlo y mis padres no estaban muy convencidos de que fuera una buena idea. Desde que comenzó la revolución ya no volví a la universidad. Me he pasado dos meses pegado a la televisión y conectado a Internet. Un día vi la tienda de electrodomésticos de mi familia destruida. Luego me enteré de que el padre de la mujer de mi hermano había muerto y sé que varios de mis primos están combatiendo. Algunos de mis amigos han desaparecido. Los soldados se los llevaron al principio de todo esto. No podía seguir allí mientras veo como mi ciudad y mis amigos desaparecen”. ¿Sabes combatir? “No”. ¿Sabes disparar? “Sí”. ¿Cómo? “En Misrata estamos acostumbrados a cazar con Kalashnikov. Un RPG es fácil de usar. Puedo aprender. Es lo que han hecho los demás”. ¿Tienes miedo?. “No. No estoy casado, no tengo hijos, no tengo nada que perder. Mi cuñado también quiere luchar pero mi hermana no le deja porque tienen una hija. Él no debe combatir, yo puedo hacerlo en su lugar”. Zakaría es casi un niño. Sonríe tanto como habla, hiperactivo, impaciente, ilusionado. No tiene, aún, la mirada de quien ha participado en combates urbanos. Cuestión de horas que la adquiera. “Os llevaremos hasta Trípoli. Lo que ha sucedido en Misrata es solo el comienzo de la batalla por Trípoli. Ahora sabemos que podemos ganar. ¿Quieres acompañarnos?”.

Misrata se encuentra a 240 millas náuticas de Malta. Apenas se abandonan las aguas territoriales de la Unión Europea, el Mae Yemanja recibe un mensaje grabado a través de la radio “Esta es una advertencia de seguridad por parte de la OTAN. En cumplimiento de una resolución de las Naciones Unidas se ha impuesto un embargo de armas contra el gobierno libio. A partir de este momento usted entra en una zona controlada por barcos de guerra y su carga puede ser revisada en cualquier momento. Le rogamos máxima colaboración”. El mensaje se repite aproximadamente cada media hora. Tanto en árabe como en inglés.

No es necesario dudar de su efectividad. Las llamadas se suceden. “Somos un barco de guerra de la OTAN. Identifíquese” o “este es un helicóptero de la OTAN”. El Capitán tiene que responder unas 15 veces a lo largo del viaje a las mismas preguntas: nombre del barco, matrícula, compañía que lo fleta, peso y especificaciones relativas a la carga. Número de pasajeros, nacionalidades, profesiones, rumbo, velocidad, hora de llegada. Una y otra vez. Con los helicópteros y los barcos casi siempre a una distancia que permite distinguirlos en el horizonte.

(Ricardo García Vilanova)

¿Alguna queja Capitán?, ¿resulta cansino repetir tantas veces la misma identificación? “Al contrario. Si no fuera por ellos yo no podría realizar esta travesía. No me arriesgaría. Hace tres semanas un barco de guerra libio estaba listo para perseguirnos. Fue la OTAN quien les ordenó regresar a puerto. Sin ellos cerca, nos hubieran abordado y prefiero no imaginarme el resultado”. Ahora que somos casi íntimos confiesa, por fin, lo que todos sospechábamos. “Durante dos días os dije que no podíamos navegar debido al estado del mar. Que era peligroso. No era cierto. La auténtica razón era que estaban bombardeando el puerto. Yo no puedo arriesgarme a perder el barco. Ninguna aseguradora cubre estos viajes. Cuando la OTAN bombardeó la artillería de Gadafi que golpeaba el puerto decidí que podíamos navegar de nuevo. Es a ellos a quienes le debemos este viaje”.

Aún así, la amenaza dista mucho de terminar. El ejército de Gadaffi no tira la toalla. Alrededor de las 4.30 de la mañana recibimos un informe de situación desde el puerto de Misrata. Un barco de la OTAN acaba de atacar a tres “Dinghys” (zodiacs militares de gran tamaño) que trataban de acercarse al puerto con la intención de minarlo, bloqueando así su entrada. Navegaban a 5 millas por hora y con las luces apagadas. Tras varias rondas de disparos de advertencia para que retrocediesen, dos fueron hundidas y una logró escapar. Las minas de las naves hundidas han bloqueado la entrada del puerto.

“El control del puerto es fundamental” explica el capitán. “Sólo hay cuatro barcos suministrando la ciudad. Un ferry libio desde Bengazi, el St. Antoine, francés, desde Malta, nosotros, y otro barco que hace la ruta Malta-Misrata con ayuda humanitaria, continúa hacia Bengazi transportando personas y regresa desde Bengazi a Misrata con armas”. ¿Se coordina con la OTAN?. “No. Ellos no. Si les preguntan por su carga, contestan que sólo transportan medicamentos y leche infantil”.

