En conflicto

El interminable éxodo de los refugiados palestinos en Siria

Unos 50.000 palestinos antes residentes en Siria sobrecargan los miserables campamentos del Líbano, ya superpoblados por 400.000 personas

La comunidad palestina, que ha visto sus barrios en Siria convertidos en zona de combate, se mantiene al margen de la disputa

Los activistas palestinos en Siria enuncian el papel del FPLP-CG como ‘brazo armado’ del régimen en los campos de refugiados

Campo de refugiados palestinos Ein el-Hilweh en Sidon, Líbano (AP Photo/Mohammed Zaatari)

En el diminuto apartamento de Batto, estudiante de Ciencias Políticas de 28 años, pueden llegar a hacinarse hasta 12 personas. A algunos los conoce, otros vienen recomendados por amigos o conocidos del universitario y su novia, Rama, que son incapaces de negar refugio en el minúsculo piso del barrio beirutí de Hamra a cualquiera que lo necesite.

Ninguno paga gastos porque, como la propia pareja, ninguno tiene ingresos y a casi todos se les han acabado los ahorros. La perspectiva de hallar empleo es imposible en un país que niega el derecho al trabajo a su población palestina, de ahí que la pesadumbre pese en el ambiente de las dos estancias que conforman la vivienda. Sin embargo, saben que son unos privilegiados: pocos kilómetros más allá, en cualquiera de los 12 campos de refugiados establecidos en Líbano entre 1948 y 1967, con la llegada masiva de palestinos de Siria la población se ha multiplicado en cada miserable vivienda. Dos y tres familias comparten una sola habitación en cada uno de estos paupérrimos barrios, aislados del resto de los libaneses, donde los residentes no tienen derecho a trabajar. Quienes llegan vienen con sus ahorros devorados por dos años de guerra y desempleo. Algunos cabeza de familia ya se han suicidado ante la imposibilidad de mantener a sus familias en el enésimo exilio que viven.

Tras el éxodo de los campos palestinos en Siria hacia el Líbano del pasado diciembre y enero, tras la ofensiva contra Yarmouk, se estima que unos 50.000 residen hoy en el país del Cedro. De ellos, unos 40.000 se han registrado en las oficinas de la UNRWA –la agencia de la ONU que debería garantizar refugio, alimentación, sanidad y educación a la población refugiada palestina- mientras que el resto prefiere no pasar por la institución. La negativa a hacerlo es justificada por las críticas hacia la UNRWA, que según los refugiados sirios que protestan ante sus oficinas, se niega a ayudarles. La institución admite no disponer de fondos necesarios para atender las necesidades de una comunidad que ya en el Líbano, sin la crisis siria, cuenta con 400.000 personas en una situación económica dramática.

“La injusticia que sufrimos con la UNRWA es peor que la guerra a la que hemos asistido en Siria. La UNRWA nos cierra las puertas a los palestinos”, reza una pancarta colgada por refugiados palestinos en las oficinas de Sidón. Frente al complejo de edificios de la institución en el barrio de Bir Hassan, en Beirut, varios refugiados han acampado en tiendas donde pasan día y noche. Nueve de ellos llegaron a iniciar una huelga de hambre. “No estamos pidiendo comida. Necesitamos un techo sobre nuestras cabezas. Estamos desempleados y no podemos pagar los altos precios de alquiler”.

(AP photo)

Los palestinos que huyeron de Siria para guarecerse en el Líbano están condenados a los problemas burocráticos de un país incapaz de abordar la crisis de refugiados y al rencor de una población que ya consideraba a los palestinos instalados en el Líbano como los promotores de la guerra civil que desgarró al país del Cedro entre 1975 y 1990. Ellos han pasado de ser los más afortunados del exilio palestino –Siria, a diferencia de Jordania, Líbano, Irak o Egipto, otorga a la comunidad refugiada prácticamente los mismos derechos que a sus ciudadanos- a ser doblemente apestados. Si el resto de la población siria puede residir de forma gratuita en el Líbano durante seis meses, en virtud de los lazos que unen a ambos países, los palestino-sirios deben pagar 25.000 libras libanesas –12,5 euros- por persona para entrar en territorio libanés. Esa cantidad sólo les da derecho a una semana de estancia: ampliarla puede costar hasta el doble por semana. Un cantidad inasumible para la mayoría de las familias, de varios miembros y desempleados por la guerra como el resto de la población siria.

Los palestinos vuelven a pagar un doble precio por una guerra que no es la suya. No sólo les ocurre en Líbano, sino en toda la región. En Irak y Turquía, donde la UNRWA no tiene oficinas, todo son problemas burocráticos a la hora de recibir ayuda humanitaria; en Jordania, no se acepta a aquellos refugiados que carecen de identificación siria, como es el caso de los palestinos, y éstos son devueltos a la guerra. En Egipto, los sirio-palestinos se han manifestado para exigir ser tratados como el resto de refugiados de Siria. En el Líbano, donde la presencia palestina siempre fue un factor de discordia, hubo miembros del Gobierno que llegaron a sugerir el cierre de las fronteras para los refugiados que provenían del campo de Yarmouk, el principal campo de refugiados de Siria, escenario de ataques en diciembre, cuando los combates se instalaron en sus calles. El 85% de la población huyó para encontrarse una región que les desprecia. Se han registrado incluso regresos a Gaza desde Siria, en un buen ejemplo de la falta de perspectivas y la desesperación de la comunidad palestina.

El propio Batto se marcharía si tuviera a dónde hacerlo, como el resto de sus compañeros de piso. A Palestina no pueden regresar y, en Siria, sus nombres figuran en listas negras elaboradas por el régimen con los acusados de activismo político. Ellos no se volcaron con la revolución, a pesar de sí mismos, para proteger a su comunidad. Creyeron que la neutralidad les aislaría del conflicto y se equivocaron. Los campamentos palestinos de Siria, como el resto del país, han quedado atrapados por una guerra que no es la suya. “La gente está con la revolución pero no con la entrada de armas en los campos porque sabemos, por experiencia, que eso implica desestabilización y daña a los palestinos”, explicaba Mohamed, estudiante de Ciencias Políticas de 22 años, durante una serie de encuentros mantenidos en Beirut. “La historia nos ha enseñado que el régimen se infiltra entre los palestinos con la excusa de la defensa de Israel y que luego aprovecha su presencia para sus propios intereses”.

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Los activistas explican que, al principio de la revolución siria, se abstenían de participar en las manifestaciones incluso a nivel individual por miedo a que su comunidad quedara señalada ante el régimen. “Sufrimos por no poder hacer nada por los sirios cuando comenzó la revolución, pero ellos nos entendían y nos recomendaban que nos mantuviésemos alejados”, explica Rama, residente de un barrio acomodado de la capital hasta que la guerra la empujó hacia el exilio.

“Pero también teníamos motivos para levantarnos. El régimen mentía cuando hablaba de recuperar Palestina. Nunca hizo nada, no había acciones: sólo palabras. Nos decía que éramos como los sirios, que teníamos los mismos derechos, y en realidad era así, porque ninguno teníamos realmente derechos. Nos resultaba incluso más difícil que a los sirios, porque sufríamos la doble condición de ser refugiados palestinos y de ser sirios”, continúa la joven, dos meses después de instalarse en Beirut. “El régimen ha usado a los palestinos desde el principio, como usó a los palestinos en el Líbano. Han derramado tanta sangre palestina como los propios israelíes. Crearon divisiones, dieron poder a [Ahmed] Jibril para debilitar al FPLP, combatieron en los 80 con Amal en contra de los palestinos”, añade Batto, en un somero repaso histórico, mientras sorbe café con cardamomo.

A su lado, Mohamed pone lo ocurrido en el campo de refugiados libanés de Tall az Zatar, en plena guerra civil libanesa, como ejemplo: las tropas sirias participaron en un cerco contra la precaria barriada que derivaría en un asalto que costó entre 1000 y 3.500 vidas, según diversas fuentes. “Todos conocemos bien nuestra Historia, por eso el régimen sirio no es popular entre los palestinos”, explica.

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En agosto, la presencia de las fuerzas de Jibril en el campo se hizo más visible. “Se les veía armados en las calles, colocaban puestos de control donde pedían documentación… pero no había presencia del régimen. Sí había operaciones militares en el campo: hubo secuestros de activistas a manos de shabiha, hubo gente que desapareció en la zona alauí de Tadmour… La población alauí abandonó el barrio en junio de 2011”, prosigue Batto, que fija la mirada en el vacío para recordar los nombres de activistas abatidos “por disparos de francotiradores del régimen cuando distribuían ayuda a las familias del barrio”. Otros muchos consultados recuerdan, como Batto, el nombre de Ghassan Shaabi. “Se arriesgó para ayudar a centenares de personas trasladando alimentos y medicinas hasta que un tirador le mató, hace dos días”, recuerda visiblemente emocionado. Los francotiradores, dicen, fueron apostados en edificios oficiales como el Ayuntamiento, bajo el control del Ejército regular.

Los activistas recuerdan que la teoría conspirativa con la que Damasco pretende justificar su represión tuvo predicamento entre algunos habitantes de Yarmouk hasta que los aviones de combate bombardearon el campo: tras ello, hubo incluso seguidores de Jibril que abandonaron las filas de la milicia pro-gubernamental. Ocurrió al tiempo que las milicias del FSA tomaron posiciones en el interior de Yarmouk, un barrio donde también residían sirios que recibió a innumerables refugiados procedentes de Homs, Hama y Dara’a en el primer año de guerra. De un millón y medio de habitantes, se calcula que había unos 150.000 palestinos residiendo en la gran barriada que constituye Yarmouk. Su situación estratégica (en la entrada sur que da acceso al centro de Damasco) explica el interés de los bandos por controlarlo.

Los primeros bombardeos afectaron a escuelas –ponen como ejemplo el colegio Faluya, dependiente de la UNRWA- y hospitales como el Palestina, que ha sido saqueado tanto por las fuerzas del régimen como por el Ejército Libre de Siria desde su entrada en el barrio, en diciembre. “La mezquita bombardeada fue un mensaje del régimen”, dicen en relación al templo donde se refugiaban unas 600 personas alcanzado por un avión de combate MIG a mediados de aquel mes. Tres días después, otro caza bombardeaba la calle del tribunal “con bombas de vacío. Muchas casas quedaron destruidas”, relatan los activistas. Al menos tres coches bomba han hecho explosión en el barrio: en las calles Palestina, Rajjeh y Arouba, según recuerdan los activistas. Se trataría de bombas lapa, destinadas a acabar con las vidas de activistas civiles y también de militantes en las filas del Frente Popular para la Liberación de Palestina-Comando General, dirigido por Ahmed Jibril y asociado al régimen, y del Ejército de Liberación Palestino, histórico grupo armado integrado, de facto, con el Ejército de Bashar Assad.

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Sus relaciones con las milicias del FSA que tomaron el campo en diciembre, tras 12 días de duros combates con las fuerzas de Jibril apoyadas por el régimen –Jibril terminaría huyendo junto a su hijo: hay quien dice que en dirección a Tartous, otros le sitúan en el Líbano- no son precisamente buenas. Los activistas distinguen entre brigadas –algunas, como Al Hayar al Aswad, son tachadas por los entrevistados de “caóticos” y acusadas de robos y abusos contra civiles- y recuerdan cómo los elementos de Johbat al Nusra, el grupo salafista más poderoso, junto con Ahrar al Sham, del FSA, preguntaron por “los comités comunistas” cuando lograron tomar el campo. Se referían a los comités de Nassar y sus compañeros.

