En conflicto

Amputado por salvar vidas

Ahmad, de 16 años, perdió la pierna derecha cuando acarreaba a la espalda a un herido de Homs: una mina explotó cuando intentaba cruzar la frontera ilegalmente

El Ejército sirio ha aumentado el número de minas en su límite con el Líbano, elevando así el número de heridos entre los refugiados

Algunas víctimas de la agresión militar del régimen prefieren ser atendidos en Siria que ser evacuados por miedo a ser detenidos y maltratados por las autoridades libanesas, denuncian los activistas

Ahmed, de 16 años, en el hospital donde se recupera de la amputación de su pierna derecha. (Mónica G. Prieto)

Actualización 29 de Febrero 2012.

Ayer murieron trece activistas sirios por ayudar a escapar a los periodistas extranjeros atrapados en Homs, Will Daniels, Javier Espinosa y los heridos Edith Bouvier y Paul Conroy. Sufrieron una emboscada del Ejército al intentar salir del país. Solo Conroy logró cruzar la frontera del Líbano. Los otros tuvieron que volver a adentrarse en Siria, según Avaaz.

Uno de los activistas Abu Bakir, de 23 años, declaró a CNN que le debe la vida al periodista español Javier Espinosa quien le recogió y escondió tras ser herido en una pierna y en un brazo durante la emboscada en la que murieron los trece activistas.

En este reportaje os contamos los riesgos y la vida de quienes se la juegan para ayudar a los heridos del conflicto sirio.

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TRíPOLI (LIBANO).- De la habitación 315 de un hospital público de Trípoli salen aullidos de dolor. En su interior Ahmed, de 16 años, es sometido al cuarto día de curas por dos enfermeros libaneses, y el adolescente, que acaba de perder su pierna derecha, no puede controlar sus gritos. En el pasillo Mahmud, un joven de 25 años enjuto y nervioso, se frota las manos al escuchar los alaridos de su hermano con expresión impotente. “Pasó hace cuatro días”, explica apoyado en la pared amarillenta de la clínica. “Ahmed se había echado a un herido sobre los hombros y estaba cruzando la frontera cuando estalló la mina. El herido, que venía de Homs, murió en el acto. Mi otro hermano le cogió en volandas y pasó la frontera”, dice señalando con la cabeza a la habitación. “El cadáver del otro hombre quedó en suelo sirio y fue recogido por el Ejército”.

Así comienza la parte más trágica de la revolución de los tres hermanos sirios, pieza clave de la cadena de tráfico ilegal de suministros, heridos y periodistas que alivia a los insurrectos desde el Líbano sorteando a las autoridades de los dos países. Los tres hermanos, residentes en una precaria vivienda fronteriza, calculan haber cruzado a unos 500 heridos en un año de represión así como bolsas de sangre, cajas de medicinas, paquetes con anestesia y antibióticos. Ejercían voluntariamente de mulas humanas aprovechando su conocimiento del terreno de día y de noche, con cualquier persona u objeto que consideraran que pudiese ayudarles a derribar la dictadura siria, pero no contaban con que las minas que coloca el Ejército sirio en la linde pudieran cambiarles la vida.

Así lo hicieron la noche que esta corresponsal pudo atravesar de forma clandestina la frontera, el pasado diciembre. Fueron Mahmud y Ahmed los encargados del transporte durante uno de los tramos del interminable camino, una ruta de montaña que derivaba en las proximidades de su casa. Los dos jóvenes comodaron a la reportera en el interior, le ofrecieron mantas y encendieron velas para paliar la falta de electricidad, a la espera de un nuevo equipo de activistas con los que continuar el camino hasta Homs.