A las 9.45 desde el puente del Mae Yemanja podemos escuchar la conversación entre un barco francés y un pesquero libio. “Manténgase a seis millas de la costa. No entre al puerto, creemos que ha sido minado. Espere nuevas órdenes”. Nuestro Capitán sabe, entonces, que también nos detendrán a nosotros. Aunque no lo hicieran, él tampoco se arriesgaría. “Si no nos llaman ellos, lo haremos nosotros”. Efectivamente, apenas dos horas más tarde, en el mismo momento en que entramos en aguas territoriales libias, recibimos una llamada. Se trata, en esta ocasión, de un submarino. Mientras transmite sus órdenes, el periscopio emerge a la superficie a unos 20 metros del barco. La orden es tajante. “Esperen. No es seguro acercarse. Les llamarán cuando terminen los trabajos de desminado de la entrada del puerto”. La ciudad se divisa a lo lejos. Podemos ver y oír como dos aviones bombardean su flanco oeste. Las columnas de humo marcan, desde la distancia, los lugares atacados.

El barco que nos vigila a una distancia prudencial e impone el bloqueo marítimo del puerto de Misrata es español según los prismáticos del capitán Carmelo. Su matrícula es Foxtrot 104. La confirmación llega al escuchar su acento hablando inglés, radicalmente castellano. Algunas de las conversaciones y malentendidos con los barcos pesqueros egipcios de la zona serían dignas de un sketch de Martes y Trece. Los españoles no disponen de traductor de árabe.

(Ricardo García Vilanova)

A las 14.50 una nueva llamada de radio rompe la espera. “Este es el puerto de Misrata. Nos dirigimos al barco de la OTAN”. Con un marcado acento francés alguien responde “éste es el barco de la OTAN”. La guerra retransmitida en directo y en abierto. “Estamos luchando en Gaaran, al sur de la ciudad. Hay dos garajes de techo azul metálico. Los utilizan para almacenar sus municiones. Calculamos unos 200 hombres alrededor. Hemos vaciado la zona de civiles. Podéis bombardear. Necesitamos confirmación. Si no lo hacéis vosotros, nosotros atacaremos”. El barco francés confirma las coordenadas en dos ocasiones. “Manténganse a la espera”.

Los médicos libios a bordo se muestran gratamente sorprendidos por la fluidez de la comunicación. Ali explica que “antes las fuerzas de Misrata debían transmitir las coordenadas de ataque a Bengazi, y de ahí llegaban a la OTAN. Era demasiado lento. Ahora podemos ver como Misrata se comunica directamente con los barcos extranjeros. Se trata de un gran avance”.

Cuatro horas después, una nueva llamada suena mucho más desesperada. “Hay muchas bajas en Gaaran y Al Mahjoub. Nos están atacando con fuerza. Necesitamos vuestra ayuda. ¿Podríais llamar a los aviones, por favor?”. De nuevo, el barco francés repite “transmitimos la información”. “Por favor, enviad aviones. La situación está empeorando”. “Te copio, transmitimos la información”. Quizás el avance del que hablaban los médicos no sea tal. A fin de cuentas, los combatientes rebeldes de Gaaran y Al Mahjoub han tenido que enfrentarse solos al ejército de Gadaffi mientras la OTAN empleaba horas en transmitir la información, coordenadas incluidas.

Fue a las 18.00 que llegó el tan ansiado anuncio “No actuéis en la zona. Nosotros nos hacemos cargo de la situación”.

Pero 24 horas más tarde, los barcos de la OTAN aún no han conseguido limpiar el puerto de minas y la ciudad permanece incomunicada por tierra y mar. Dos barcos esperan para salir, cuatro para entrar. Quienes pensaban que Gadaffi estaba acabado han descubierto, una vez más, que queda mucha guerra por delante si el ejército libio aún es capaz de cerrar durante dos días la única vía de comunicación con el mundo que le queda a Misrata.

El Mae Yemanja lleva 24 horas de travesía desde Malta y 24 horas de espera a 10 millas de Misrata. Cada dos horas, el barco de la OTAN llama por radio a los barcos que esperan, fondeados “estamos limpiando la zona. Creemos que es cuestión de horas. Volveremos a llamarles”. Pasan 24 horas más esperando una llamada que nunca llega. Al amanecer del tercer día, el operador de radio del puerto informa a los barcos de que todas las minas han sido localizadas y explosionadas. ¿Cuél es el problema, entonces? “Que hay tres barcos, uno español, otro francés y un canadiense. Ninguno quiere asumir la responsabilidad de autorizar el paso”. Comienza entonces, la batalla de los rumores en VHF, que duraría casi 24 horas más. A las 18.00 del sábado los dos barcos que esperaban para salir del puerto deciden navegar bajo su responsabilidad. “Les llama el barco de guerra de la OTAN. No es seguro abandonar el puerto. Les recomendamos no hacerlo”. Por toda respuesta “bajo nuestra responsabilidad”.

Sólo 96 horas después de dejar Malta, pisamos tierra en un puerto totalmente a oscuras y controlado por varias docenas de jóvenes fuertemente armados. Bajo nuestra responsabilidad, sin que en ningún momento las naves de la OTAN haya revisado la carga y contra su recomendación de seguridad. El bloqueo naval impuesto por la OTAN sobre Misrata es, cuando menos, bastante laxo.