La presencia de hombres armados enseguida generó una respuesta de los jóvenes palestinos que decidieron quedarse en el campo: desde la ofensiva de diciembre, se formó una Brigada Palestina dedicada exclusivamente a defender el barrio. “Tememos que todo se vuelva contra nosotros, no sólo el FPLP-CG, también Johbat al Nosra”, dice Mahmoud Nassar en referencia al grupo islamista más extremista de los que combaten en Siria, afin a Al Qaeda. “Tengo miedo de volver a Yarmouk. Mi esposa no se cubre con velo, la consideran una infiel. Muchos estamos en contra de la revolución armada, aunque entiendo que la gente se defienda a sí misma”. “Asaltan casas particulares, roban coches, arrestan los civiles… Nos sentimos amenazados por ellos. Es una mezcla de sentimientos encontrados”, admite Batto.

Rama reconoce haber tenido problemas con los radicales del FSA pero justifica su presencia. “Los extemistas se están extendiendo. Si se han radicalizado ha sido gracias a los crímenes del régimen, pero creo que en este momento todavía es posible el diálogo con ellos”, apostilla. “No me dan miedo, tienen derecho a protegerse. Les han matado y humillado. No considero que defenderse de la violencia con la violencia sea lo mismo que inflingir violencia”, arremete Nassar. “Tampoco debemos exagerar la presencia radical. Lo seguidores de Johbat en Yarmouk se cuenta por decenas, los combatientes del FSA por centenares”, incide el periodista palestino.

Se calcula que un millar de palestinos han muerto en Siria. Para el intelecual y periodista Metuali, esa es la mejor prueba de que la comunidad palestina sí se ha implicado, como colectivo, en la revolución. “Somos parte de Siria. Yo he perdido a 36 amigos fallecidos mientras ayudaban a palestinos. Yo les he ayudado a asistir a la población siria. Pero debemos aislarnos del conflicto armado”, sostiene.

Los palestinos consultados se muestran duramente ofendidos cuando se recuerda la afirmación de que Bashar Assad defiende la causa palestina. “El régimen sirio está actuando igual que Israel, o incluso peor. Ha apoyado a Israel a lo largo de su historia, y creo que el silencio internacional se explica precisamente porque el mundo intenta proteger a Israel y a sus intereses. Además, imagino que sacarán provecho de la reconstrucción de Siria. Harán negocio con nuestra destrucción”, se lamenta Rama, apretando los dientes. “El Gobierno sirio no defiende a los palestinos: ha matado a palestinos a lo largo de su historia. Hoy en día morimos a diario bajo las balas del régimen, como los propios sirios. Las facciones palestinas han cometido un error histórico callándose ante los crímenes del régimen”, añade Mohamed.

Para Mahmoud Nassar, es una de las pocas lecciones positivas de la revolución siria. “Nosotros necesitamos una revolución en el liderazgo palestno, incluso con el espíritu revolucionario que nos ha caracterizado todos estos años, necesitamos renovarnos. Todos se han callado durante estos años, se han quedado en el medio”, dice en relación a Fatah y Hamas.

“No creo en la comunidad internacional. Nos ha observado morir durante décadas, nos ha visto vivir de forma miserable. Nuestras vidas son amenazadas 100 veces por los servicios de Inteligencia y los francotiradores sirios, nuestra gente no tendría que haber muerto así porque esta no es nuestra guerra. Sólo buscamos dignidad. Los árabes nos impiden refugiarnos en los países árabes. Ya no esperamos nada de nadie”, continúa Nassar con lágrimas de rabia en los ojos. “Y en el futuro, cuando el extremismo aumente entre los palestinos, algunos nos levantaremos para decir: os advertimos de que esto pasaría. No nos acuséis, acusad a vuestro silencio. Es la miseria lo que crea el extremismo”.