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En conflicto

Las múltiples caras de la guerra de Irak

La ocupación kurda de 16 zonas mixtas cuestiona el futuro del norte

La infiltración de milicias en la Seguridad podrían reiniciar el conflicto sectario

Patrullas conjuntas en Kirkuk (Mónica G. Prieto)

Los 40 agentes que custodian el puesto de control recién erigido en la carretera secundaria que une Kirkuk con Suleimanía, entre las verdes praderas del norte de Irak, lucen cuatro uniformes diferentes. Diez son policías iraquíes, ataviados de azul; diez soldados, de color ocre, diez peshmergas (guerrilleros kurdos), de verde oliva, y diez norteamericanos, de color terroso.
La disparidad de atuendos choca con la uniformidad de las acciones: paran coches sospechosos, los registran, cachean a sus ocupantes y comprueban la documentación para evitar la infiltración de milicianos o explosivos e impedir catástrofes. Actúan como un solo cuerpo, aunque saben que, a una orden de sus líderes, todos tendrán que volver las armas contra sus propios compañeros.

Se trata de una de las unidades conjuntas formadas por EEUU para evitar una nueva guerra en el norte de Irak. Estos comandos operan en los 16 lugares reivindicados por los kurdos como ‘territorios históricos’ pese a encontrarse en las provincias iraquíes de Tamim, Salahadin, Diala y Nínive, fuera de la Región Autónoma del Kurdistán, y ser habitados por una población multiétnica. Para el general de división Anthony Cucolo, responsable de las tropas americanas en el norte de Irak, las patrullas conjuntas son el modelo del futuro. “Confiamos en que las fuerzas de Seguridad combinadas, distribuidas en 26 checkpoints, tengan un gran potencial de éxito a la hora de reducir tensiones. Es la dirección correcta para comprar tiempo al proceso político mientras que éste encuentre soluciones para las zonas disputadas”, decía desde la Base Speicher, en Tikrit.

Pero la realidad sobre el terreno es tercamente opuesta. La prueba se encuentra en Mosul, en el cuartel general de las Fuerzas de Seguridad Combinadas, un complejo de barracones de madera donde conviven unos 50 oficiales del Ejército, la Policía y los Peshmerga. Sus responsables reciben por separado, cada uno en la minúscula estancia contigua desde la que dirigen a sus uniformados, ante la atenta mirada del coronel norteamericano Max Dietrich, visiblemente molesto por la presencia de la periodista. Allí confirman que, durante las primeras tres semanas, el experimento fue un fracaso después de que el gobernador de Nínive, árabe y enfrentado con los líderes kurdos, estuviese a punto de ser linchado en una localidad de mayoría kurda. El incidente dio lugar a arrestos en ambos bandos, y los peshmergas congelaron su participación en las fuerzas conjuntas para decepción de los estadounidenses en lo que parece el primer incidente de una larga serie de fricciones. “Por el momento trabajamos bien juntos, pero el futuro dependerá de las elecciones”, explicaba el teniente coronel Hassam Fais, responsable de la Policía en la fuerza conjunta de Mosul. “No tenemos ningún problema con que los kurdos tengan su propia región, pero dentro de un solo Irak”, aduce el comandante Ayad, su equivalente en el Ejército. “Ahora funciona, pero todo depende de nuestros políticos. Si nos dan la orden, nos retiraremos”, dice sin ambages el coronel Mohamed Baqr al Yusef, responsable kurdo del invento de EEUU en Mosul.

