En conflicto

Los primeros y tímidos pasos democráticos en la ‘Siria liberada’

Los vecinos de Quseir eligen una suerte de gobierno municipal para gestionar el municipio, fronterizo con el Líbano

El Ejército Libre de Siria, la facción desertora que combate al régimen, controla buena parte de la ciudad y las zonas adyacentes

El 80% de los vecinos han huido al país vecino escapando de los bombardeos y los combates, calculan los miembros del nuevo Consejo Nacional

Dos combatientes pisan una imagen de Bashar Assad en un colegio de Quseir. (Mónica G. Prieto)

QUSEIR (SIRIA).- Cada mañana, sobre el mediodía, los ocho miembros del Consejo Nacional de Quseir, localidad cercana a la frontera con el Líbano y la salida natural para los refugiados de la provincia de Homs, se reúnen en el salón del domicilio del doctor Abbas. Entré vasos de té azucarado, tazas de concentrado café aromatizado con cardamomo y humo de tabaco, los representantes del municipio se enzarzan en discusiones sobre cómo solucionar los problemas más básicos, desde el pavimentado de las calles afectadas por los disparos de artillería pesada hasta el alojamiento de los desplazados de guerra que pasan por la zona, en su camino hacia el Líbano.

“Desde hace meses aquí hay Gobierno. No hay policía, ni servicios… Alguien tiene que cuidar de la ciudad”, explica Abbas, dentista de formación y próspero hombre de negocios que vio cómo su fábrica de embalajes quedaba completamente destruida por los bombardeos del régimen. “Y nosotros hemos creado este sistema: nos hemos constituido en una especie de gobierno municipal con ocho departamentos. Pero, ojo: lo hemos hecho de forma democrática”.

Al lado de Abbas asienten y sonríen Abu Fidah, el responsable del departamento de Seguridad –consistente en 25 agentes de policía local desertores y encargado de “trabajar como cualquier otro departamento de policía”, explica este último-, así como un líder tribal, un clérigo y un hermano de Abbas.  “Lo constituímos hace cinco meses, cuando la guerra paró toda la actividad en la provincia de Homs”, prosigue Abbas. “Y ahora, un problema que antes se resolvía en 10 años se puede arreglar en un día”, dice en tono pretencioso.

Varios edificios afectados por bombardeos de artillería pesada en Quseir. (Mónica G. Prieto)

El autogobierno se ha impuesto en Quseir como ya sucedió en otros municipios sirios como Zabadani, obligados a encontrar soluciones ante el vacío de Gobierno que implica el alzamiento popular contra el régimen, sobre todo en las áreas liberadas del control de la dictadura. El Consejo data de principios de 2012, cuando la presencia de una misión de observadores de la Liga Arabe fue incapaz de frenar los ataques del régimen contra las localidades insurrectas y la respuesta armada del Ejército Libre de Siria (ELS), la facción de desertores que le planta cara, cada vez con más ayuda de civiles que han cambiado las pancartas por las armas.

Tras la brutal ofensiva de Damasco contra Homs, son muy numerosos los vecinos que han optado por la lucha armada, y como muchos activistas lamentan, eso arrincona la revolución democrática. “Desde el pasado 1 de febrero, esto es una guerra civil. Hemos perdido la revolución. Todo empezó por cosas impecables como la libertad de expresión, la democracia, la justicia, la igualdad… Ahora es una guerra de venganzas“, musita en tono amargo Khaled, un activista de Homs implicado en las manifestaciones desde sus orígenes.

Un hombre atraviesa en bicicleta la Plaza del Reloj de Quseir. (Mónica G. Prieto)

Esa realidad no cambia las necesidades de ciudades como Quseir, que se rebeló tímidamente contra la dictadura en la primavera del pasado año pero no se levantó hasta el asesinato del cámara ciudadano Mohamed Farzat Jourban, a quien partidarios del régimen le arrancaron los ojos. Sus carencias se agravaron de forma dramática cuando, a principios de febrero, la masiva ofensiva contra el barrio de Baba Amr, así como otras zonas de Homs, obligó a decenas de miles de personas a huir en dirección a esta localidad, confirmándola como la salida más transitada hacia el Líbano y poniendo a la ciudad, de entonces 40.000 habitantes, en el punto mira de Damasco.

Se desplazaron refuerzos militares a la zona, y el régimen ordenó erigir más puestos de control desde donde controlar a los civiles y aumentó los bombardeos. Pero fue tarde: tras la caída de Homs, los combatientes del ELS fueron quienes guiaron la huída de los civiles a través de la provincia. Buena parte de los milicianos terminó asentándose en la zona, y ahora los hombres armados se han hecho fuertes en Quseir y sus aldeas adyacentes, lo cual explica la ferocidad de los bombardeos del régimen de los últimos días.

El doctor Abbas y Abu Fidah, en Quseir. (Mónica G. Prieto)

“Hace dos mes, abandonó el 80% de la población de la ciudad. Cristianos, alauíes, chiíes, drusos… Mucha gente ha sido asesinada por los francotiradores del régimen. Ahora, el 90% de la ciudad está liberada por el ELS pero no se puede decir que sea segura hasta que no desaparezcan los francotiradores”, explica el dentista Abbas, trazando un rústico mapa imaginario.

Los escasos habitantes que quedan en Quseir se han acostumbrado a convivir con la guerra, los bombardeos y los combates entre el ELS y las fuerzas de Assad que se desatan en la ciudad. Evitan la Plaza del Reloj, desde donde se aprecia la sede del Ayuntamiento con sus numerosas ventanas parapeteadas con sacos terreros, así como las inmediaciones del Hospital Nacional: ambos son posiciones militares .“No sólo son edificios evitados a causa de los francotiradores: hace pocos días, uno de los desertores voló por los aires al pisar una mina, lo que nos hace pensar que han minado los accesos”, explica Mofaz, un miembro del ELS.

La vida se ha interrumpido en lo que en otros tiempos fue una próspera ciudad fronteriza que vivía del comercio. Hoy, el mercado –muy próximo a la Plaza del Reloj- está cerrado: la chapa de las puertas metálicas de cada puesto presenta un sarpullido de lesiones, huella de la metralla. Algunos de los negocios están calcinados. En un rincón de la ciudad, los rastros de una enorme batalla son aún visibles: edificios agujereados y quemados, barricadas vacías de sacos terreros y carcasas vacías de munición. “Aquí había una posición del Ejército de Assad”, continúa Mofaz. “Al ELS le costó deshacerse de ellos, pero lo logró”, estima el muchacho, antes estudiante de Ingeniería, echando un vistazo a su alrededor.

Aspecto de la sala de operaciones del hospital de campaña de Quseir. (Mónica G. Prieto)

“Está claro que la ofensiva que vivimos en marzo fue una respuesta a lo ocurrido en Baba Amr”, aduce Abu Fidah, ante el asentimiento del resto. “Intentan cortar la vía de escape hacia el Líbano, la única salida que tiene Homs”. Quseir ha sido sometida a ataques intermitentes desde el principio de las protestas, y según los activistas y vecinos la mayoría de las 200 víctimas que se estimaban cuando Periodismo Humano visitó el lugar, a principios de mayo, fueron disparadas desde los puestos de control del régimen. “Aquí sólo tenemos un hospital de campaña con dos médicos. No podemos acudir al de Homs porque hay 23 puestos de control en el camino [menos de 30 kilómetros separan ambas localidades], y los nombres del 70% de los hombres de Quseir figuran en las listas negras del régimen”, explica el doctor Abbas. “Como el Hospital Nacional está en manos del Ejército de Assad, a los heridos graves hay que trasladarlos al Líbano. Nos separa 20 kilómetros de la frontera, pero como las carreteras principales están tomadas por el Ejército hay que tomar rutas en desuso: ahora el viaje nos lleva dos días”.

Para coordinar la evacuación de heridos, la entrada de suministros médicos de contrabando y otras muchas actividades se eligió el Consejo Nacional. “Un día nos reunimos en la mezquita los representantes de las principales familias de Quseir. Nos juntamos un centenar de personas: tenga en cuenta de que aquí una sola familia puede representar a un 20% de la población. Sometimos a votación los nombres de los voluntarios para trabajar en un gobierno municipal: de una primera selección de 28 terminamos votando a ocho personas”.

En el Quseir liberado sus ocho concejales se reparten los departamentos de Seguridad, Finanzas, Sanidad, Asuntos Sociales, Agricultura, Comunicación, Asuntos Militares, Asuntos Religiosos y un último encargado de organizar las manifestaciones diarias, una diurna y una nocturna, que suelen celebrarse para pedir la salida del régimen. Abbas, Abu Fidah y el resto desconocían que la ciudad de Zabadani, cercana a Damasco, ya celebró sus propias elecciones a finales de 2011 siguiendo un esquema similar. “No sabemos si hay precedentes, nosotros actuamos por necesidad”, dice Abbas encogiéndose de hombros.

Un hombre corre por una avenida de Quseir, protegida por un parapeto de los francotiradores. (M.G.P.)

“El cerco militar impide la llegada de combustible, gas, harina o suministros médicos. Tenemos que conseguirlo todo mediante el mercado negro, y eso dispara los precios. Poca gente se puede permitir pagar un litro de diésel, que suele costar 15 libras sirias, a las 45 que nos cobran ahora de estraperlo. Necesitamos ayuda pero el presidente sólo dejará el poder por la fuerza, así que no nos queda más remedio que actuar”, continúa el dentista.

El departamento financiero destina las ayudas económicas que se reciben –afirman que, en su mayoría, provienen de donaciones de sirios en el exilio– en financiar la compra de medicinas y alimentos básicos para personas sin posibles, así como comida y ropa para los miembros del ELS –“cualquier cosa, menos armas”, refuta Abbas- y sueldos simbólicos para el personal sanitario que asiste el hospitales de campaña y las clínicas clandestinas que ofrecer primeros auxilios. El departamento militar coordina las relaciones entre el ELS –estiman que hya unos 1.400 milicianos en Quseir y alrededores- y la población civil -se admiten problemas aislados, aunque rechazan dar detalles-, mientras que el encargado de las protestas vela por evitar disparos del régimen contra las mismas.

“Tenemos varios lugares destinados a manifestaciones, pero como suelen ser atacados, cada día se celebran en un lugar diferente elegido horas antes por los organizadores”, explica Hussein, un joven activista que suele acudir a las marchas a diario. El boca a boca hace el resto y cada tarde, sobre las ocho, unos 300 hombres se concentran en el emplazamiento elegido, donde ya les esperan las pancartas colocadas, la megafonía y banderas de la Siria revolucionaria (la enseña nacional previa al Baaz). En la noche del 29 de abril, las consignas revolucionarias fueron recibidas por un fuerte tiroteo desde la posición del Gobierno municipal. “Disparan al aire, porque desde allí no pueden alcanzar la manifestación. Bienvenida a Quseir”, ironizaba Abu Habib, otro activista.

Manifestación nocturna en Quseir. (Mónica G. Prieto)

Los responsables del Consejo Nacional acuden siempre a las manifestaciones. Su forma de actuar asombra a los vecinos. “Verlos discutir en la reunión diaria de la mañana es un espectáculo. En Siria, estamos acostumbrados a que en nuestro Parlamento nadie dispute argumentos: se limitan a escuchar, a decir sí y a dar salvas al líder. Pero aquí, en Quseir, las cosas son muy diferentes. Los gritos se pueden escuchar en la calle”, prosigue Hussein, con notable orgullo.

Pese a los bombardeos, que se han intensificado en las últimas semanas, su ciudad natal comienza a dar sus primeros pasos en la autogestión al margen del régimen de Damasco, y muchos como él están ansiosos por colaborar. “¿Ves esta casa?”, dice mientras rodea un amplio edificio aún en construcción, cercano a la vivienda del doctor Abbas. “Mi familia la estaba construyendo para mi y mis hermanos, pero desde que comenzó la revolución hemos cambiado de idea. Ahora queremos que albergue el próximo gobierno municipal de Quseir, una vez que nos libremos del régimen.

Una mujer siria llora con su hijo en brazos tras ser herido por soldados del Ejército de Assad mientras intentaban cruzar la frontera con Líbano para huir del conflicto en Wadi Khaled, en Akkar (Hussein Malla /AP)

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie