En conflicto

Los atentados políticos vuelven al Líbano

Desde que la revolución siria se transformó en guerra civil, parecía una cuestión de tiempo que el Líbano se contagiase de la inestabilidad.

(Mónica G. Prieto)

El país del Cedro aguantó pese a la frustración y la radicalización de los pro-sirios y los anti-sirios libaneses, la división social que impide la normalidad desde hace años. Unos acusaban a los otros de estar del lado del enemigo, haciendo la crisis siria un poco suya. No en vano los vínculos históricos entre ambos países son tan estrechos que no se entienden por separado.

Pero desde el atentado que hace unas horas acabó con la vida del general Wissam Hassan y de otras siete personas, según datos provisionales, la ficción se ha roto en pedazos. Los atentados que abandonaron la vida libanesa en 2008 han regresado al país árabe, y la elección de su primer objetivo no podía ser más significativa. Hassan, quien fuera jefe de Seguridad del ex primer ministro Rafic Hariri (fallecido también en atentado en 2005), era el responsable de la Inteligencia de las ISF, las Fuerzas Internas de Seguridad (Policía). Y también era un destacado anti-sirio, un hombre del 14 de Marzo, el bloque suní, hoy en la oposición, que logró la salida de Damasco tras 29 años de ocupación militar.

Hace apenas unas semanas, su nombre se cubrió de gloria tras la detención del ex ministro de Información Michel Samaha, próximo a Damasco, detenido tras ser hallado en posesión de un importante volumen de explosivos y con la intención, confesa, de retomar los atentados en el Líbano por órdenes de Damasco. Su abogado nunca pidió que se revocasen los cargos, y ninguno de los aliados políticos de Samaha se interesó por él, lo que hizo pensar que su implicación en el complot terrorista era innegable.

Sería el último gran éxito del general, que ya había perdido a dos hombres en sendos atentados anteriores, los comandantes Samir Shehadeh y Wissam Eid (éste último a cargo de parte de la investigación del asesinato de Hariri) pero que no pudo sobrevivir a su propio atentado. El coche bomba estalló en Ashrafiyeh, el sector cristiano de Beirut: más concretamente a 500 metros de la Plaza Sassine, el corazón del mismo. A la hora del atentado, 10 minutos antes de las 15.00 hora local, los niños salían de los colegios y muchos trabajadores regresaban a sus hogares. Hubo casi un centenar de heridos.

(Mónica G. Prieto)

La envergadura de la explosión era innegable: los daños materiales se dispersaban a unos 150 metros a la redonda. Varios coches yacían en llamas, y restos del coche bomba, cuya carcasa yacía sobre otro automóvil, habían alcanzado el tercer piso de un cercano bloque en construcción.

Del edificio siniestrado –la fachada había desaparecido, convertida en escombros y polvo- salían vecinos heridos con y sin ayuda de los socorristas y uniformados, algunos en estado de histeria, otros silenciosamente conmocionados. Muchas personas intentaban atravesar el cordón policial en busca de seres queridos, otras se saltaban el control para ayudar a evacuar a las víctimas.

Llevamos 42 años viviendo aquí y no recordamos nada igual desde la explosión contra la sede de las Kataeb”, explicaba temblando una vecina. Se refería al atentado, en 1982, que mató al entonces presidente del Líbano y líder de las Falanges Libanesas, Bashir Gemayel. La sede donde ocurrió se encuentra a apenas 300 metros del actual siniestro. Aquel ataque decidió el curso de la guerra civil, y el actual podría terminar con la relativa estabilidad de la que gozaba el Líbano.

La mitad de la sociedad libanesa, la próxima al 8 de Marzo (coalición pro-siria en Líbano) culpará a Israel o a las células salafistas que actúan en el país; la otra mitad apunta a Damasco. Desde el principio de la insurrección siria, se temía que Bashar Assad pudiera desestabilizar el Líbano para combatir la presión contra su régimen. Sea como sea la población del Líbano, tablero de juego de intereses regionales, siempre saldrá perdiendo.

(Mónica G. Prieto)

(Mónica G. Prieto)

(Mónica G. Prieto)

(Mónica G. Prieto)

(Mónica G. Prieto)

(Mónica G. Prieto)

 

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie