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En conflicto

Enemigo a las puertas… del hotel

Empresarios libaneses levantan un complejo turístico en plena Línea Azul, la línea de demarcación entre Israel y el Líbano trazada por Naciones Unidas

La demarcación atraviesa el río que baña el resort justo por la mitad

Los soldados israelíes que patrullan el área son perfectamente visibles desde la Fortaleza Wazzani

Entrada a la Fortaleza Wazzani, el hotel situado en plena línea de frente. (Mónica G. Prieto)

Suele recordarse la herencia fenicia de los libaneses para explicar su carácter emprendedor, pero la Fortaleza Wazzani se salta todas las reglas de la lógica. En primer lugar, porque este suntuoso resort turístico que pretende acoger visitantes de toda la región está, técnicamente, en la línea de frente con Israel. En segundo, porque llegar hasta el mismo cualquier no libanés debe solicitar un permiso al Ejército que le permita franquear el río Litani hasta llegar hasta la pequeña localidad de Wazzani, situada en plena frontera sur del país del Cedro. Y en tercero, porque el riesgo de este majestuoso -y algo kistch- hotel no es que los críos sufran algún percance en las aguas del río que refresca su comedor, sino que las patrullas del Ejército israelí que vigilan el otro lado abran fuego ante lo que podría suponer una incursión involuntaria en territorio enemigo.

El Líbano ofrece estas singularidades. Igual se pueden encontrar clínicas estéticas para niñas que un museo al aire libre dedicado a Hizbulá, o lo que puede considerarse la penúltima excentricidad: la Fortaleza Wazzani, un hotel que espera ser inaugurado próximamente, situado a apenas unos metros de territorio israelí. Literalmente, a tiro de piedra. De hecho, la Línea Azul -demarcación trazada por Naciones Unidas ante la ausencia de fronteras definitivas entre ambos países- pasa exactamente por el medio del riachuelo de montaña que, cargado de alevines, contornea el hotel.

Mesas y sillas del merendero, sobre las aguas del Wazzani. (Mónica G. Prieto)

Las mesas de plástico están dispuestas en la parte del río considerada del lado libanés, de forma que sus frías aguas refresquen los pies de los comensales. “Es una tradición árabe“, explica a Periodismo Humano Salima Abdallah, esposa de Abdallah Khalil, el empresario responsable de la idea, con una abierta sonrisa en la cara. Pero en el caudal más abundante del río, dos metros más allá, yace invisible la Línea Azul.”¿Y los niños se bañan aquí?”, interroga la periodista intuyendo la respuesta, dada la escasa profundidad de las aguas. “¡Claro!” “¿Y cómo van a evitar que vayan del otro lado de su línea, o que intenten alcanzar la otra orilla [técnicamente territorio israelí] nadando?”. Fin de la sonrisa. “Bueno, siempre les podemos avisar a gritos. O mejor no dejaremos que se metan en el agua”, reflexiona. “No queremos que nos disparen, no vamos a permitir provocaciones”.

En realidad, Salima confía en que nada ocurra mientras sean sólo civiles quienes visitan el hotel, ya que ninguna de las dos partes en conflicto quiere ahora más problemas dada la inestabilidad regional. Hasta la apertura de las habitaciones y las cabañas -aún hay obreros dando los últimos retoques- sólo el comedor está abierto y suele ser frecuentado por familias de la zona, habituadas a visitar los merenderos del río Wazzani, así como por algunos miembros de la UNIFIL -la Fuerza de Naciones Unidas para el Líbano- que supervisan que no haya irregularidades. Según la dueña, este verano además han llegado turistas de Qatar, Arabia Saudí y Jordania.

La Fortaleza no es el único restaurante pero sí el más ambicioso destino turístico, al ser también hotel, que se desarrolla en la sensible zona. Una zona que, para los Abdallah, no presenta riesgos. “Si elegimos este lugar es porque nos sentimos protegidos”, explica esta libanesa. “Es una inversión muy grande: no vamos a permitir que se acerque nadie que pueda perjudicar el proyecto”.

El Wazzani, a su paso por la Fortaleza. Justo en medio pasa la Línea Azul. (Mónica G. Prieto)

No es necesario que identifique a ese alguien. Se refiere a Hizbulá, el Partido de Dios, con una enorme influencia en el sur del Líbano, que sostuvo una guerra de 33 días con Israel en 2006 desde esta región del sur del Líbano a la que hoy se intenta atraer turismo. Según Israel, el grupo chií mantiene armas al sur del río Litani ignorando así la resolución de la ONU que puso fin a la guerra de 2006. Tel Aviv no es el más indicado para denunciar incumplimientos de la 1701, dado que la ONU reporta violaciones israelíes “diarias”.

“Dos o tres veces han venido a provocarnos”, denuncia la señora del castillo. Según su versión, soldados israelíes han acudido a “quitarnos piezas de la maquinaria para entorpecer los trabajos”, una versión corroborada por su marido. Desde UNIFIL afirman no haber recibido ninguna denuncia en ese sentido, pero sí es cierto que los merenderos del Wazzani han asistido en más de una ocasión a incursiones terrestres del IDF, según se ha informado en la prensa local. Resulta casi natural, dado que la Línea Azul está justo ahí, y que la valla técnica -la alambrada israelí que separa a los dos países a falta de una frontera definitiva, si bien no coincide en su trazado con la Línea Azul- está unos metros más allá. Y los soldados del Ejército hebreo son perfectamente visibles. Tan cerca que parece impensable que nadie encuentre tranquilidad vigilado por uniformados bien armados que escrutan con prismáticos lo que ocurre al otro lado de la valla.

Salima Abdallah, durante la entrevista con Periodismo Humano. (Mónica G. Prieto)

Para Khalil Abdallah, con quien hablamos con teléfono -afirma ser rehén de labores burocráticas relacionadas con su proyecto-, todo eso no es motivo suficiente para disuadirle de levantar lo que constituye un sueño de toda una vida. “Es mi tierra, tengo derecho a construirla y nadie puede echarme”. Sobre todo ahora que la ha recuperado: entre 1978 y 2000, la zona estuvo invadida por Israel y por tanto resultaba inaccesible para sus legítimos dueños. Además los Abdallah confían en que las transparentes aguas del río Wazzani sean motivo suficiente para que Israel, siempre escasa de agua, no ataque el lugar. “Está en el interés de Israel y de Hizbulá dejarnos tranquilos“, afirma el dueño del emporio.

Durante 40 años Abdallah soñó con este proyecto. El empresario, de casi 60, heredó el terreno de sus padres junto a sus hermanos -corresponsables del proyecto- cuando ya hacía años que trabajaba en Costa de Marfil. “En la casa que teníamos en Costa de Marfil Khalil tenía maquetas, planos del proyecto que quería construir desde hace años”, explica Salima sentada frente al río Wazzani y rodeada de patos. “El ingeniero sólo firmó el proyecto, porque en realidad él lo diseñó según lo llevaba imaginando décadas”. El resultado puede resultar incluso extraño: una fortaleza amurallada cuya entrada -que recuerda a la de un castillo medieval- es antecedida por molinos de viento.

Carretera que da acceso a la Fortaleza Wazzani. (M. G. P.)

Se trata de un complejo de 40 kilómetros cuadrados que incluye por el momento habitaciones de hotel, una piscina de dimensiones considerables y otra menor, y el mencionado restaurante de estilo africano. Puentes de madera y muros de piedra completan el escenario. La vista es sobrecogedora: los altos del Golán ocupados se yerguen tras el límpido río.

Comenzado en julio de 2010, el proyecto no termina de inaugurarse. Esgrimen que no está aún terminado, y efectivamente la obra de la zona destinada a las habitaciones sigue en pie. Mientras tanto, los dueños amplían instalaciones -cuadra para caballos, chalets, bungalows, un gimnasio- y prometen apertura inminente. Se ofrecen a gestionar los permisos militares para los futuros visitantes “bajo nuestra responsabilidad” y pretenden convertirlo, aunque suene imposible, en un “símbolo de la convivencia“. Suceda lo que suceda, incluso si otra guerra sacude el Líbano. “La vida continúa”, suspira Salima. “Su nos destruyen, lo volveremos a levantar”.

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