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En conflicto

A un paso del abismo

Arrastrado por la crisis siria, los incidentes se multiplican en el Líbano ante el temor generalizado de que la tensión degenere en otro conflicto civil

Dos decenas de personas han perdido la vida en apenas dos semanas en Trípoli, Beirut y la región de Akkar, de mayoría suní y con fuerte presencia de activistas y combatientes sirios

Periodismo Humano visita los escenarios principales de los enfrentamientos para hablar con sus protagonistas

Para el ministro del Interior libanés, Maruan Charbel, no hay por qué alarmarse. Según él, los incidentes que cada día aumentan alguna cifra al número de víctimas son puras “muestras de desahogo”. “No hay ningún problema grave de seguridad, y asistiremos a una buena estación veraniega”, vaticina el ministro. Un verano al calor no sólo del lacerante sol libanés, también de los neumáticos que arden en las principales carreteras, en unas violentas escenas televisadas que han llevado a la cancelación masiva de reservas hoteleras a pocas semanas del inicio de la estación que más beneficios reporta.

La remodelación de cafeterías, la apertura de terrazas veraniegas y la inauguración de nuevos hoteles ha quedado congelada en Líbano precisamente cuando se acercan los días dorados del país del Cedro, destino turístico regional por antomasia, especialmente tras las revoluciones árabes que agitan la zona. No sin cierta ironía, las insurrecciones habían convertido al Líbano en el país más estable de la zona, y los empresarios –legión en el país fenicio- se frotaban las manos ante la anticipada afluencia de turistas árabes. Hasta el pasado fin de semana.

El sábado, Emiratos Árabes, Qatar y Bahréin pidieron a sus ciudadanos que no viajen al Líbano. El lunes, Kuwait se sumaba a la misma recomendación. Ahora nadie compra billetes de ida a Beirut, sólo de vuelta. El espectro del enfrentamiento civil vuelve a planear sobre el país mediterráneo tras un largo año de revolución siria que ha enconado las diferencias sectarias libanesas. Estos son algunos de los acontecimientos que hacen temer que el Líbano se deslice por el precipicio.

El cortejo fúnebre con el cadáver de Wahab sale del Hospital de Akkar (Mónica G. Prieto)

El asesinato del clérigo

BIREH (AKKAR).- Custodiadas por sendos montículos de tierra y restos calcinados, enormes manchas tiznan de negro las carreteras de Akkar, la región suní norteña del Líbano.

En condiciones normales, dado el tráfico habitual en la zona, los restos de neumáticos quemados que impiden la circulación no se podrían apercibirse. El pasado lunes, sin embargo, eran muy pocos los coches que recorrían las vías desde que, la víspera, el sheikh suní Ahmed Abdel Waheb y uno de sus compañeros fueran asesinados en un checkpoint militar. Su ausencia hacía especialmente visibles los restos de goma quemada, convertida en hilos negruzcos que tiznan los cuerpos de los entusiastas jóvenes que los alimentan con la avidez de quien tiene el efímero poder de saltarse la autoridad.

Las órdenes eran paralizar Akkar. El seguimiento de la huelga general decretada en protesta por la muerte de los religiosos fue masivo en la región y se encargó de vaciar las calles de transeúntes; los cortes de carretera, que sólo serían interrumpidos para el funeral, hicieron desaparecer los vehículos, y la retirada del Ejército –Beirut dio la orden de repliegue para calmar los ánimos, dado que los disparos contra Waheb fueron efectuados por uniformados- permitió que los milicianos, algunos atléticos y bien entrenados y otros de mediana edad, veteranos de otras guerras que siguen añorando sus viejos días de infamia, tomaran las armas y las calles en un escena tan poco habitual como turbadora.

Hombres armados forman parte del cortejo del clérigo, camino a Bireh. (Mónica G. Prieto)

Akkar recordaba al lejano oeste. Una suerte de lugar sin ley donde las venganzas se dirimen sin reflexionar en las consecuencias, donde el odio carga las armas y donde la hombría se demuestra derrochando munición. Una instantánea de cómo era el Líbano de la guerra civil y un aviso de en qué puede convertirse si se deja arrastrar por la influencia de la revolución siria. Los libaneses han encontrado en las montañas de Akkar, fronterizas con el convulso país de Assad, una mecha para dirimir sus cuentas pendientes.

