Economía
Tres en una peluquería
Lorenzo acude con Jorgelina a la peluquería de Mohamed, un marroquí que trabaja en España desde 1972.
"Al que tiene poco pelo, le cobro 5 euros... No entiendo por qué la gente va a sitios donde pagan 12"

Jorgelina, Lorenzo y Mohamed
“¡Venga ya! ¡No me des más aire con el secador y termina!”. Es la forma que tiene Lorenzo de dar las gracias. “Es que tarda mucho, tarda mucho, tarda más en los detalles del final que en cortarme el pelo”. Usa un tono socarrón, engolando la voz, derrochando aspavientos y con media sonrisa. Mohamed no se detiene y sigue haciendo su trabajo sin acabar de entender si su cliente está enfadado, contento, o qué. Satisfecho debe estar, porque confiesa que hace mucho que viene a esta peluquería.
En las sillas de plástico del fondo está sentada con los pies muy juntos Jorgelina, paraguaya, que no se ha quitado el abrigo para no llamar la atención y que agarra el bolso contra su regazo. Contempla la escena callada, muy en su papel de asistenta discreta, aunque de la sonrisa de compromiso se escape alguna carcajada a costa de las fanfarronerías de Lorenzo, al que cuida de sol a sol.
Son tres en una peluquería; dos inmigrantes y un español que vive en el barrio “desde hace 60 años”. Lorenzo le pagará por su corte de pelo a Mohammed y también le paga a Jorgelina por su asistencia. Mohammed y Jorgelina cotizan, y así personas como Lorenzo puede tener su pensión cubierta.
La peluquería de Mohhamed Driouch mide poco más de 15 metros cuadrados, está dentro de un prefabricado y por las rendijas de la puerta se cuela el olor a pescado. Ocupa uno de los módulos de un gran mercado de abastos del centro de Madrid, el Mercado Maravillas. Alrededor de los colores naturales de tanta chuleta, tanta aceituna, tanto marisco, tanta verdura, el rincón de Mohamed es un altar kitsch. Luces de neón rosas y azules para llamar la atención, la cadena de fluorescentes blancos para poder trabajar en el interior y un ensañamiento de plantas de plástico que se extiende por todas partes: alrededor del cristal que hace las veces de escaparate, alrededor de los espejos, junto a la puerta, sobre los armarios.

Mohamed termina de retocar a Lorenzo (J.L.S.)
Jorgelina ya está de pie, en cuanto intuye que Lorenzo va a levantarse. El socarrón del pelo cano parecía más alto cuando estaba sentado y se permite menos bravuconerías. Agarra el bastón, se ajusta la corbata burdeos, se encaja bien el chaleco y encara el camino de la puerta. “¡Hala, hasta otra!”, se va y desaparece detrás Jorgelina. Nos quedamos con el peluquero.
“Al que tiene poco pelo, le cobro 5 euros”
Es inevitable entrar en una peluquería y no analizar el pelo del que se supone que va a ser tu experto en imagen durante los próximos minutos. Ese absurdo juicio profesional instantáneo – si tiene el pelo bien, buen peluquero; si no, preparémonos para lo peor – no deja muy bien parado a Mohamed, que ha perdido toda frondosidad en la parte superior de la cabeza, que ya clarea. La piel también acusa la falta de luz natural. Mohamed es un hombre delicado en los gestos y en la voz, educado, con ojos resignados pero no infelices.
Mohamed Driouch, marroquí de un pueblo que lleva su apellido (más bien al revés), trabaja con música latina de fondo. En 11 años de negocio en el mismo barrio, en el mismo módulo, le ha dado tiempo a adaptarse a los gustos de su clientela, “casi todos de fuera, sudamericanos”. Su español es bueno pero no lo suficiente como para entender las letras; no sigue tampoco el compás, ni mueve el pie, ni parece en definitiva que las cumbias o los boleros sean más que otro elemento decorativo más, ajeno a él, como tantas cosas en su peluquería, que no dicen nada.
Estamos en una antigua pescadería. Lorenzo es el único cliente que ha tenido Mohammed en toda la mañana. La máquina de expedir papelitos de turnos, como la que tienen otros compañeros en el mercado, es casi una broma gastada desde un pasado mejor. “Está la cosa muy mal, no puedo mentir”, nos dice mientras vuelve a colocar todo en su sitio, termina de barrer con prisa en pelo blanco de Lorenzo, se lava las manos, se las seca. Como si ya tuviera otro cliente esperando.
Paga 300 euros al mes de alquiler al Ayuntamiento, propietario del Mercado. “Estoy trabajando todos los días y no me sobra nada: el alquiler de aquí, el alquiler de casa, la luz, el agua, la cuota de autónomos…. Estoy trabajando gratis, practicamente. Antes esto se llenaba, pero ya no, ya no…”. Y eso que la tabla de precios no puede ser más competitiva. 7,50 el corte de pelo; 7 para jubilados como Lorenzo. Aunque no conste en el cartelito que cuelga sobre el espejo, Mohamed nos confiesa una rebaja especial: “al que tiene poco pelo, le cobro 5″. No es broma, no lo dice para hacer reir. Es su última oferta personalizada para fidelizar clientes, “porque no entiendo que con la crisis la gente se vaya a otros sitios a cortarse el pelo por 12 euros si yo lo corto por 5″.
Mohamed tiene que mantener en Madrid a su mujer, uno de sus hijos, su nuera y un nieto. Tiene otros 4 hijos en Madrid, que sobreviven como cada uno puede. “Uno de los varones trabaja de seguridad y el otro vive conmigo, está ahora en paro. Se le acabó el subsidio y ahora está tirando gracias a la ayuda de los 426 euros“. Mohamed no sabía que dos horas antes de contarnos eso, el Gobierno de España había anunciado que esa ayuda será retirada. “Tiene un crédito y a ver si lo termina de pagar el año que viene”.
Entre cuadros de leones y cascadas, posters de perfume, relojes y calendarios viejos es complicado encontrar un trocito de pared que nos cuente algo sobre Mohamed. Aunque sean 15 metros cuadrados, algo debe haber. Sí. Un marco viejo apoyado sobre la cajonera. ¿Es la plaza de Catalunya de Barcelona? “Sí, sí…”, y comienza el relato vital de un chico que aprendió castellano porque en su región, cerca de Melilla, “había muchos, muchos españoles en la época de Franco”. Se crió correteando con ellos y con una tijera en las manos, aprendiendo el oficio que ya nunca abandonará.
En 1972, decidió venir a España, sin papeles. “Me dijeron que en Barcelona había trabajo, así que después de estar unos meses con mi hermano en Francia, crucé los Pirineos”. La vida de Mohamed en Barcelona en 1972 no era tan diferente de la vida de algún tocayo suyo hoy. “¿Tú sabes la plaza esta que hay aquí cerca donde a las 8 de la mañana se reúnen los inmigrantes para que pase alguien en una camioneta y los elija para ir a trabajar? Pues eso iba a hacer yo cada día a la Plaza Catalunya”. Ese recuerdo está enmarcado en su peluquería, 28 años después.
Sólo una vez en la vida tuvo que renunciar al peine y la navaja y fue antes de llegar a Madrid. “Estuve trabajando recolocando vías de tren en la línea de cercanías que iba de Barcelona a Tarragona. Cuando llovía, los raíles se deplazaban y había que colocarlos de nuevo, cavar canales para redirigir el agua, meter topes entre la ladera del monte y los rieles”. Mohamed nos sorprende detallando minuciosamente aquel trabajo temporal, rescatando de su memoria con mucho empeño el glosario de términos y tecnicismos, que acaban por desbordar su control sobre la gramática, las frases se retuercen… es imposible entenderle.
Esa desconexión entre interlocutores premoniza la despedida, la mirada se pierde oportunamente y encontramos otra isla de personalidad en el cubo de plástico donde trabaja Mohamed: una foto de cuando tenía 18 años. “¡Esa, esa me la hice en Barcelona!”. Guapo, guapísimo; Mohamed tenía la nariz, el mentón y las cejas empaquetadas en una simetría hecha para el cine. Y pelo no, pelazo. De ese que a uno le hace confiar en su peluquero.

Mohamed (1972) y Mohamed (2010)








Sencillamente genial
bravo….de un compañero que trabajo años sobre inmigracion…estas historias “humanas” y “personales” son lo mejorcito…buen trabajo
Preciosa historia, me ha emocionado mucho.
hola, yo soy el hijo del peluquero.
Quería darte las gracias por todo lo has hecho. Que te has interesado y esforzado por saber y transmitir a todos la historia y la vida de mi padre. y todo lo que has comentado es cierto y verdad. Mi padre tiene muchas historias que todavia las recuerda y al detalle. Así que otra vez te doy las gracias y espero que a los demás les guste.
Un saludo