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En conflicto

Costa de Marfil, el pulso entre Norte y Sur

Gbagbo y Ouattara, los candidatos para la segunda vuelta

Protagonistas de la guerra del pasado prometen instaurar la paz futura

Una caperuza de prudencia cubre la población

(AP)

“Sabemos que en el norte los rebeldes han forzado a votar por los suyos”, dice Diomandé, líder de las juventudes del radical movimiento Jóvenes Patriotas, defensores del actual presidente Laurent Gbagbo. “Si ellos perturban el norte, nosotros, aquí, vamos a evitar que los suyos puedan ejercer su sufragio”, sigue, y da un sorbo a la cerveza matutina, en una cafetería de Abidján. Gbagbo sólo puede ganar, así lo creen los suyos, y si no… “está claro, será la guerra”. ¿Qué poder tienen, hoy en día, los Jóvenes Patriotas? Es difícil saber hasta qué punto pueden desestabilizar el proceso de paz, pero en todo caso, son voces a tener en cuenta. El pasado acredita que gestionan bien la violencia.

El Atlántico se despedaza en lagunas, allí donde, en la costa marfileña, unos pocos rascacielos salpican los bananeros. Abidjan arranca des de las múltiples orillas de los grandes pedazos de tierra intermitentes, unidos por los puentes y los woro-woro, los taxis colectivos que por un tercio de euro te ofrecen un trayecto.

Militares con la metralleta al dente y vendedores de crédito para el teléfono. Tendedero de pantalones en la acera de una gran avenida. Veinte por lo menos, esperando ser comprados. Los policías con kalashnikov reposan bajo el árbol de la esquina; mientras se olvidan de dar tregua las tertulias de bar callejero. Los temas: política, elecciones y marfilidad, este concepto envenenado. El fútbol también aparece, por supuesto, aunque incluso el debate de un partido puede desembocar en lecturas partidistas. “El equipo titular se decide por decreto de ley”, se quejaba un espontáneo durante la Copa África, tras haber quedado “los elefantes” , la selección nacional, eliminada del campeonato.

Ochenta y cuatro por ciento de participación en la primera vuelta. Unos y otros se aplauden. La cúpula de los partidos, la misión de paz de las Naciones Unidas, la Unión Europea,… estos entes apartados por alambres de espino, puertas murallescas, y, claro, seguridad humana con armas de fuego de la masa que fue a votar. Otras voces paralelas deshilan discursos distintos, no tan reconciliadores. Un optimismo forzado se ha instalado en el país. Los ciudadanos, en general, también opinan que no va a pasar nada. Pero en cambio, en la tarde de la primera vuelta de las elecciones, la gente se apresuró a volver a casa antes de lo habitual. Igual que al saberse que iban a salir los resultados. Los comercios cerraron, la actividad quedó bajo mínimos y la imagen de una ciudad fantasma vistió Abidján –donde se concentran un tercio de los electores- durante una jornada y media. ¿Será que dicen lo que quieren, no lo que creen? Fred, investigador, asiente con una sonrisa astuta.

AP Photo

El mestizaje de Abidjan, cóctel de etnias, nacionalidades y preferencias políticas, se deja atrás emprendiendo la autovía dirección norte, la que disecciona el país, la que se va deteriorando al alejarse del sur. Varias barreras enturbian el recorrer del bus. Control de documentos de identidad, alguna maleta. El silencio siempre se impone cuando sube algún hombre uniformado, normalmente escueto en simpatía y generoso en la falta de respeto. Tras el cristal, los cafetales siguen su producción, como el cacao sigue su ritmo en otras zonas del país, siendo ambos un pilar de la mermada economía –Costa de Marfil es el primer productor de cacao del mundo-. También tras la ventana se levantan los larguiruchos árboles de teca, que acabarán siendo madera lista para embarcar. Aunque se han implantado medidas para proteger el bosque, la explotación forestal en el país ha aniquilado lo que era una de las selvas más importantes de África Occidental.

De repente la carretera multiplica su único carril y la sombra de la monumental basílica Nuestra Señora de la Paz –el edificio religioso cristiano más grande del mundo-  cae sobre Yamousoukro, esta ciudad que se convirtió en capital por capricho. El templo se erige grandioso como memoria de Houphouet-Boigny, el primer presidente del país, que gobernó durante 33 años, y cuya figura sigue dando coletazos en la política de hoy. En tierra baoulé, su etnia, la población sigue fiel a su partido, a manos de su heredero Henri Konan Bedié. Habiendo resultado el gran perdedor de la primera vuelta –con un 25% de los sufragios- sus votantes se han convertido ahora en los decisivos para la segunda. ¿Votar contra el presidente saliente, Laurent Gbago –logró un 38% de los votos-, que representa los intereses del sur, de la étnia béte, y el que les ha robado votos, como alega su partido? ¿O contra Alassane Ouattara –obtuvo un 32%-, que representa el norte, la oposición, una postura más próxima a Houphouet, pero considerado el culpable de la rebelión y, por tanto, la guerra?

En Abidján, los partisanos de Bedié se manifiestan a diario desde que se proclamaron los resultados, con gritos como “Gbagbo ladrón”. Germain, miembro del PDCI de Bedié, en Bouaké, contaba que “ya estamos haciendo campaña a favor del extranjero (Ouattara)”, horas después de conocer la derrota. “Aunque la población tiene aún vivo el recuerdo del conflicto, lo han sufrido y algunos ven a Ouattara como responsable, hay que sensibilizarlos para poder sacarnos de encima a nuestro enemigo común, Gbagbo, antes que acabe de hundir el país”.

El bus deja atrás la cúpula y sus cocodrilos. Pero sigue en tierra baoulé. Los hilos tendidos secándose en la cuneta, los que tejerán las tradicionales telas baoulé, adornan un paisaje que se va espesando en la selva. Las cabañas de barro y paja quedan lejanas al “manhattan tropical” de Abidjan, como algunos le llaman. Los uniformados siguen visitando, de vez en cuando, los pasajeros del bus, antes de abrir su barrera. Pero Tiébissou se cruza ahora sin mayor demora, aunque durante “la crisis”, el eufemismo con el que los marfileños hablan de la guerra, esta localidad marcaba la “zona de confianza”, la franja neutral, vigilada por las Naciones Unidas y los soldados franceses de la Licorne –éstos segundos tan imparciales según Gbagbo- que separaba los dos bandos del conflicto.

Pronto hay un cambio en los controles. Primero, que son militares, y segunda, que piden dinero. “Es una ayuda para apoyar a la rebelión, sólo hay que pagar si se está de acuerdo con su causa” dice Ibrahim, un maliense que se dice ajeno a la situación en Costa de Marfil. Excepto él, la mayoría paga. Probablemente no solo por comulgar con las ideas…

Ellos pertenecen ya al ejército de las Fuerzas Nuevas, los insurgentes que se instalaron en el norte del país hace 8 años, tras un intento frustrado de hacer caer al presidente Laurent Gbagbo. De hecho, oficialmente son ex rebeldes, ya que su líder, Guillaume Soro, es ahora primer ministro de un gobierno de concentración que comparte con Gbagbo. Pero a la práctica, los dos ejércitos funcionan independientemente y la administración del norte no sigue las órdenes de Abidján o Yamousoukro, si no las de los militares. En los Acuerdos de paz de Ouaga, en 2007, fue cuando se decidió dar a Soro el cargo y trabajar con ésta fórmula por unas elecciones que se resistían des de 2005. Pero a parte del ejecutivo de transición (una fórmula que prolifera en África: Kenya, Madagascar, Zimbabwe, como lo hizo Congo anteriormente), hay varios puntos del acuerdo de paz que no se han cumplido, entre ellos, algunos tan fundamentales como la reintegración de los efectivos insurgentes y la desmovilización de otras milicias. Pero más significante es que no se haya producido el desarme. Ante la negativa rotunda de incluir esta cláusula en los acuerdos de Ouaga, el asunto se dejó caer, así que los pocos combatientes que se acogieron al proceso de desmovilización podían adquirir el carné de ex soldados sin tener que entregar el arma.

Así, tras una última barrera, el bus entra en la capital rebelde y segunda ciudad del país, Bouaké, donde las Fuerzas Nuevas tienen su cuartel general, limpio, ordenado y con un disciplinado personal. Aquí los estragos de la guerra se ven en algún edifico destrozado, impactos de obús, pero sobretodo en fábricas vacías, compañías cerradas y una economía incapaz de afianzarse entre la incertidumbre del futuro. Pedacitos de algodón vuelan en una zona que fue industrial y activa. Caen de los camiones, que intentan sobrevivir a esta situación de impasse.

Esperamos las elecciones, es la respuesta de Arnaud, director de una ONG, de Afoué, la vendedora de cordero, y la de tantos otros, cuando se les pregunta sobre el futuro. Se han vendido las elecciones como el fin de la inestabilidad. Pero ¿se retirarán las tropas del norte si pierde Ouattara? ¿Entregarán el fusil, dejarán su parcela a la que ya se han acostumbrado y se pondrán bajo las órdenes de Gbagbo, la razón por la que tomaron las armas?

El autobús que sale de Bouaké, siguiendo hacia el norte, viaja con un soldado en el interior. Él gestiona los controles y facilita el paso en las barreras. Aunque no a todos los rebeldes les toca hacer este tedioso trayecto en bus. El sargento que me trae de vuelta (cuyo nombre no es necesario revelar), polo a rayas y pantalón corto beige, viaja a 140 cortando el viento y comiéndose los baches con su amplio e impecable Mercedes. Los controles no son ahora un contratiempo, un saludo basta. De repente, un frenazo hace chirriar las ruedas. “Disculpa, es la cinta que se ha interpuesto en los pedales”. La cinta es la del Ak 47, que descansa, culata en el suelo y boca arriba, entre su muslo y la puerta.

Dos poderes paralelos han estado dominando el país desde 2002. De alguna manera, cada bando se ha acostumbrado a su terreno. Los personajes que ahora aspiran a cambiar el futuro, conquistando las urnas, son los mismos agentes que han librado la batalla en el pasado, con las mismas ideas, la ilógica marfilidad entre ellas. ¿Estarán, esta vez, dispuestos a ofrecer un cambio? ¿Aceptará el perdedor recoger sus chiringuito y desaparecer, sin más? ¿Dónde está la nueva generación, de líderes, de ideas?

El 28 de noviembre se celebrará la segunda vuelta. Pero las elecciones no son un fin. Si sigue o no el bloqueo político y social no lo dirán los resultados, si no la reacción que éstos desaten.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

1 comentario

  1. Miguel

    Magnífico artículo. Felicidades a su redactor por transmitir tan bien la situación que se vive en la bella Côte d’Ivoire. Esperemos que poco a poco el pueblo marfileño y los miles de africanos que vivien alli a los que se les niegan tantos derechos, puedan ir viendo como el futuro se abre paso y vuelven a enarbolar la bandera de la paz de la cual tan orgullosos se sintieron en tiempos no tan lejanos.

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