Waheb era un devoto defensor de la causa siria. Se jactaba de ayudar a los refugiados y denunciaba a gritos los crímenes de la dictadura siria, desafiando la regla no escrita que recomienda prudencia en un país que fue ocupado por Damasco hasta 2005. Como todos los miembros y seguidores del 14 de Marzo, coalición antisiria en la oposición parlamentaria, Wahab elevaba el tono a medida que la crisis se alargaba, pero el clérigo llegó a encabezar manifestaciones contra el régimen de Bashar Assad.

“Es un crimen de grandes proporciones, una emboscada muy bien preparada”, decía entre dientes el sheikh Mohamed Mraib, responsable de la mezquita de Al Bireh, pueblo natal del fallecido, mientras esperaba en la morgue del Hospital de Akkar a que comenzara el cortejo fúnebre. “El sheikh era muy activo, y eso les molestaba. Por eso ha sido ejecutado por el Ejército libanés en una operación preparada por Hizbulá”, continuaba a medida que los vecinos se arremolinaban ante las puertas del edificio. El cadáver, ya embalsamado, salió en volandas entre expresiones de desgarro y dolor. Alguien le puso encima su birrete de clérigo; unos metros más allá, un puñado de individuos, vestidos como milicianos, disparaban al aire sus kalashnikov con los rostros desfigurados por muecas de dolor.

Otro momento del funeral. (Mónica G. Prieto)

No sería más que el principio de un cortejo fúnebre caracterizado por el enorme volumen de munición empleada. Centenares de coches emprendieron el camino desde el citado hospital, situado en la localidad de Halba, hasta Bireh (24 kilómetros al noreste) a paso de procesión. Desde buena parte de los coches, al menos uno de sus ocupantes (en algún caso, todos) disparaban al aire desde ametralladoras a pistolas cortas. Una tormenta de fuego dirigida hacia el cielo que representaba el volumen del rencor y las posibilidades de degenerar en guerra abierta. Una vez en Bireh, los automóviles aparcaron y el cortejo prosiguió a pie.

Varios miles de personas participaban, caminando entre pétalos de flores y casquillos. Desde los balcones, llorosas mujeres lanzaban puñados de arroz. Muchos de los asistentes armados se habían encapuchado, algunos usaban uniformes de camuflaje y otros ropas negras con una bandana negra en la frente con la shahada, o profesión de fe islámica. “No hay más Dios que Alá y el sheikh es uno de sus mártires”, gritaba la multitud. “Abajo Bashar” y “Queremos vengarnos contra Bashar y Nasrallah” fueron otras de las consignas coreadas, en un inquietante giro político. En el Líbano, la oposición no distingue entre el régimen alauí (chií) de Bashar y su socio Hizbulá, en el Gobierno libanés. Ambos son considerados el enemigo.

Ante la ausencia del Ejército, la policía se hizo cargo de la seguridad del evento: los agentes se limitaron a observar el silencio el funeral. Apenas se veía un puñado de banderas libanesas: las enseñas sirias y las islamistas, en cambio, eran omnipresentes como lo eran las correspondientes al movimiento Mustaqbal, al que Waheb profesaba lealtad.

Banderas islamistas en el funeral de Bireh (Mónica G. Prieto)

En Akkar no dudan de la versión de la muerte que indica el jeque Mraib. “Yo fui testigo”, se vanagloria Khaled, residente en una casa a pie de carretera cerca de Tell Abbas al Gharbi. En el cruce entre Halba y esta última localidad ocurrió todo. El pasado domingo una fuerte presencia militar se había desplegado en Akkar para prevenir enfrentamientos entre un partido prosirio, que conmemoraba una matanza de partidarios cometida en los enfrentamientos de 2008, y los seguidores de la coalición anti-siria, que se disponían a homenajear a sus propias víctimas.

Dos versiones distintas de los hechos fueron publicadas en la prensa local. En una se hablaba de un rifirrafe entre el clérigo y el oficial a cargo del checkpoint, de la negativa del religioso a permitir que el vehículo fuera registrado y de su empeño en proseguir el camino pese a la negativa de los uniformados, lo que explicaría, aunque no justificaría, un mortal tiroteo de dos víctimas.

