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En conflicto

“Les hablé todo el tiempo en hebreo, así no pueden olvidar que se trata de un ser humano”

Itamar Shapira es uno de los tripulantes más jóvenes de la flotilla judía que intentó romper el bloqueo de Gaza.

Según cuenta, mientras los soldados israelíes le golpeaban les miraba a los ojos y les hablaba en hebreo poque "les descoloca que ese enemigo hable su idioma, así no pueden olvidar que se trata de un ser humano”.

Itamar Shapira (Virginia Paradinas)

Cuando hace dos semanas Itamar Shapira y otros nueve judíos atravesaban el Mediterráneo con el propósito de llegar hasta Gaza, el Tribunal Supremo israelí emitió una sentencia que llevará al desalojo de docenas de familias palestinias del barrio de Sheikh Jarrah, en Jerusalén Oriental. Un área que Itamar conoce bien, después de guiar a muchos visitantes por ella en tours políticos alternativos y participar en las manifestaciones solidarias semanales organizadas allí. Con él volvimos a visitar el barrio para hablar de su experiencia en el barco, de los movimientos de activismo y de una sociedad, la israelí, que “está obligada a tomar partido”.

“Esto de aquí es nuevo”, comenta Itamar frente a un patio con columpios y una caseta de control, mientras posa para la cámara. Dentro de la caseta, un guardia de seguridad privado, pagado por las arcas del Estado de Israel, protege a los colonos judíos instalados en casas que hasta hace poco habitaban palestinos. Es uno de los asentamientos que ya forman parte del paisaje de Sheikh Jarrah, después de que familias palestinas fueran expulsadas de sus hogares. Muchas otras podrían correr pronto la misma suerte por culpa de unos documentos de principios del siglo XX que, según los tribunales israelíes, otorgan la propiedad a ciudadanos judíos.

Algunas de las familias palestinas en riesgo de perder sus hogares ya han pasado por esto antes. Abandonaron sus casas en Jerusalén occidental cuando esa parte de la ciudad pasó a ser controlada por Israel, tras la guerra de 1948, y la mayor parte de los palestinos que allí vivían tuvieron que trasladarse a la mitad oriental. Las posibilidades de que un juez reconociera sus títulos de propiedad son remotas. Las autoridades israelíes reivindican el derecho de sus ciudadanos a vivir en Jerusalén. Este tras la anexión unilateral de toda la ciudad en 1967, pero son más que reacias a permitir movimientos de población a la inversa.

La “línea verde”, una transitada carretera que Itamar señala desde un tejado de Sheikh Jarrah, marcaba la frontera entre las dos mitades de la ciudad, ahora parece que sólo es impermeable en un sentido. Un doble rasero que Itamar volvió a experimentar durante su viaje en el “Irene”, el catamarán que trató de burlar el cerco de Gaza. Él y su hermano Yonatan Shapira, los miembros más jóvenes de la tripulación, fueron agredidos por los soldados israelíes cuando abordaron el barco para evitar la entrada en aguas de Gaza. “Nada comparado con lo que habría ocurrido si hubiésemos sido palestinos o musulmanes de otros países”, recalca, “nada parecido a lo que se enfrentan el millón y medio de ciudadanos de Gaza”.

Cuenta que no dejó de mirar a los ojos y hablar en hebreo con los soldados mientras le pegaban. “Ellos están entrenados para luchar contra enemigos peligrosos, para que el árabe les parezca amenazante, pero les descoloca que ese enemigo hable su idioma, así no pueden olvidar que se trata de un ser humano”.

Itamar tiene experiencia. A sus 30 años, este ex soldado israelí ha pasado por la cárcel por negarse a ser alistado en la reserva y ha sido arrestado en varias manifestaciones. La última vez precisamente en Sheikh Jarrah, donde cada viernes desde hace más de un año se organizan concentraciones en protesta por la situación de los vecinos palestinos del barrio.

El movimiento de solidaridad en este barrio continúa activo y redobla sus acciones tras la última decisión judicial. Pero su éxito, como reconoce Itamar, es desigual. “El de Sheikh Jarrah es un modelo problemático, los palestinos no se sienten atraídos a trabajar con los activistas israelíes, a participar en las protestas, sólo los directamente afectados y son muchas las razones para ello (…)  Por otro lado es un buen lugar para empezar, se está viendo un proceso continuado de trabajo no violento de los activistas, quizás no sea un modelo, pero sí una esperanza”, comenta. Una esperanza que necesita de un apoyo externo decidido. “Me gustaría que la comunidad internacional presionara en cosas concretas, como la situación de Sheikh Jarrah; si se instala aquí un enorme barrio judío, va a cambiar tanto la demografía de Jerusalén que será aún más difícil llegar a acuerdos de paz sobre la ciudad, la piedra angular de todo el conflicto”.
Un conflicto ante el que los ciudadanos israelíes no pueden ya permanecer impasibles, según su opinión. Habla de dos procesos paralelos, que se alimentan. Por un lado la “violencia creciente de la Ocupación”, por otro “la presión en aumento y la superación de tabúes”.

Ahora es mucho más fácil matar, el ejército israelí emplea excusas cada vez más débiles para disparar. Hace unos años aseguraban que la víctima llevaba explosivos, luego bastó con argumentar que portaba una navaja y ahora la razón puede ser que se acercó demasiado ala barrera, a veces ni eso”.

“Se genera un clima de estás conmigo o contra mí y eso obliga a tomar partido”. Se acelera la violencia, pero también los mensajes en contra, sostiene. “Hace unos años pocos israelíes habían escuchado el término Apartheid para hablar de su sistema, las llamadas al boicot eran imperceptibles, era inconcebible plantear algún tipo de correlación entre nuestra historia, la de los judíos y la de los palestinos. Ahora las corrientes dominantes se esfuerzan en explicar la diferencia entre ambas situaciones, eso quiere decir que es un planteamiento que ya está en las mentes, aunque sea para negarlo”.

En esta toma de partido de la que habla Itamar, la mayoría opta por seguir al grupo, dice. Otros pocos se desmarcan, como subraya al recordar al grupo de actores israelíes que se negaron públicamente a actuar en el teatro del asentamiento de Ariel hace unas semanas o referirse de nuevo al movimiento de Sheikh Jarrah.

Y esas iniciativas, como el viaje del “Irene”, tratan de mandar un mensaje en tres direcciones, resume. “Se trata de recordar al mundo que éste no es un conflicto religioso, que no se trata de judíos o no judíos, ni de antisemitismo, sino de una cuestión política y económica.” Además “es importante hacer comprender a los israelíes que hay otras maneras de ser israelíes”.

El mensaje también va dirigido a los palestinos. “Son señales de solidaridad, para ayudarles a tener fuerzas y seguir resistiendo la Ocupación, para recordarles que hay israelíes y judíos de todo el mundo que la rechazan”.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

2 comentarios

  1. Gracias, Ánxela, Itamar y todos los que lucháis desde dentro por el fin de la ocupación. Esta frase lo resume todo, sigamos repitiéndola hasta que no quede nadie que no lo entienda: “Se trata de recordar al mundo que éste no es un conflicto religioso, que no se trata de judíos o no judíos, sino de una cuestión política y económica.”

  2. LA GRANDEZA HUMANA. Quisiera compartir con el foro esta duda: ¿que debe motivar a estos activistas para, no solo comprometer su tiempo, sino incluso la tranquilidad de sus vidas por defender a quienes todos sus vecinos se obstinan en considerar sus enemigos? (ahora tratamos de judíos y palestinos, pero también vale para el conflicto de intereses entre nacionales y emigrantes, .

    Hay que se muy grande para jugarse la vida defendiendo los abusos que se cometen no solo contra unos extraños, sino contra sus supuestos “enemigos”. ¡¡Hay que ser tan grande para ver como amigos a los que todos los demás ven como enemigos!! El mundo es de ellos.

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