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En conflicto

Memorias de la invasión de la Unión Soviética de Afganistán

"La guerra hizo que alguna gente se fuera a Europa y a Estados Unidos, pero destruyó mi familia", relata Ismail, refiriéndose a una noche de 1979 en la que 16 familiares suyos murieron durante uno de los bombardeos soviéticos contra su pueblo natal.

Familias desplazadas de la provincia de Helmand en el campamento de Musa Qala Camp a las afueras de Kabul (Anand Gopal/IPS)

La guerra afectó a una gran cantidad de familias afganas. Quienes tuvieron suerte emigraron a Occidente. Pero la de Ismail, apodado “Tío”, está enterrada en un cementerio de Nangarhar. Originario del distrito de Haska Mena, Ismail contó que sus padres insistieron en mandarlo a la única escuela del área, en Shpole Baba. Eran tiempos revueltos. La hoy disuelta Unión Soviética había invadido Afganistán, y Babrak Karmal fue puesto al frente del gobierno en diciembre de 1979.

Los opositores a las nuevas autoridades prendieron fuego la escuela de Ismail. Tío recuerda subir al techo de su casa y ver todo desde allí. “El incendio destruyó mis esperanzas de estudiar y de ser un gran hombre en el futuro”, suspiró. Ismail comenzó a ayudar a su padre en el campo. “A la gente de nuestra aldea le sorprendió que pasara tan rápido de ser un niño que va a la escuela a uno que trabaja en la granja”, recordó con una sonrisa. Pero la guerra le cambió la vida.

Recuerda estar con su padre trabajando la tierra cuando seis helicópteros soviéticos aparecieron en el cielo. Dieron tres vueltas en la zona y, luego, de repente, comenzaron a disparar. “Mataron gente a sangre fría. Todo el mundo corría y se atropellaba. Nuestros toros entraron en pánico y se soltaron del yugo”, relató. “Mi familia se refugió en la mezquita del pueblo. Mi abuela que no quiso ir era la única en casa cuando llegué”, apuntó.

Vidas destruidas

Cuando se silenciaron las armas y cesó el bombardeo, Ismail se arrastró fuera de su escondite y descubrió que el pueblo había sido arrasado. “Todo estaba en ruinas. El aire estaba lleno de polvo. Los grandes árboles habían sido desarraigados y quebrados. Corrí hacia la mezquita. No quedaba nada de ella. Tres de mis hermanas, mi madre, mi abuelo, tres primos, tres primas y su madre fueron asesinados”, contó. Solo sobrevivió una hermana y una prima.

“Mi hermana tenía la pierna rota en tres partes; mi prima, una herida en el cuello. Le pusimos leche en la boca, pero no podía tragar. No pudimos llevar a nadie al hospital, pero sobrevivieron. Ahora están las dos casadas y tienen hijos, pero nunca se recuperaron. Sufren depresión y otros problemas psicológicos”, explicó.

Otros cuatro pueblos fueron bombardeados el mismo día. Los rumores de más ataques propiciaron un éxodo. Ismail se unió a un grupo de gente que iba hacia Achin, un distrito del sur de la provincia de Nangarhar. “Era invierno y llovía fuerte. No tenía ni sandalias. Llegamos a Achin sin haber comido nada. Yo lloraba mucho”, recordó.

Nadie sabía por qué habían bombardeado su pueblo. Ismail se preguntó si el hecho de que uno de sus tíos fuera militar del gobierno de Daud Khan tuvo algo que ver. Daud Khan fue el primer presidente de Afganistán desde 1973 hasta su asesinato en 1978.

“Los rusos bombardearon nuestros pueblos por información equivocada. No teníamos nada que ver con la política. Solo éramos agricultores”, se lamentó.

Ismail regresó a su pueblo dos semanas después. Su anciana abuela había quedado ciega. Su padre tenía muchas heridas de bala en el hombro. Él fue al cementerio a visitar la tumba de sus familiares. “Había muchas tumbas nuevas. Corrí a ver la de mi hermanita. La gente me contó que había sido encontrada en un pozo atrás de la mezquita. Me desmayé con la noticia. La gente me tuvo que llevar de vuelta a casa”, relató.

Futuro brillante

El pueblo siguió siendo blanco de ataques una y otra vez. “Apenas escuchábamos un avión corríamos a refugiarnos. Hice un búnker para mi abuela y mi padre. Solía esconderlos allí”, señaló. “Un día, los aviones rusos dejaron de venir a nuestro pueblo, y los mujahidines nos trajeron la guerra”, relató.

Ismail emigró, al igual que decenas de miles de afganos, hacia Pakistán en busca de una vida mejor. Allí hizo toda suerte de trabajos manuales y pesados. “No llevé a mi familia. Trabajaba como jornalero. A veces era guardia, otras empujaba una carretilla y rompía piedras. Las manos se me cortaban y me lastimaba. Me las cubría con telas”, recuerda y se emociona.

Parte del dinero que ganaba lo enviaba a su casa en Afganistán. Su padre quería que él reconstruyera la mezquita del pueblo. También pudo arreglar la casa, donde ahora vive con su familia y la de su medio hermano. Su escuela en Shpole Baba también fue reconstruida. El hijo de Ismail ahora estudia allí. “Está en séptimo grado. Siempre es el mejor de la clase. Mi hermano dice que aunque muramos de hambre, vamos a hacer que termine sus estudios”, aseguró.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

1 comentario

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