Nada que ver con lo que cuentan en el mismo cruce donde sucedieron los hechos. “Los soldados le querían hacer bajar del coche, pero sus acompañantes se resistían diciendo que le debían un respeto, como a todos los clérigos. Finalmente el sheikh dijo que daba la vuelta, y el oficial comenzó a discutir con él. ‘Salga del coche’, le decía. Él se negaba. Decidió dar la vuelta, y entonces el oficial a cargo le disparó. Fue como una señal, el resto de los uniformados también disparó”, explica Ahmed al Nir.

El primo del sheikh, ante un imagen del fallecido colocada en la mezquita de Bireh. (M. G. P.)

Al Nir, responsable municipal de 52 años, asegura que estaba a pocos metros del lugar de los hechos. El hombre está visiblemente indignado, como lo está el conductor de Waheb, único superviviente del tiroteo. “Nos sorprendió el enorme despliegue del Ejército. El oficial empezó a insultar al jeque, y así no se trata a un jeque en Akkar. Le decía: “¡Sal de una puta vez del coche! Quería que hiciera cualquier cosa para dispararle. El jeque me dijo ‘ve tú solo, yo ya no voy al festival. Pero en cuanto fue a arrancar el coche el oficial sacó la pistola y le disparó al cuello. Fue una señal para el resto de los soldados, que le acribillaron. Incluso había francotiradores apostados en la gasolinera”.

Donde sí los había era en la Mezquita de Al Bireh donde se celebraron el lunes los funerales, salvo que esta vez eran milicianos afines a  Mustaqbal. Del lugar de culto salía el diputado de esta formación en Akkar, Moain Merhebi. “Estaban esperándole, no fue un accidente sino un asesinato”, decía. “No fue un error sino una orden del jefe del Ejército. [El general Jean] Khawaji dio la orden en persona porque esas son las órdenes de Bashar [Assad]. Sólo aceptaremos la dimisión del jefe del Ejército. Estamos con la institución pero no con sus responsables, que nos conduce hacia la destrucción”.

“El liderazgo del Ejército debe ser juzgado por una corte civil para que la gente se calme”, estimaba por su parte el primo del fallecido, el también religioso Mahmud Abdallah. Los milicianos que aguardaban el oficio fúnebre sentados en la explanada junto a sus armas compartían ese punto de vista. “Los jefes del Ejército actúan como los shabiha (milicias de Asad). Es una conspiración contra los suníes y nos defenderemos”, aseguraba Ghazi Abu Abbas, de 50 años.

El Ejército libanés era, hasta ahora, la única institución considerada neutral en el Líbano. Compuesto por oficiales y soldados de todas las sectas religiosas, su actuación independiente en los combates de 2008 granjearon simpatías y también críticas entre la población, pero sus últimas actuaciones en el contexto de la crisis siria hacen que ahora Khawaji sea percibido como un hombre próximo a Damasco, mientras que la dirección de las Fuerzas Internas de Seguridad, la Policía libanesa, es considerada su antagonista y acusada de proteger a los rebeldes sirios que encuentran asilo en el norte del país. Eso explicaría que la incautación del navío Lutfallah, cargado de armas destinadas aparentemente a la oposición siria, corriera a cargo de la Inteligencia Militar. También explicaría el principio de la crisis libanesa, que comenzó hace dos semanas en la ciudad de Trípoli, feudo suní del Líbano y de los salafistas locales, donde se aglutinan, como en Akkar, buena parte de los refugiados sirios. Y donde la tensión contra el Gobierno libanés, controlado por el bloque afín al grupo chií Hizbulá, uno de los escasos aliados incondicionales de Damasco, se concentra como una olla a presión.

Banderas salafistas ondean en la Plaza Al Nour, de Trípoli. (Mónica G. Prieto)

La detención del salafista

TRÍPOLI.- Flamantes banderas de la revolución siria cuelgan de los puentes de Trípoli. Empapelan sus muros, sus mezquitas, ondean de postes o semáforos y decoran escaparates. La numerosa presencia de refugiados sirios huídos de la provincia de Homs es acogida por los locales con un orgullo exagerado, muestra de su repulsa hacia la actitud del Gobierno central, que se niega a crear campos de refugiados y a distribuir ayudas. Les niegan su condición de reprimidos. De perseguidos. “Lo hacen porque son suníes”, reflexionan en voz alta los tripolitanos, ahondando en su propio victimismo.

Los suníes libaneses no se sienten representados por el Ejecutivo de Beirut, pero tampoco por sus propios políticos. Se consideran abandonados por una oposición huérfana  (el líder de los suníes, Saad Hariri, no vive en el Líbano desde que hace año y medio perdiese el cargo de primer ministro), y en medio del abandono y la pobreza, el vacío de liderazgo es llenado con entusiasmo por los integristas islámicos, los salafistas que siempre poblaron el barrio de Abi Samra y que ahora extienden su poder aprovechando la debilidad propia de los tiempos de incertidumbre.

En la plaza central de Trípoli, Al Nour, las banderas sirias se alternan con las banderolas negras de los salafistas. Hace dos semanas, los integristas cerraron los accesos, paralizando a la ciudad, el mismo día en que Shadi Mawlawi, un islamista acusado de vinculación con el terrorismo, fue arrestado por el Ejército libanés. Se le acusaba de cooperar con los rebeldes del Ejército Libre de Siria (ELS): algunos de sus miembros suelen usar el norte del Líbano como base para reorganizarse y tratar a sus heridos antes de regresar a combatir al régimen.

Un edificio de la Calle Damasco de Tripoli, afectado por un proyectil de RPG. (Mónica G. Prieto)

Las formas –la detención se produjo tras atraerle a una institución privada con la falsa promesa de donaciones económicas- y el profundo malestar suní hacia la postura oficial de Beirut hizo que la detención actuase como revulsivo reactivando un viejo conocido de las crisis armadas libanesas: el frente de la Calle Damasco.

A un lado de esta vía, en lo alto de una colina, se encuentra el barrio alauí de Jabal Mohsen, fiel al régimen baazista sirio: justo enfrente, al otro lado, el barrio suní de Bab Tabbaneh. Por décadas los habitantes de ambos barrios han dirimido sus diferencias a tiros, hasta el punto de haber horadado los sótanos para poder moverse de un edificio a otro a salvo de los francotiradores, y esta vez no iba a ser menos. El primer día de combates, cayeron tres personas: en el segundo día, la cifra subió hasta los ocho muertos.

En total, 11 han perdido la vida en los enfrentamientos, que se rebajaron tras un espectacular despliegue del Ejército en lo que los residentes consideran un alto el fuego provisional. Hace pocos días, cada cien metros se podía encontrar un carro de combate, también trincheras recién erigidas por los combatientes, que acumulaban sacos terreros para el próximo encontronazo ante la mirada ausente de los uniformados.

Un cartel del líder suní Saad Hariri cuelga de un edificio acribillado en Trípoli. (Mónica G. Prieto)

En los edificios de la calle Damasco, los orificios abiertos por los proyectiles de lanzagranadas dan fe de la ferocidad de los combates. De ambos lados, los cruces más expuestos han sido tapados con grandes telas plásticas para evitar a los francotiradores suníes y alauíes. En las esquinas, grupos de hombres de todas las edades charlan, fuman, se comunican por radios cortas y limpian sus armas. Abu Jafar, uno de ellos, engrasa su kalashnikov y saca brillo a su pistola corta mientras se enfrasca en la conversación. “Esto es sólo una tregua, no es el final”, dice con media sonrisa entre los dientes. “Esto sólo acabará cuando matemos a todos los alauíes, porque mientras se sigan comportando como si viviesen en Siria no podemos vivir juntos”.

Abu Jafar goza del respeto de los adultos y chavales que le rodean. La mayoría está desempleada, como ocurre con la mayoría de la población de este empobrecido barrio de Trípoli, un experimento perverso donde paro, miseria, desesperanza, fanatismo y armas se combinan dando lugar a contínuos enfrentamientos. Además se suman los rencores de otras guerras: tras la ocupación siria, en 1976, Damasco armó y ayudó a la minoría alauí de Jabal Mohsen para que arremetieran contra los islamistas de Bab al Tabbaneh dando lugar a matanzas que aún hoy ansían ser vengadas. Hoy en día, los alauíes siguen siendo apoyados activamente desde Damasco: tanto que se considera que son activados militarmente cada vez que Assad desea enviar un mensaje político de envergadura.

“Algunos miembros del Ejército están con ellos, les ayudan”, continúa Abu Omar, sentado en su gastada silla de plástico a la izquierda de Abu Jafar, en referencia a los alauíes. “El primer ministro, Najib Mikati, está con el régimen, y los mandos están con Mikati. El da las órdenes para que nadie hable de Siria, para tapar las masacres de Bashar. Si el Gobierno libanés no para a los alauíes, tendremos que pararles nosotros”.

Abu Jafar y Abu Omar limpian sus armas en una esquina de Bab Tabbaneh. (Mónica G. Prieto)

A pocos metros de Abu Jafar, un cartel representa a Bashar subido a un tanque estacionado sobre un charco de sangre. En Jabal Mohsen, los rostros de Bashar y su padre, Hafez, comparten espacio con el del líder de Hizbulá, Hassan Nasrallah. “Aquí tenemos refugiados 2.500 sirios”, se vanagloria Abu Omar mientras presenta a Abu Ayman, un refugiado de 26 años procedente de Jisr al Jhughour  asentado en el barrio. “Esta y aquella son la misma guerra”, reflexiona el sirio ladeando la cabeza. “Allí luchamos contra los alauíes y aquí también. Los suníes de Bab Tabbaneh también fueron víctimas del régimen en los años 80”, recuerda.

Los suníes del Líbano se han crecido ante tanto abandono y lo que consideran contínuos desaires de Beirut. “Los políticos no tienen nada que ver con esto, ahora la gente es la que tiene el control”, brama el sheikh salafista Omar Bakri, de origen sirio pero durante décadas asentado en Gran Bretaña, donde terminaría siendo investigado por vínculos con los atentados de Londres en 2005. Huyó al Líbano donde fue condenado a cadena perpetua por vínculos con el terrorismo, pero una oportuna intervención del equipo legal de Hizbulá, la misma organización chií a la que hoy dedica sus exabruptos, evitó que acabase en prisión.

Omar Bakri gesticula en medio de la Plaza An Nour. (Mónica G. Prieto)

“¿Quieren problemas en el Líbano? Adelante, estamos esperándoles”, dice en tono bravucón, levantando su dedo índice, rodeado de apenas tres adeptos. Ninguno presta atención a la perorata. “Que no se crean que esto va a ser un bocado dulce para los chiíes. Llevamos sufriendo demasiados años. No es sólo la detención de Mawlawi, es la presencia en las cárceles de islamistas que llevan más de cinco años sin ser juzgados. Hasta que no los liberen, no nos daremos por vencidos”, dice en referencia a los seguidores de Fatah al Islam, el grupúsculo de ideología próxima a Al Qaeda y supuestamente financiado por Siria, que se atrincheró en el campo de refugiados palestino de Nahr al Bared, a pocos kilómetros de Trípoli, provocando 15 semanas de batallas.

Un par de centenares de yihadistas fueron detenidos tras la caída del campo en manos del Ejército libanés, pero muchos escaparon, entre ellos Abdel Ghani Jawhar, quien murió hace pocas semanas en Quseir, en la provincia siria de Homs, mientras montaba un artefacto explosivo. Había traspasado ilegalmente la frontera a principios de abril junto a otros 30 libaneses, en un fenómeno que parece estar extendiéndose. Para Damasco, el norte del Líbano se ha convertido en un nido de terroristas y la frontera un cruce para yihadistas. “Sabemos de muchos chiíes que ayudan al régimen sirio, pero todos les llaman turistas, en cambio cuando los suníes nos defendemos nos llaman terroristas”, se lamenta Bakri. Está claro que al norte del Líbano, colindante con Siria, nadie viaja por placer.

Tropas libanesas desplegadas en los cruces de la calle Damasco, en Trípoli. (Mónica G. Prieto)

Entre dos fuegos

QAA (FRONTERA LÍBANO-SIRIA).- Jamila Krombi pensaba que no habría lugar más seguro para refugiarse que una mezquita del vecino Líbano, lejos de los tiroteos y bombardeos que se han convertido en rutina en su Siria natal. A sus 70 años, la anciana estaba cansada de penurias y huídas y decidió no aventurarse mucho en el país vecino: optó por quedarse en la limítrofe Majaria al Qaa. Su casa había quedado en Yusei, a sólo un kilómetro de la frontera.

“Ahí estaba, sentada frente a la mezquita, cuando una bala impactó en su silla. Cuando se levantó para huir, otra le atravesó la cabeza. No fue una casualidad, los soldados sirios tiraban a matar”, se lamenta su sobrino Suleiman, hoy refugiado en la localidad libanesa suní de Ersal con sus hermanos y respectivas familias. “Se había instalado en la mezquita con su marido y dos familias más pensando que allí estarían a salvo, pero esto es una guerra. No necesitan motivos para matar. Las incursiones en el Líbano son contínuas, los tiroteos también”. El Ejército libanés, entre los dos fuegos de sus dobles lealtades, hace la vista gorda. “Hacía media hora que habían estado patrullando por ese lugar. Los sirios no cesan de disparar contra el territorio libanés para aterrorizar a la gente”, prosigue el sobrino.

Jamila es una de las últimas víctimas de la represión siria en territorio libanés, y casos como el suyo también calientan los ánimos de la población local. En parte porque en Akkar y en Bekaa (de mayoría chií pero con enclaves suníes como Ersal) parte de la población tiene familiares en Siria, en parte porque enclaves de ambas regiones sirven como pasos francos para los activistas, refugiados y rebeldes sirios. Como dice el mujtar de Qaa, Masour Saad, “nos separan cuatro metros de la frontera, tanto que en algunas casas hay dos puertas: una da al Líbano y otra a Siria”.

Manifestación pro revolución siria frente a una mezquita de Beirut. (Mónica G. Prieto)

Libaneses y sirios afirman que Hizbulá participa en la guerra vecina bombardeando desde territorio libanés a los rebeldes de las localidades fronterizas. Dicen que lo hace en coordinación con las fuerzas de Assad, que sincroniza sus ofensivas con el Partido de Dios chií para sorprender al ELS con su doble asalto. Y que su intervención es respuesta al vacío de autoridad que hasta ahora había en las fronteras, empleadas por el ELS, refugiados y activistas.

“Los primeros problemas con Hizbulá sucedieron hace tres meses”, explica entre aspavientos Abu Ahmed, llegado la víspera al Líbano procedente de Saqarya, una de las aldeas fronterizas, de la que huyó junto a su mujer e hijos ante la intensidad del fuego. “Los combates con el ELS duraron 48 horas. Pero en este último incidente, las bombas venían desde ambos lados, desde posiciones sirias y libanesas. Además los libaneses enviaron a unos 200 hombres, vestidos con uniformes negros. No eran el Ejército sirio, sino Hizbulá”, explica desde la paupérrima vivienda, dos salas con un patio a medio construir, donde ha encontrado asilo.

Los hechos ocurrieron cerca de Zeitar, donde se produjo un secuestro de potencial inimaginable para el Líbano. El 10 de mayo, miembros del ELS secuestraron a dos chiíes libaneses acusados de haber denunciado a un refugiado del ELS ante las autoridades de Beirut. Uno de ellos pertenece a uno de los clanes más grandes y temibles de todo el país del Cedro, los Jaafar, con una milicia “de 1.200 hombres sólo en el valle de Hermel”, susurra elevando las cejas el mujtar (autoridad local) de Qaa, localidad cristiana que bordea con Siria en dos de sus extemos, en gesto de respeto.

Saad es claramente pro-sirio y justifica incluso lo que ocurrió a continuación. “Por supuesto, la familia Jafar arrestó a 25 sirios en represalia”. El “arresto” fue un secuestro masivo. Para el vicealcalde de Ersal, villa prorevolucionaria, las víctimas fueron “obreros en paro”; para el alcalde de Qaa, cristiana y pro-régimen, “fueron 25 miembros del FSA”. Tres días después del secuestro, una amplia negociación derivó en un “intercambio de prisioneros” considerado un parche en la inestabilidad.

Un padre y su hijo, ambos sirios, en una manifestación a favor de la revolución siria en Beirut (Mónica G. Prieto)

Adnan Mansur explica de otra forma los disparos en territorio libanés. “Antes, en esta zona se traficaba con combustible; ahora se trafica con armas”. Días antes de la entrevista, el Ejército libanés había interceptado tres cargamentos con armas; el mismo día un cuarto camión fue detenido por las autoridades. “En las carreteras principales de las localidades fronterizas suelen patrullar los sirios y no es poco habitual que alguien les dispare, esconda el arma y se ponga a cultivar la tierra para disimular. Además, el Ejército sirio empuja a los rebeldes a territorio libanés durante los combates y de ahí las balas perdidas que matan a gente como a esa mujer”, dice en referencia a Jamila.

Lo que para unos es una brecha en la seguridad, para otros es la extensión de la guerra siria en territorio libanés. Los mismos bandos, las mismas cuentas pendientes. “Esto va a seguir ocurriendo”, dice el mujtar de Qaa, donde se cobijan un centenar de familias cristianas favorables al régimen de Bashar Assad. Ersal se ha convertido en un destino masivo de refugiados anti-régimen. “Tenemos unas 600 familias, el 90% de Homs. En marzo (tras la conquista de Baba Amr) los números se dispararon: recibíamos 10 familias al día. Ahora, depende de dónde se concentren los ataques. Solo ayer recibidos 10 familias de las localidades de Nazariyeh y Yousi, ambas en la frontera”, explica Ahmed Fleite, vicealcalde de Ersal, desde el Ayuntamiento.

“La violencia seguirá aumentando. Estamos hablando de una guerra de guerrillas, explosiones y asesinatos”, prosigue el mujtar de Qaa. De un derramamiento de sangre que ya ha llegado a la capital, Beirut, y que podría ahogar a todo el Líbano.

Un coche calcinado frente a la oficina política donde se centraron los combates de Beirut. (Mónica G. Prieto)

Sangre frente a la Universidad de Beirut

TAREQ AL JDIDEH (BEIRUT).- Las profundas arrugas del rostro de Mohamed, de 60 años, revelan que la escena que se desarrolla ante sus ojos es un remake de otras muchas experiencias vividas. Pero la incredulidad y el miedo que desprenden sus ojos deben ser tan vivos como el que brilló el primer día. Sentado en la entrada de su casa, entre cristales rotos, restos humeantes, casquillos y enseres calcinados, el hombre observa el edificio de enfrente, situado a cinco metros, como si tratase de desentrañar un profundo misterio.

Donde antes estaban las puertas del balcón de la primera planta hay ahora dos agujeros ennegrecidos, resultado del impacto de los proyectiles de RPG. En el bajo, las fachadas de un local de estética y un café Interet han quedado acribillados por las balas. Cinco esqueletos de motocicletas calcinadas sirven de improvisada distracción para los niños del barrio, y todos los coches aparcados han sufrido severos daños. La expresión de horror de los distraidos estudiantes que se aventuran por la sharia al Jama, la calle de la universidad, rumbo a la Facultad de Ingeniería de la Universidad Árabe de Beirut, compite con la de vecinos como Mohamed.

“Esa es la causa de los problemas”, dice señalando el edificio salpicado de balas. En la primera planta, la más afectada por los combates, se ubicaban las oficinas del Partido del Movimiento Arabe, una facción dirigida por Sheikh Shaker Berjawi, un líder suní que parece estar probando todas las ideologías locales: según la publicación local Now Lebanon fue propalestino y posteriormente pro-murabitun, (milicia nasserista suní libanesa) para terminar combatiendo, en 2008, del lado de Mustaqbal y por tanto contra Hizbulá. “Pero le pudo el dinero”, prosigue Mohamed con expresión asqueada. “Hace tres años cambió de lealtades y ahora sigue las órdenes de Nasrallah”.

Según vecinos como el citado, los combates que dejaron dos víctimas mortales en Beirut la misma noche en que se velaba el cadáver del clérigo de Akkar comenzaron sobre las 10 de la noche. “Llevábamos todo el día con cierta tensión en el barrio. Sobre esa hora, un grupo de jóvenes suníes comenzaron a cantar consignas a favor de Dios y Saad Hariri. Los milicianos de Berjawi se concentraron en el balcón con sus armas, había unos 20 hombres armados. Uno de ellos salió y disparó al grupo, hiriendo a uno de los chavales”, prosigue. En la esquina de la calle con la autopista del aeropuerto, restos de sangre y casquillos son perfectamente visibles. “Usaron fusiles de asalto y lanzagranadas. Incluso el sheikh Berjawi les ordenó que pararan de disparar y regresaran a la casa”. Era demasiado tarde. Los combates se demoraron hasta las 4 de la mañana, con explosiones “cada 15 minutos”, según Walid, quien aún cabecea desconcertado mirando su calle, la viva imagen de un campo de batalla.

“Esto es una prueba de que Siria va a extender la guerra al Líbano. Va a provocar más tensión sectaria, y el Ejército intenta ser neutral pero no actúa como si fuera responsable de garantizar la seguridad del Estado”, se lamenta otro de los vecinos de Tareq al Jdideh, el barrio de Beirut donde sucedieron los hechos, cuando ve avecinarse un carro de combate cargado de soldados. “Ahora, ¿no? Pero cuando anoche disparaban no había Ejército”, afirma en tono recriminatorio antes de pasar al derrotista: “Ellos no pueden hacer nada para parar esto. Hay una decisión política de exportar el conflicto al Líbano”.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

10 comentarios

  1. Jata Miau

    Al menos intentar guardar mínimamente las formas, Mónica G. Prieto.
    La imagen de un hombre con un niño subido a sus hombros ya la has utilizado en http://periodismohumano.com/en-conflicto/amputado-por-salvar-vidas.html con un pie de foto distinto. Los que antes eran “Un padre y su hijo, ambos sirios, en una protesta anti Assad en Beirut. (Mónica G. Prieto)”, ahora se convierten en “Un libanés participa con su hijo en una marcha a favor de la revolución siria. (Mónica G. Prieto)”.

    ¡¡¡Da vergüenza ajena!!!

    • Jata Miau

      Habéis cambiado el pie de foto de ““Un libanés participa con su hijo en una marcha a favor de la revolución siria. (Mónica G. Prieto)” a ““Un padre y su hijo, ambos sirios, en una protesta anti Assad en Beirut. (Mónica G. Prieto)” para hacerlo coincidir con el que utilizásteis en la misma imagen en http://periodismohumano.com/en-conflicto/amputado-por-salvar-vidas.html

      Lo habéis hecho sin disculparos ni informar del cambio.

      Menos mal que para casos como estos están las capturas de pantalla.

      ¡¡¡No tenéis vergüenza!!!

  2. [...] "CRITEO-300×250", 300, 250); 1 meneos A un paso del abismo periodismohumano.com/en-conflicto/a-un-paso-del-abismo.html  por EGraf hace [...]

  3. Jata Miau

    Claro que Javier Espinosa, flamante ganador del XI Premio de Periodismo Miguel Gil Moreno de la fundación homónima y la editorial Random House Mondadori por su “extensa y excelente trayectoria”, es todavía mucho más creativo:

    http://www.elmundo.es/elmundo/2011/03/02/internacional/1299057445.html

    ¡¡¡Provoca algo más que vergüenza ajena!!!

  4. Charif

    No se lo de la foto y la importancia que tenga. El relato es correcto y narra lo que sucede en la zona. Enhorabuena

    • Jata Miau

      No sé, Charif, si eres más tonto qe sinvergüenza o más sinvergüenza que tonto. Lo cierto es que no me preocupa en absoluto. Resulta evidente que, sea como sea, eres igual de amoral.

  5. [...] la moda del secuestro -se han contado unos 15 casos sólo en su región durante este año, sin contar los secuestros por motivos políticos relacionados con la crisis siria, como el de los 11 peregrinos libaneses secuestrados cerca de Aleppo- es sólo parte del problema. [...]

  6. [...] muerto en la última oleada de violencia, es probablemente exagerada pero sí resulta premonitoria. El potencial de desestabilización del país del Cedro, que el pasado sábado se quedó sin Gobierno tras la dimisión del primer ministro, el [...]

  7. [...] “[Hermel y Ersal] son una zona de conflicto constante”, explica el periodista libanés Ali Al Amine. “El conflicto no cesará aquí. El ELS ve Hermel como la puerta de entrada de Hizbulá en Siria, y Hizbulá y el régimen de Damasco ven a Ersal como puerta de entrada para los combatientes anti-régimen”. Por el momento, el conflicto sectario se dirime a golpe de secuestro: tras la captura de un miembro del clan Jaafar en Ersal –del que la tribu culpa a los residentes de la localidad suní, si bien parece que fue ejecutado por grupos radicales islamistas relacionados con la guerra siria-, los Jaafar respondieron con una decena de capturas a las que siguieron varias liberaciones. En plena negociación para poner fin a la crisis, el pasado martes otros tres miembros de la tribu Jaafar eran secuestrados por residentes de Bireh, en la provincia de Akkar, en una nueva vuelta de tuerca del conflicto. No es la primera crisis de secuestros en esta región: el año pasado, la captura de un Jaafar en territorio sirio fue replicada con 25 secuestros de ciudadanos sirios. Terminaron si… [...]

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