En conflicto

Los combatientes “thuwar” de Misrata (I)

Muchos de los jóvenes que luchan contra el régimen de Gadafi nunca se imaginaron con un arma entre las manos y luchando en una guerra.

Por ejemplo, Mohammed Khayif, estudiante de contabilidad y finanzas en una universidad británica.

Desde que a mediados de febrero comenzase la revuelta popular en Libia la prensa internacional utiliza de manera casi unánime la palabra “rebeldes” para referirse a los jóvenes que salieron a las calles para protestar contra el régimen del Coronel Gadafi. En cuestión de pocos días, esos “jóvenes rebeldes” se encontraron con un Ejército que utilizaba fuego real contra ellos. En pocas semanas, la situación de guerra se había generalizado en amplias zonas del país. Muchos de ellos nunca se imaginaron que terminarían por tomar las armas, viéndose inmersos en una guerra de guerrillas. A campo abierto unas veces, en escenarios urbanos otras. Avanzando y retrocediendo, capturando armamento al ejército en retirada y aprendiendo, de un día para otro, a utilizar un Kalashnikov e incluso lanzando cohetes Grad.


Mohammed Khayif

“Para combatir no se necesita entrenamiento. Sólo pasión y convencimiento. Ideas y una causa justa”. Hace tan sólo dos semanas Mohammed Khayif, de 24 años abandonó sus estudios de contabilidad y finanzas en la Universidad de Essex para sumarse a la revolución. Hoy, junto a otros 50 jóvenes, espera en un cruce de caminos en la zona de Tamina -al este de Misrata- el pistoletazo de salida para la ofensiva que les permitirá avanzar a lo largo de la autopista en dirección a las localidades de Kararim y Tavarga.

Al contrario que muchos de sus compañeros, en mono de trabajo o vistiendo ropa deportiva rota y hecha jirones tras dos meses de combate diario, Mohammed mantiene la barba perfectamente perfilada y viste con ropa limpia y planchada.

También se expresa en un inglés perfecto, académico. “Cuando comenzaron a llegar las noticias de lo que sucedía en Libia, pensé que sería similar a Túnez o Egipto y no me planteé regresar. Cambiaría el régimen y seguirían adelante. A medida que pasaban las semanas, el problema se intensificaba y se convertía en una guerra. A mediados de marzo perdí contacto con mi familia. Los teléfonos e Internet dejaron de funcionar. Las pocas imágenes que llegaban a través de los periodistas eran muy preocupantes y varios jóvenes de Misrata que vivíamos en el Reino Unido y nos habíamos conocido a través de Internet decidimos que era hora de regresar a casa”.

Mohammed llevaba dos meses sin asistir a clase, conectado a Internet y a la televisión por satélite tratando de recibir noticias de Misrata. “Tengo muchos amigos en la universidad. Algunos de ellos, erasmus españoles. Cuando les anuncié que viajaba a Libia se quedaron en estado de shock. Todos me pedían que me quedase allí, que no regresase, que esperase a que todo terminara. Pero ellos no pueden entenderlo. Este es el lugar en el que nací y en el que vive toda mi familia, es mi país. Tengo que protegerlo de quienes lo están destruyendo”

No volvía para luchar. Al menos no necesariamente. “No me senté a pensar si cogería un arma o no. Ni siquiera comprendía lo que significaba tener un rifle en mis manos hasta que llegué aquí y lo vi por primera vez. Como la gran mayoría de los jóvenes rebeldes ni siquiera había hecho el servicio militar ya que me fui al Reino Unido hace más de tres años”. Insiste en que no lo tenía claro. Pero era tan consciente de la situación que lo primero que hizo al llegar a Bengazi fue comprarse un Kalashnikov.

Si al comienzo de la rebelión se repartieron armas, ahora sólo hay dos maneras de conseguirlas. Encargando que alguien la traiga en los pocos barcos que llegan desde Bengazi o avanzando  desarmado para hacerse con alguna de las que los soldados del ejército abandonan en su huida al conquistar una posición. “En Bengazi cuesta 3000 dinares, unos 1300 euros al cambio actual. Sabía que si yo no lo usaba, podría entregársela a alguien que la necesitase porque en Misrata no hay armas para todos”.

No hay demasiada épica en el relato de su ingreso en una unidad de combatientes. Más bien un efecto contagio derivado de la intensidad de los lazos comunitarios que unen a la población de Misrata. “Yo volvía sólo para estar al lado de los míos. Cuando mi familia me vio llegar, se sorprendieron mucho. Pero su reacción fue de felicidad. En el trayecto entre el puerto y mi casa fui encontrándome con vecinos y amigos que me explicaban lo que había sucedido. Mis dos hermanos mayores se habían sumado a la revolución, uno en el frente y el otro como mecánico en los talleres que arreglan las pick-ups. Todos mis vecinos y amigos colaboraban con la revolución. No tuve opción. Fue un proceso natural”.

El Comandante Jalbush dirige la milicia que defiende la entrada este de Misrata. La que garantiza que el puerto no caiga en manos del ejército libio. Desde que hace una semana, las tropas de Gadafi tratasen de reingresar a la ciudad a través de la carretera de Karzaz, decidió que era imposible mantener una estrategia exclusivamente defensiva.

Desde el perímetro de Misrata continuaban cayendo cohetes Grad sobre la ciudad y la única manera de detenerlos era expulsar al ejército a posiciones lo suficientemente alejadas como para que los proyectiles no llegaran hasta el casco urbano. En ese momento Mohammad encontró su lugar entre los combatientes. “Jalbush es mi vecino. Fui a hablar con él y me autorizó a sumarme a mis amigos”

Viviendo y estudiando en Inglaterra, Mohammad tiene una idea bastante clara de los motivos por los que lucha. “Queremos derrocar al dictador. Gadafi ha estado 42 años en el poder y no ha construido carreteras, hospitales, universidades o escuelas. El sistema educativo se encuentra en un estado lamentable. No nos permitía estudiar inglés, cualquier enfermo tenía que viajar a Túnez para recibir tratamiento, era imposible hablar o expresarse. Todos teníamos miedo. Cualquiera podía denunciarte si criticabas a Gadafi y eras detenido y torturado. Sólo tenían oportunidades quienes trabajasen para él y le siguiesen ciegamente. La dictadura era brutal. La corrupción absoluta”.

¿Por qué esperar tantos años?. “El miedo desapareció de un día para otro. El efecto contagio ha sido fundamental. Primero Túnez y luego Egipto. Ahora es imposible controlar las comunicaciones, Internet permite que la información circule pese a la censura. En Misrata había muchos cibercafés antes de la guerra y aunque la policía secreta trataba de controlarlos, era imposible. La gente estaba harta y se dio cuenta de que si nuestros países vecinos podían derrocar a sus dictadores, Libia no tenía por qué ser diferente”.

Pero Libia es diferente. Porque la rebelión popular que comenzó el 17 de febrero fue reprimida a sangre y fuego por el Ejército. “Libia es diferente a Túnez y Egipto porque aquí el ejército se puso del lado de Gadafi, que ha demostrado que es un loco y un asesino al que no le importa nada”, apunta Mohammad, “¿Porqué Gadafi y sus hijos no cogieron el dinero y se marcharon al extranjero?”. Ahora ya no hay marcha atrás. “Les atraparemos, Gadafi no va a irse del país. Va a luchar hasta el final. Nosotros también”.

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¿Y cuando todo esto acabe? “Regresaré a Essex y continuaré mis estudios. Por ahora he perdido un semestre. Espero estar de vuelta en la universidad en septiembre”. ¿Y el futuro de Libia?. “No va a ser fácil. Son muchos años de dictadura. La democracia no se construye de un día para otro y esta sociedad no la conoce. Espero que el Consejo Nacional de Transición al que todos respetamos, por el momento, se disuelva en cuanto termine la guerra y convoque elecciones libres en igualdad de condiciones para todos aquellos que quieran competir. Se necesitará una Constitución, un parlamento, partidos políticos y…”

27 disparos de mortero interrumpen la conversación. “Si me disculpas, tengo que ir a combatir. Podemos continuar esta charla después”. Media hora más tarde y en medio de un intenso tiroteo a lo largo de la carretera de Tamina, Mohammad trataba de hacerle el puente a una ambulancia abandonada por el ejército de Gadafi en su retirada. Después de poner el vehículo en marcha, su labor consistió en recoger la munición que deja atrás el ejército y transportarla lo antes posible a un lugar seguro.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie