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Sociedad

El crack, la droga de los pobres en Brasil

Un chico fuma crack en un barrio conocido popularmente como "Cracolandia" en el centro de Sao Paulo. (AP Photo / Andre Penner)

Un chico fuma crack en un barrio conocido popularmente como "Cracolandia" en el centro de Sao Paulo. (AP Photo / Andre Penner)

J. abandonó su casucha en una favela cuando tenía ocho años de edad, al darse cuenta de que el dinero que pedía en las calles lo gastaba su padre en alcohol y drogas. Eligió la vida callejera, como ya lo habían hecho sus dos hermanos mayores, de quienes hace mucho no tiene noticias. También lo empujaron los frecuentes golpes que recibía del padre. De la madre, costurera, no se queja de agresiones, pero sí de “indiferencia”. Uno de sus dos hermanos menores, de 6 años, sigue en la tarea de limosnear para el padre, quien enseñó a sus hijos las mejores maneras de abordar a posibles donantes. La decisión la tomó hace cuatro años. Hoy tiene 12. En pocas semanas J. se sumó a la legión de fumadores de “crack” que deambulan por las grandes ciudades brasileñas. En Río de Janeiro, entre 80 y 90 por ciento de la gente que vive en las calles es dependiente de esa mezcla de cocaína con bicarbonato de sodio o amoníaco, según estimaciones de profesionales que les prestan asistencia social o psicológica.

Este año la droga incautada por la policía carioca se ha multiplicado por seis en comparación con 2008. Una creciente mayoría de niños y adolescentes asistidos por los servicios municipales afirman ser consumidores de crack. Por eso la alcaldía de Río de Janeiro ha decidido crear centros de atención específica para las personas adictas a esa droga. El nombre “crack” es la onomatopeya inglesa del ruido que las pequeñas piedras de esta droga hacen al calentarse. Su expansión, visible en algunas calles y plazas donde se juntan los “fumadores de piedras”, afecta principalmente a los pobres, pero también ha llegado a sectores ricos de la población.

La gravedad de esta epidemia urbana ha tenido amplia cobertura en la prensa a través de la historia de Bruno Kligierman de Melo, un guitarrista de 26 años que asesinó el 24 de octubre a su amiga Bárbara Calazans, una estudiante de 18 años, impulsado por los efectos del crack que consume desde hace seis años.

La proliferación del crack representa un nuevo desafío para la acción antidrogas en Brasil, en un momento en que el mismo presidente Luiz Inácio Lula da Silva reconoce la ineficacia de las políticas nacionales de represión al narcotráfico. El fracaso de la “guerra a las drogas” fue diagnosticado en un informe presentado en febrero de este año por la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, creada en 2008 y encabezada por los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso (1985-2003), de Brasil, César Gaviria (1990-1994), de Colombia, y Ernesto Zedillo (1994-2000), de México.

Algunas de las recomendaciones que ha formulado la Comisión, compuesta por 17 personalidades latinoamericanas, han sido despenalizar la posesión de marihuana para consumo personal, tratar la drogadicción como un problema de salud pública y reorientar las estrategias represivas para priorizar el combate al crimen organizado. El crack hace más dramático el cuadro porque es una droga “muy atractiva” para el consumidor, por ser barata y de “acción rápida e intensa”, y para el traficante, porque es “un buen negocio”, si bien no de largo plazo,  el psiquiatra Carlos Salgado, presidente de Asociación Brasileña de Estudios del Alcohol y Otras Drogas.

J. aprendió a fumar crack con “un hombre de unos 40 años”. “Me sentí bonito y fuerte“, una sensación de placer que jamás había tenido en la vida. Muy distinta de la que le proporcionaron el aguardiente y el cigarrillo, sus primeras drogas, la marihuana, que no le gustó porque le daba hambre y sueño, y la cocaína en polvo, que “no me hizo nada”. Aquel hombre también lo introdujo en la actividad remunerada de “avión”, el pequeño repartidor de drogas. Sumando lo que consigue así y como mendigo, sus ingresos diarios rondan entre 50 y 70 reales (29 a 41dólares), todos destinados a la compra de crack, confiesa. Cada piedrita pequeña cuesta cinco reales (2,9 dólares), pero solo alcanza para dos fumaradas y pocos minutos de buenas sensaciones. Las mayores cuestan el doble.

Un grupo de jóvenes consumidores de crack se reúnen en una plaza en un barrio conocido popularmente como "Cracolandia" en el centro de Sao Paulo. (AP Photo / Andre Penner)

Un grupo de jóvenes consumidores de crack se reúnen en una plaza en un barrio conocido popularmente como "Cracolandia" en el centro de Sao Paulo. Sao Paulo. (AP Photo / Andre Penner)

La poca comida que J. necesita, porque la droga le quita el apetito, “se consigue más fácil pidiendo” igual que la ropa. Cerca de una docena de personas, “de cuatro a 60 años de edad” son sus “colegas” en las calles de un barrio cercano al centro de Río. La policía no los molesta. J. admite ser analfabeto a los 12 años y no tener sueños para el futuro. “Todo lo que necesito son las piedritas“, afirma. Tampoco le preocupan los daños que le cause el crack que, según Salgado, son terribles para el cerebro, el corazón, los intestinos y otros órganos, y acortan la vida del usuario.

El consumo masivo de crack es reciente en Río, muchos años después de su expansión en la sureña São Paulo, que convirtió partes de esa ciudad en “cracolandias”. La explicación corriente es que el mismo narcotráfico carioca, mientras tuvo poder suficiente, impidió la venta local de esa droga para evitar que sus efectos enloquecieran y desorganizaran a sus tropas. En Salvador, capital del nororiental estado de Bahia, el Proyecto Axé, que logró la reintegración social y escolar de miles de niños de la calle o en riesgo de marginación, reconoció la impotencia de su “Pedagogía del deseo” ante el fenómeno del crack.

La dependencia que genera esa droga es tan avasalladora y destructiva que la organización no gubernamental admitie la necesidad de internación para el tratamiento, una excepción en su metodología, que rechaza la imposición y se basa en persuadir, mediante las artes y la cultura local, para restaurar la esperanza y la voluntad de construir una vida mejor.

En Fortaleza, otra gran capital del Nordeste brasileño, una madre dejó a su hijo de un año de edad con la proveedora de crack como garantía de pago y desapareció por algunos meses, revela un documental realizado por la Central Única de Favelas de la ciudad, que exhibe la violencia y las conductas extremas a las que conduce la adicción al crack. En la sureña Porto Alegre ya se difunde la “merla”, otro subproducto de la cocaína llamado en otros lugares pasta base, con ácido sulfúrico y keroseno como componentes, que los conocedores apodan “muerte súbita” por su letalidad.

Las nuevas drogas no sustituyen a otras, sino que se suman en el mercado y en el consumo de cada adicto, agravando el drama social y personal, asegura Salgado, radicalmente contrario a la despenalización de la marihuana y a las medidas que faciliten el acceso a cualquier droga, legal o ilegal. La tendencia es avanzar hacia el consumo de drogas más pesadas. El joven que fuma cigarrillos tiene cuatro o cinco veces más posibilidades de adherirse a una droga ilícita que quien no es fumador, y algo similar ocurre con el alcohol, ejemplifica el psiquiatra.

1 comentario

  1. Carolina Leiwe

    Yo vivo en Sao Paulo y jamas he visto tantos niños y niñas por las calles de la ciudad, perdidos… sin madre, sin padre y sin ninguna preocupación real de los gobiernos.
    Niños y niñas que perdieron el aspecto de la niñez, de la salud, de la voluntad y de la posibilidad de igualdad que deveriamos proporcionar a todos ellos. No sé lo que hacer pero no deberia pasar a ningun niño o niña tanta infelicidad en un país donde viven personas buenas y cumplidoras de sus deberes…… perdona los errores gramaticales.

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