Contener la próxima guerra

Las fuerzas conjuntas parecen un intento desesperado por contener lo que, para el International Crisis Group, es la próxima guerra de Irak: árabes contra kurdos, enfrentados por el control de las 16 zonas disputadas que los últimos tomaron gracias a la permisividad estadounidense. Lo que para Washington es un exitoso modelo de protección conjunta, para los iraquíes es un parche. El coronel Ali, principal asistente del general de la Brigada iraquí desplegada en Mosul, considera cada vez más difícil relacionarse con los kurdos. “En el Ejército no tenemos ninguna relación con los Peshmerga. Podemos dialogar con ellos mediante el Ejército norteamericano, pero no directamente”. El oficial recibe en su despacho, situado en el interior de la Base Marez, una sórdida dependencia decorada con mapas captados por satélite y una pizarra blanca con los turnos. Es lo único que diferencia la estancia de aquéllas de la dictadura, con mobiliario en mal estado y un monitor que parpadea imágenes borrosas.

En opinión del coronel, que rechaza dar su apellido ni dejarse fotografiar, el futuro de las zonas en disputa es la guerra. “Es muy simple: los árabes queremos un Irak unido y los kurdos no. Creen que su Kurdistán estará seguro mientras Irak esté inseguro, pero las tornas cambiarán. Los kurdos siempre crean problemas a los árabes. Si se ponen en nuestra contra, les atacaremos”.

Se puede decir que la ocupación de zonas árabes a manos kurdas fue el primer pero también es el último conflicto generado, directa o indirectamente, por Washington. En 2003, los kurdos –represaliados por Sadam durante décadas- apoyaron de forma entusiasta la invasión, desplegando a los Peshmerga para ayudar a los norteamericanos en el norte de Irak y, de paso, tomando posiciones fuera de la Línea Verde, la línea imaginaria que dividía el país de la región autónoma kurda, trazada por EEUU en los 90, cuando decretó una zona de exclusión aérea. Lo hicieron para nunca marcharse, y para conflicto potencial con la población árabe que allí vive.
La situación es tan explosiva que en 2009 el Gobierno de Bagdad mandó a una división del Ejército en lo que pareció una potencial confrontación que eclipsaría la guerra civil de 2004-2008. “Les pedimos que se marchasen, y no nos hicieron ni caso. Pero no fue hasta el atentado contra el gobernador árabe de Nínive cuando nos dimos cuenta del gran error que hemos cometido. Los kurdos se han crecido, y se nos han ido de las manos”, confesaba un diplomático norteamericano destinado en Mosul. Y tanto: un día antes de las elecciones, un grupo de peshmergas tiroteó el vehículo de un miembro del Consejo Provincial de Nínive, Qusay Abbas, hiriéndole de gravedad junto a dos familiares. El atentado se produjo, según la prensa iraquí, a pocos metros de uno de los puestos de control conjuntos. Todo un ejemplo del fracaso del invento.

Guerra civil larvada

La herencia de los siete años de invasión es muy pesada en Irak. A la guerra que viene en las zonas disputadas se suma la larvada guerra civil que desangró el país entre 2004 y 2008, la misma que salvó al Ejército norteamericano de enfangarse irremediablemente en la antigua Mesopotamia. Comenzó cuando el administrador Paul Bremer, impuesto como gobernante iraquí por EEUU, decidió disolver a las fuerzas de Seguridad iraquíes (un millón de soldados y un número similar de policías y guardias de fronteras) acusándolas de vínculos con el Baaz. El país quedó desprotegido –las fuerzas ocupantes nunca defendieron a los civiles- y los ex militares se integraron en los grupos armados que combatían contra la invasión. La segunda decisión de Bremer tendría aún más calado: ilegalizar a todos los miembros del Baaz, el partido único y de militancia obligatoria en Irak para cualquiera que aspirase a trabajar como funcionario. O lo que es lo mismo, criminalizar a millones de personas cualificadas, muchos suníes pero también chiíes y kurdos, acusándolas de colaborar con Sadam.

La nueva Policía iraquí custodia un centro electoral el pasado 7 de marzo (Mónica G. Prieto)

Décadas de resentimiento y de discriminación afloraron de forma violenta. Los chiíes comenzaron a elaborar ‘listas negras’ de suníes a abatir. La irrupción del fanatismo de Al Qaeda y los ataques indiscriminados contra chiíes terminaron de ahondar en la brecha. Las dos sectas musulmanas comenzaron a enfrentarse en Bagdad en 2004, y un año después, tras la misteriosa explosión en la mezquita de Samarra, llegó la guerra abierta. Cada día, centenares de cadáveres aparecían decapitados y torturados a pie de carretera, a veces forrados de explosivos para matar a quienes intentaran evacuar los cuerpos. Por parte de los suníes, los ejecutores eran los antiguos insurgentes, ahora reconvertidos en un paraejército aglutinado en torno a Al Qaeda. Por parte de los chiíes, eran las nuevas Fuerzas de Seguridad Iraquíes (ISF) creadas por EEUU un año antes, cuando las milicias religiosas chiíes de los partidos próximos a Washington –en el poder tras las elecciones de 2005- aprovecharon para copar los puestos en la flamante Policía y Ejército del nuevo Irak.

Los desmanes de Al Qaeda, que terminaron cebándose en la propia población suní que protegió y se alió con los fanáticos en un irónico giro del destino, le costó su fuerza. Los milicianos que durante la guerra civil lucharon con Al Qaeda se constituyeron, convencidos, armados y financiados por EEUU, en su peor enemigo y expulsaron a los extremistas de las ciudades que durante años habían controlado. El fenómeno se llamó Sahwat (Despertar) y sigue siendo un factor de estabilidad en Irak, pero su futuro es incierto: el Gobierno de Bagdad no lo ha integrado, como prometió, en las fuerzas de Seguridad y los sueldos llegan cada vez con más retraso.
Dos años más tarde, ni la infiltración de milicias ni las ansias de venganza –una tradición en el mundo árabe- han acabado en Irak. El coronel Ali, nuestro responsable del Ejército iraquí en Mosul, vivió malos tiempos en la guerra civil. Fue secuestrado por Al Qaeda, y sólo se libró de su ejecución tras pagar una fuerte suma de dinero y jurar ser suní, una mentira piadosa que le salvó la vida. Jura que volverá a Baaquba, su ciudad natal y escenario de aquellos hechos, para detener a sus captores. A él le dan tanto miedo los fanáticos suníes como los chiíes. “El Ejército del Mahdi y las Brigadas Bader son organizaciones terroristas apoyadas por Irán”, dice sin parpadear. “Siguen presentes en las Fuerzas de Seguridad iraquíes, y lo seguirán estando mientras sigan recibiendo financiación iraní”.
No es el único en compartir esa opinión. “Harán falta 10 o 20 años para acabar con la infiltración de milicias en las fuerzas de Seguridad”, explica desde Tikrit, capital de la provincia de Salahadin, Abdullah Ejbarah. General en tiempos de Sadam, Ejbarah es ahora miembro del Consejo Provincial y, como el resto de la institución, crítico frontal de la invasión norteamericana y sus consecuencias.
En Salahadin, provincia natal de Sadam Husein y bastión de la insurgencia, la política de desbaasificación norteamericana y la disolución del Ejército fueron especialmente devastadoras. “El 35% de la población quedó en el paro tras la desbaasificación”, explica Ejbarah. “Bremer fue un gran problema para Salahadin”, añade el gobernador en funciones, Ahmed Krayem, antes de recordar las grandes carencias de Irak siete años después de su ‘liberación’. “Seguimos sin tener suministro de agua y de electricidad. Es responsabilidad de los norteamericanos, que para eso la destruyeron. En 1991, Sadam Husein devolvió la luz y el agua un año después de los bombardeos norteamericanos”.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

2 comentarios

  1. Gracias, Mónica, por contarnos un aspecto de la realidad iraquí que suele pasar desapercibido… :)

  2. Marbella Barrera Garcia

    Solo quisieraque me indicaran a que direcciòn le podria escribir al Major General Anthony Cucolo encargado de la 3ra. Divisiòn de Infanteria de Marina en el Northe de Irak……..Les agradeceria de gran manera.
    Mtra. Marbella Barrera Garcìa.
    Acapulco, Gro. Mèxico.

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