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Economía

Libros de amor y cartón

Una cooperativa editorial de Buenos Aires recicla las cajas compradas a cartoneros como tapas de los 150 títulos de su catálogo

Eloísa Cartonera demuestra que “se puede generar un microemprendimiento con recursos a mano, trabajo en grupo y autogestión”

Érase una vez un diseñador argentino que se enamoró de una  modelo boliviana y convenció a unos amigos para bautizar en su honor una editorial artesanal. Así nació Libros de Eloísa. Aunque el gesto no logró conquistar el corazón de la linda chica y “no dio bola” al artista plástico, el cuento no tuvo un final triste, pues el proyecto continuó adelante hasta transformarse con los años en una empresa social y ecológica con una plantilla de ocho socios trabajadores y un catálogo de más de 150 libros. Esta es la historia de Cooperativa Editorial Eloísa Cartonera.

Washington Cucurto, en el local de Eloísa Cartonera en el barrio de La Boca. (A.C.)

A principios de la década pasada, Fernanda Laguna, Javier Barilaro y Washington Cucurto se juntaron para editar sus textos en Buenos Aires. “Fue medio casual, queríamos difundir lo que escribíamos, no ganar plata”, recuerda Santiago Vega, aunque siempre firma sus obras como Washington Cucurto y todo el mundo conoce como Cucu. Arrancaron con fotocopias como páginas, cartones como tapas y la denominación propuesta por Javier Barilaro como sello editorial. Por entonces, Cucurto trabajaba en un supermercado y ya contaba con tres libros de poemas publicados: “Empecé tarde, a los 26 o 27, de casualidad, nomás, porque un compañero de laburo leía mucho y me aficioné”. Ahora, tiene 38 años, una hija que corretea junto a él y una veintena de títulos entre poesía y prosa, aparte de numerosos artículos como columnista cultural y deportivo de diversos medios de comunicación.

Una imprenta offset ocupa un rincón de la tienda y taller editorial (A.C,)

Enmarcada en la “efervescencia social” protagonizada por la ciudadanía argentina como consecuencia de la crisis económica y política de finales de 2001, al igual que otros proyectos surgidos de la pura necesidad tras el corralito, la iniciativa cultural convirtió en una ventaja el inconveniente del encarecimiento de su principal materia prima. Ante la masiva destrucción de empleo por la recesión del país y la dificultad de importar papel y cartón por la devaluación del peso argentino, miles de personas salieron a las calles para recolectar entre los residuos urbanos materiales susceptibles de su posterior venta para reciclaje. Y a los cartoneros recurrieron los tres amigos para disponer de material barato con el que elaborar las tapas de sus volúmenes, por lo que la editorial se convirtió a lo largo de 2003 en Eloísa Cartonera. “Pagamos un precio justo y así sumamos a los cartoneros como actores del proceso y trabajadores activos, lo que dignifica su actividad y genera un vínculo”, explica Alejandro Miranda, chileno de 32 años, mientras recorta cajas, dobla y encola los pedazos para, finalmente, pegar los cuadernillos con las páginas grapadas.

“Mucho más que libros”

Tras el primer establecimiento, una verdulería-librería en el porteño barrio de Almagro, Eloísa Cartonera se trasladó durante 2004 a la humilde zona de La Boca, donde alquila un local como taller y tienda a una cuadra del mítico estadio de fútbol Alberto J. Armando y popularmente conocido como La Bombonera. “Mucho más que libros” proclaman letras de vivos colores, pintadas a mano sobre los cristales del comercio en esquina, junto al sello identificativo de la Red La Boca Barracas Turismo Sostenible, alianza de un centenar de iniciativas económicas, sociales y culturales de los dos barrios sureños de la capital federal argentina. Y dentro del negocio, donde se extiende la abundancia de intensas tonalidades, un cartel pregona “el cartón es vida” junto a fotografías del guerrillero argentino Ernesto Che Guevara, el presidente boliviano, Evo Morales, y el periodista tucumano Tomás Eloy Martínez. No en vano, al igual que el fallecido columnista de La Nación, El País o The New York Times Syndicate, destacadas firmas autorizaron la publicación de antiguos relatos o cedieron los derechos de textos inéditos y, por ello, en las estanterías de Eloísa Cartonera conviven títulos de autores nóveles y alternativos con obras de escritores reputados y comerciales como Ricardo Piglia, César Aira y Rodolfo Fogwill.

Alejandro Miranda pega las páginas a las tapas de un ejemplar. (A.C.)

“Es una experiencia alternativa de autogestión muy interesante. Tiene que ver con estas nuevas redes que se están creando en la Argentina, y con el modo en que los escritores por sí mismos están encontrando formas de conectarse con estas nuevas situaciones sociales”, alabó Piglia en el diario Página12. Por su parte, Fogwill añadió: “Cedí dos obras y, como muchos, habría cedido más, de puro amor a Cucurto. Nunca cifré expectativas en el proyecto Eloísa, pero celebré su existencia como recordatorio de la condición lumpen y marginal de toda buena literatura”. Excelentes letras, por tanto, a precios populares: de 5 a 20 pesos (1 a 4 euros). Precisamente, una joven maestra entra, pregunta y sale con cuatro ejemplares por 20 pesos. Y tras atender a Giselle, Alejandro reanuda su trabajo junto a la pequeña y vieja imprenta offset. “Son baratos, así que tenemos que hacer muchos y, como todo es manual, demanda mucho tiempo”. Sin embargo, la producción artesanal no impide que el catálogo de Eloísa Cartonera, constituida como cooperativa durante 2007, se venda en múltiples librerías de Buenos Aires, se exponga en ferias del libro de todo el país e, incluso, viaje hasta el extranjero por los encargos procedentes de Estados Unidos, Alemania o Noruega.

Miriam Merlo (derecha) pinta los libros junto a un par de niños del barrio. (A.C.)

Y no sólo los libros viajaron, también se expandió la idea, pues tras la aparición de Eloísa en 2003 surgieron casi un centenar de editoriales cartoneras por toda Latinoamérica y parte de Europa. La experiencia demuestra que “se puede generar un microemprendimiento con recursos a mano, trabajo en grupo y autogestión”, subraya Washington Cucurto mientras ordena páginas y vigila los juegos de su niña. “Algunos tienen otros trabajos porque es un empleo precario, sin sueldo fijo, pero se sobrevive”, continúa Alejandro Miranda. “Trabajé de todo, lo último fue en una funeraria, me enteré del proyecto por la prensa, años después pude conocerlos, me hice amigo suyo y me invitaron a sumarme”. Un proceso similar al experimentado por Miriam Soledad Merlo, apodada La Osa y de 26 años, que un poco más allá pinta de colores las tapas de los libros con mucho mimo y con un poco de ayuda de dos niños del barrio.

De cartonera a editora

“Venía todos los días desde La Plata [60 kilómetros al sureste de Buenos Aires] con mi marido para cartonear por La Boca, pasaba siempre por delante de la editorial y a veces les vendía cajas, aunque no solía tener buenos cartones. Un día pedí permiso para pasar al baño, pero era mentira, sólo quería entrar para ver qué hacían acá”, admite, pícara, La Osa Merlo. A partir de ahí surgió la amistad entre la cartonera y los libreros, así que resultó natural que le ofrecieran un puesto como socia y trabajadora en 2007 ante la marcha de una compañera. “Yo no quería porque vivía lejos, no quería cumplir horarios y tenía dinero todos los días, pero después de cinco meses me dije ‘listo, esto del frío y la lluvia en la calle no es para mí, chau’. Decidí dejar mi carro, era un avance”, sentencia Miriam, que después también abandonó la ciudad platense al separarse de su esposo.

El color domina hasta el marco de la puerta del establecimiento literario. (A.C.)

Sin embargo, La Osa nunca perdió la relación con el cartón y los cartoneros, pues se mantenían como material y proveedores en su trabajo. Y algo más desde hace un año, cuando inició una relación con uno de los cartoneros que suministran cajas a la cooperativa editorial. De 48 años, Hugo Aguilar se dedica al reciclaje desde que, a finales de los 90, perdió su empleo en una empresa agroalimentaria. “Nos dejaron sin laburo y entonces nadie te contrataba con más de 30 años, antes era más jodido que ahora. Se gana bien, pero hay que saber y laburar mucho, anoche estuve hasta la 1 de la madrugada”, explica Hugo, que completa los ingresos para mantener a dos hijos adolescentes con una herrería en su casa de Barracas. De 200 a 300 cajas vende cada quince días en Eloísa Cartonera, pero ahora viene con su hija mayor para saludar a la gente y mostrar el libro artesanal elaborado por ella en una escuela de artes gráficas.

“Eloísa Cartonera cambió mi vida”, zanja, pincel en ristre, Miriam Merlo. “Antes no daba importancia al cartón, no lo valoraba, pero ahora pinto una tapa y me siento reorgullosa. Antes no leía nada y ahora voy a volver a estudiar. Nunca me imaginé que viajaría en avión y que conocería muchas provincias argentinas para participar en ferias de libros. Hasta mi papá me vio en la tele”. Y colorín, colorado, este cuento aún no ha acabado.

Una niña se asoma a la puerta del negocio solidario. (A.C.)

6 comentarios

  1. Chapellina

    Lo he dicho siempre y lo sostengo “con poco podemos hacer mucho”.

  2. Siempre unidos; el binomio Necesidad-Creatividad serán estos los motores de cambio.
    Profundizar en estos movimientos populares, buscando en nuestro país un símil, algo que nos anuncié otros principios. Nuevos conceptos del trabajo y de relación social lleva su tiempo y poco o nada aún apunta.
    Descubierto un blog Cartopiés Cartonero en Madrid, duele ver que desde enero no hacen entrada.
    Estos lugares como todo lo que emprendemos con la imaginación y la cooperación son de una riqueza insuperable.Cuanto desearía tan sólo una de sus portadas.
    Hacer libros o cuadernos es una gozada de trabajo. No sería tan difícil de emprender, poco se requiere, esfuerzo y constancia.
    Reciclar, siempre; y, dar a los niños la oportunidad de experimentar por si mismo un modelo nuevo de producción personal, son capaces de hacerse hasta bolsos.
    ¡Cúanta Necesidad se precisa para poner en marcha a un ejercito de Cartoneros Felices!

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