La bandera siria previa a la llegada al poder del Baaz, símbolo de la revolución. (Mónica G. Prieto)

En aquella gélida tarde, la conversación fue básica y el trato tímido, amable. Ahora, mes y medio después, Mahmud sonríe abiertamente al ver a su antigua huésped de visita en el hospital. Saluda con efusividad, liberado de la opresión que genera el miedo y la clandestinidad, antes de avisar a Ahmad de la presencia de la periodista. “Yo estaba en el Líbano cuando ocurrió. Solemos hacer entre seis y ocho viajes al día y nunca nos había pasado nada. Mi hermano mayor ahora está cruzando la frontera”, explica Mahmud, mientras abre la puerta de la habitación e invita a entrar con un ademán.

Ahmed yace sudoroso. Su pierna derecha ha desaparecido bajo la rodilla. Insiste en sonreir y saludar, en quitar importancia a la herida, en contar personalmente su relato. “No recuerdo mucho”, comienza. “Estaba cruzando la frontera con un herido en mi espalda cuando estalló la mina. Entonces perdí la consciencia. Mi hermano me contó que me metió en un coche y me trajo hasta aquí”. Pero en el norte del Líbano, el joven recién amputado no fue atendido de inmediato. De hecho, se negaron a prestarle auxilio en los hospitales hasta que no presentase sus papeles identificativos. Y nadie había quedado en su casa para recuperar sus documentos: su padre lleva años en una prisión siria y su madre vive en el interior de la provincia de Homs con otros familiares. “Llamamos a mi madre, y ella tardó dos horas en llegar hasta la casa, tomar los papeles y acercarlos a la frontera. Ahora ella está esperando a poder cruzar para verle”.

“Dos horas y 10 minutos se pasó en la ambulancia, sin recibir atención médica”, clama indignado Abu Raed, responsable de la red de evacuación de heridos y envío de suministros médicos a territorio sirio, desde otro hospital privado donde ha sido alquilada una planta para poder atender de forma autónoma a las víctimas de la represión siria que logran cruzar la peligrosa frontera. “Y es solo un ejemplo. Los heridos prefieren ahora morir en Siria que cruzar la frontera y exponerse al maltrato de la Seguridad libanesa”.

Protesta en favor de la revolución siria celebrada en Beirut. (Mónica G. Prieto)

Más que un refugio, El Líbano se está convirtiendo en un peligroso destino para los sirios que tratan de huir de la represión militar del régimen. No existen campos de refugiados y los que huyen deben hacerlo por cruces ilegales, algo que indigna a la mitad de la población libanesa a favor de la revolución vecina. A las minas que son colocadas por las tropas de Damasco en la frontera, cuyo número ha aumentado en las últimas semanas a juzgar por el número de heridos, se suma la persecución que, según denuncian desde hace meses, han lanzado las fuerzas de Seguridad del Gobierno libanés, próximo a Damasco.

“Hace 40 días fueron detenidos cuatro heridos cerca de la frontera”, detalla Abu Raed. “Pasaron siete días en prisión, fueron maltratados. Tuvimos que pedir la intervención del 14 de Marzo [la coalición oposición libanesa] para que presionaran y obtuviesen su liberación. Pero días más tarde, otros siete heridos fueron detenidos en la región de la Bekaa [feudo de Hizbulá, aliado con Damasco]. Les pegaron con varas, apagaron cigarillos en sus cuerpos, les insultaron… No les dieron tratamiento médico. Volvimos a movilizar a la clase política, a los clérigos de las mezquitas, lo denunciamos en los medios de comunicación, convocamos una manifestación en Wadi Khaled [región norteña libanesa, la que mayor número de refugiados acoge] y gracias a eso les liberaron”.

Las denuncias de detenciones de refugiados sirios en el Líbano llevan formulándose desde hace meses por los desplazados, por los residentes locales y también por informaciones de la prensa local e internacional. Hace casi un año, Human Rights Watch ya solicitaba al Gobierno de Beirut que dejara de poner impedimentos al acceso de refugiados, pero los casos de heridos detenidos, como denuncian los activistas sirios, son más novedosos.

Alaa al Ghanem visita a un herido sirio en un hospital de Tripoli. (Mónica G. Prieto)

Según el testimonio de Abu Raed, una semana después de aquel incidente, el arresto de otros cuatro heridos les volvió a obligar a repetir la campaña mediática y política para su liberación. “El problema es que ahora los heridos, en Siria, prefieren recibir el auxilio posible dentro en lugar de ser evacuados al Líbano. La voz se ha extendido y ahora consideran que el Líbano es casi más peligroso que Siria”, dice este disidente sirio.

Un buen ejemplo es el sargento Mahmud, un oficial desertor miembro del Ejército Libre de Siria que se recupera en la clínica privada de Tripoli de dos disparos, uno en el hombro y otro en el brazo, recibidos hace días en Baba Amr, en Homs. La última vez que coincidimos fue en las calles del barrio mártir, en diciembre, donde Mahmud guardaba un puesto de control junto a sus hombres frente al cual se atisbaban las posiciones del Ejército de Assad, pero meses antes nos habíamos conocido en las montañas fronterizas libanesas, cuando se disponía a regresar al país tras haber desertado para “defender” a sus vecinos.

“Yo me vuelvo esta noche si puedo”, confía el joven. “Sus heridas están frescas, pero no quiere quedarse aquí”, se queja Abu Raed con cierto tono reproche. “Entiéndelo: me siento más seguro en Siria que en el Líbano”, le responde Mahmud. “Allí al menos tengo al Ejército Libre, aquí sólo está el Gobierno de Najib Miqati, que vota en contra de todas las decisiones internacionales contra Bashar Assad, y el Partido Nacional Socialista Sirio”, dice en referencia a una de las facciones libanesas más acérrimas en su apoyo al régimen.

Un padre y su hijo, ambos sirios, en una protesta anti Assad en Beirut. (Mónica G. Prieto)

Al sargento le cruzaron por la noche: él ha sido uno de los contados heridos procedentes de Homs que han logrado evadir el cerco militar y sobrevivir al trayecto por la frontera para recibir tratamiento médico en el Líbano. Insiste en querer salir cuando antes. “Aquí tengo más miedo que en Siria”, repite mientras Abu Raed niega con la cabeza en gesto derrotista.

A lo que debería temer Mahmud es a las minas que pueden convertir su regreso en tragedia. A algunas habitaciones de distancia de la de Ahmed, otro sirio demasiado asustado, incluso, para elegir un pseudónimo, yace sin pierna derecha. “Venía de Quseir con un grupo de personas, intentábamos llegar al Líbano huyendo de los shabiha”, dice en referencia a las milicias del régimen. “Quseir lleva siendo atacada desde el principio de la revolución, pero la agresión es ahora más fuerte. Ahora hay más minas. Dicen que atacan sólo al Ejército Libre, pero en realidad atacan contra todo”, aduce.

Él mismo tiene edad militar y bien podría ser desertor, como lo es el paciente que ocupa una habitación pocos metros más allá. Fue herido hace seis días en la misma localidad fronteriza de Quseir cuando combatía contra el Ejército de Assad y se identifica como Abu Arab. “Un disparo me entró por el hombro y salió por el pecho, perforándome el pulmón”, explica con mucha dificultad. “La ruta para salir del país fue muy difícil, tardé 10 horas en hacer un recorrido que solíamos hacer en 10 minutos”. Dos personas le acarrearon en una camilla buena parte del camino, otra la hizo a bordo de automóviles o motocicletas. “Ahora hay muchas minas en el camino”, detalla el soldado desertor, según el cual la mitad de la población de Quseir, unas 25.000 personas, permanece en la ciudad asediada y bombardeada.

“Sabíamos que había minas, pero el pequeño camino que utilizamos estaba limpio”, explicaban los hermanos en la habitación 315. “Teníamos la ruta vigilada. El día anterior habíamos evacuado por allí a dos heridos. Debe ser que el Ejército conocía el camino, tuvieron que colocar la mina la noche anterior”, recuerda Ahmed en referencia a la explosión que le hizo perder la pierna.

Maher, de 16 años, muestra las cicatrices de los disparos en su espalda. (Mónica G. Prieto)

El no es el único menor de edad sirio hospitalizado en Trípoli. En todas las clínicas usadas por los activistas sirios pueden encontrarse críos como Maher, de 16 años, delgado como un suspiro, que intenta en vano controlar el temblor de sus piernas paralizándolas con las manos. En la silla de ruedas aún parece más vulnerable, pero sus palabras tienen son rotundas como las de un adulto. “Me hirieron el 29 de marzo, en Rift Homs”, dice en referencia al extraradio de Homs antes de abrir un ordenador portátil y mostrar el vídeo del incidente en el que ocho balas se incrustaron en su espalda.

En las imágenes, se ve a centenares de personas concentradas en una amplia avenida. No hay armas ni violencia hasta que los carros de combate irrumpen y comienzan a disparar. Los manifestantes comienzan a caer. En el minuto 03:29 del vídeo se pueden distinguir claramente dos cuerpos inertes, mientras un tercer hombre se arrastra por el suelo intentando ponerse a salvo: Maher se reconoce en el adolescente con la camiseta blanca ensangrentada. “Cuando vi los tanques me arrodillé junto a mi amigo Mohamed Dahek. El levantó la cabeza y le dispararon: murió en el acto. Entonces me levanté e hice el signo de la victoria. Sólo sentí un zumbido. Supe que las balas estaban entrando en mi espalda pero no las sentí. El cuerpo de al lado es Mohamed”, dice señalando la pantalla.

Maher se quedó en el suelo, semiconsciente, durante una hora hasta que pudo ser rescatado. “Ocho personas murieron delante mía”, dice el joven, que sólo tenía 15 años cuando se animó con sus amigos de clase a participar en las marchas. En aquella protesta, según la familia del chaval, fallecieron 20 civiles. “Al principio creíamos que el Ejército no nos dispararía, al fin y al cabo son nuestros hermanos. Nosotros pagamos sus armas. Es un Ejército traidor, que en lugar de defendernos nos está matando”, masculla un joven enamorado del fútbol que aprovecha la ocasión para formular el sueño de su vida: conocer a Kaka y jugar con el Real Madrid, su gran pasión. Los médicos no saben si podrá volver a andar, pero él no pierde la esperanza en su recuperación física, ni tampoco en el éxito de la revolución. “Assad mata a niños y adultos, mata a lo que se mueve. Incluso si fuera verdad que hay grupos terroristas en las ciudades, ¿es aceptable que un Gobierno les ataque con tanques?”, se interroga.

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A los gastos que implican la atención sanitaria de heridos como Maher, que lleva casi un año recuperándose de las ocho heridas de bala en su espalda, se suma ahora el desgaste médico que representan las amputaciones por las minas colocadas en la frontera. Los comités de asistencia a los refugiados sirios, creados recientemente para dar “alivio humanitario y médico a los refugiados”, como explica Alaa al Ghanem, quien se identifica como su portavoz en Líbano, pagan desde comida hasta refugios para las familias que llegan. Afirma Ghanem que su organización concede asistencia a 13.270 refugiados, una cifra que dobla con creces la oficialmente manejada en Beirut, menor de 6.000. La explicación es que la mayoría no se registra ante la oficina libanesa del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados por miedo a que sus datos terminen en manos de la Seguridad siria.

“La situación humanitaria es insostenible”, dice Ghanem. “En Homs, los heridos no pueden ser evacuados a otro lugar que no sea el Líbano. Y en el Líbano no se permite la entrada de heridos. Necesitamos que intervengan las ONG internacionales. ¿Cómo es posible que dejen a un chico de 16 años recién amputado en una ambulancia frente al hospital por dos horas?”, continúa en referencia a Ahmed. “Esta crisis requiere que los Gobiernos y las ONG de todo el mundo se involucren”, añade. “Nos hacen falta médicos, recursos, equipamiento. Nos hace falta ayuda”.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie