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Economía

Del París al Shangai de Oriente Próximo

La fiebre inmobiliaria alimentada por los petrodólares transforma la fisonomía tradicional de la capital libanesa en una mala copia de Occidente.

La arquitectura típica de Emiratos Arabes Unidos, Qatar y Arabia Saudí también está sucumbiendo a esa tendencia

ONG libanesas se movilizan para impedir la destrucción de los últimos 200 edificios típicos que quedan en pie

Ejemplo del triple arco tradicional de la arquitectura libanesa. Sólo quedan 200 viviendas con arcos originales en Beirut. (M.G.P.)

Para Pascale Ingeá, el patrimonio arquitectónico de Beirut forma parte de su vida. Su vivienda familiar, erigida por su abuelo en el barrio cristiano de Ashrafiyeh, siempre estuvo enmarcada por las casas bajas tradicionales con ventanas en forma de triple arco que caracterizaban el Beirut de hace 100 años. Ese pedazo de legado histórico asistía a sus desayunos, comidas y cenas desde la ventana, le acompañaba cada tarde cuando hacía los deberes y ponía escenario a cada reunión familiar. Hasta 2002, cuando el negocio de la reconstrucción condenó aquello que ni siquiera 15 años de bombas habían destruido.

“Tras la sala de estar se alzaba un palacio típico maravilloso, justo ahí”, dice la pintora libanesa señalando el desangelado aparcamiento hoy visible desde las ventanas de su balcón, presidido por una elevada torre de apartamentos en construcción. “Lo tiraron piedra por piedra. No creas que lo hicieron con máquinas, sino con mazos. Durante largos meses escuchaba los golpes que destrozaban ese trozo de nuestra cultura y sufría por ello”. Aquel episodio decidió a Pascale a formar un grupo Facebook y a implicarse en una lucha que cada vez reúne más adeptos en el Líbano gracias a iniciativas civiles como la suya, si bien se trata de una carrera contrarreloj en la que las inmobiliarias lo tienen todo por ganar. Porque del largo millar de edificios antiguos que deberían haber sido protegidos como patrimonio arquitectónico sólo quedan en pie 200, mientras en los barrios etiquetados por el Gobierno como tradicionales los carteles ofreciendo sumas millonarias a cambio de inmuebles históricos se multiplican.

Sector de Gemmaizeh

Quienes destruyen no tienen respeto ni por sí mismos ni por las próximas generaciones. Yo me niego a que mi ciudad carezca de identidad”, se defiende la joven profesora de Artes Plásticas. Como ella, otras ONG y grupos formados gracias a la citada red social como Save Beirut Heritage -con más de 6.000 miembros- o la Asociación para la Protección de Lugares y Residencias Antiguas (APLRA) han convocado el 25 de septiembre una marcha en Beirut para proteger el legado arquitectónico que hoy sucumbe bajo las excavadoras. “Tratamos de advertir sobre el peligro que supone la desaparición de nuestra tradición y sobre la responsabilidad que tienen los políticos”, explica Rabih Anka, arquitecto y responsable del APLRA. “Pero nos enfrentamos con los intereses de buena parte de la clase política [con empresas en el sector inmobiliario] y con el lobby de constructores. Como las cosas sigan así, Beirut será Hong Kong”.

El escenario es sombrío. A pocos metros de la vivienda de Pascale se alza la estructura de Sama Beirut (el Cielo de Beirut), una torre de 50 pisos que sustituye a los cuatro edificios art decó de cuatro plantas erigidos durante el mandato francés, demolidos hace poco. En Ashrafiyeh, desde hace unos años los bellos edificios tradicionales se transforman en solares a un ritmo trepidante. ”Aprovechan los fines de semana para tirarlos con el objetivo de minimizar el impacto de la noticia”, lamenta la responsable de la Fundación para la Herencia Nacional Rima Shehaddeh-, como ocurre en otros barrios antes característicos como Zouk al Blat, Basta, Qantari, Spears, Aïn al Mreisseh, Gemmaizeh. “En Wadi abu Jamil, en un fin de semana fueron demolidas 12 casas otomanas de 150 años de antigüedad”, recuerda Shehaddeh mientras pasa las páginas de un catálogo elaborado por ella misma con fotografías de bellos edificios antiguos a punto de ser demolidos. “No necesitamos otro Dubai en la región, queremos ser nosotros mismos”, continúa en su imponente residencia de Mussaitbeh, un edificio de casi 200 años. “Esto es una catástrofe porque implica la pérdida de nuestra cultura. Hasta ahora teníamos algo diferente que mostrar al mundo, pero nos estamos quedando sin historia”.

Pascale Ingeá, en su domicilio.

Beirut está pasando de ser el París de Oriente Próximo a el Shangai de Oriente Próximo. La relativa estabilidad política, la necesidad de reconstrucción tras las sucesivas guerras y la atracción que ejerce sobre los millonarios del Golfo ha llevado a la política del dinero fácil y a la consecuente catástrofe urbanística, donde los antiguos edificios son demolidos y sustituidos por rascacielos impersonales que los libaneses no se pueden permitir.

Para muchos, es el final del legado arquitectónico donde hasta ahora coexistían el estilo árabe, otomano y europeo. La ciudad que en los años 70 representaba la fuerza de la mezcla cultural y tradicional y el atrevimiento del modernismo en pleno mundo árabe ha transformado su rostro para convertirse en una vulgaridad, en una ciudad sin identidad como lo son Dubai, Doha, Qatar o Riad, donde los inmensos beneficios de los petrodólares han borrado las modestas raíces para convertirse en malas copias de Manhattan. “Se trata del colonialismo llevado al paroxismo”, explica a Periodismo Humano el arquitecto más reputado del país del Cedro, Bernard Khoury, desde su estudio beirutí, “lo que demuestra la incapacidad del árabe para escribir su propia Historia. No somos capaces de desarrollar nuestra propia identidad, sólo existimos como mal reflejo de Occidente”.

Khoury coincide en que Beirut no es un fenómeno aislado en la región, sino la continuación de una tendencia de arquitectura impersonal y occidentalizada aplicada a varios países del Golfo. Considerado el enfant terrible de la arquitectura libanesa desde que regresara al Beirut de la posguerra tras formarse en Estados Unidos y Europa, sus osadas creaciones, puro modernismo de conciliación -en la discoteca BO18, con forma de ataúd y situada en el antiguo campo de refugiados palestino de Qarantina, escenario de masacres, conviven guerra y paz; en el restaurante Central, un interior casi galáctico en un edificio tradicional, se mezcla presente y futuro- no han impedido que Khoury destaque como un defensor del legado patrimonial libanés sin histerias ni fetichismos. “La huella de la primera generación de arquitectos locales que diseñaron Beirut tras la independencia ha desaparecido”, denuncia. “Ahora son 20 extranjeros sin ningún asesoramiento local quienes diseñan el nuevo Beirut”.

Bernard Khoury, en su estudio.

A costa de suprimir las bellas edificaciones bajas con triple arco -el diseño más característico de la antigua arquitectura libanesa- y los edificios coloniales, postcoloniales y los modernistas que se erigieron tras la declaración de independencia y que demostraron el empeño de los arquitectos árabes de los años 60 en colaborar en la construcción del mundo. De los primeros, los datos del Ministerio de Cultura son escalofriantes: de 1051 residencias que había registradas en Beirut sólo quedan en pie 209. “En los últimos años quedaban 600 catalogadas como patrimonio histórico y por tanto protegidas, pero 400 fueron desclasificadas”, explica el arquitecto Alfred Sursock Cochrane, acostumbrado a sobornar a políticos de todo rango para proteger su patrimonio inmobiliario. Es uno de los herederos de una de las familias más influyentes del Líbano, propietaria del Palacio Sursock, que data de 1860. La actual propietaria, Lady Yvonne Cochrane, nonagenaria abuela de Alfred, destaca por sus denuncias sobre la destrucción del patrimonio arquitectónico beirutí.

Los edificios modernistas están corriendo la misma suerte. “Aunque no sea mi periodo favorito, es necesario combatir por la permanencia de esos edificios”, continúa Bernard Khoury, “aunque sólo sea por reconocer el valor de esa generación de arquitectos modernistas ciudadanos del mundo que se negaban a estar limitados a Oriente Próximo”. Toda la política urbanística tras los años 70 es algo catastrófico”, continúa Khoury. “Hemos asistido a la destrucción patrimonial y cultural de Beirut, se ha acabado con toda una época. Es un problema cultural muy grave: sólo existimos como fantasmas de Occidente, y por eso las nuevas creaciones son subproductos que recuerdan al estilo occidental”.

En Beirut uno de los principales responsables tiene, para todos los consultados, un nombre: Solidere, la empresa inmobiliaria creada pro Rafic Hariri -ex primer ministro asesinado en 2005- y responsable de la expropiación y demolición del centro histórico con la excusa de los daños sufridos durante la guerra civil y su sustitución por edificios inspirados en el estilo neoclásico del mandato francés. En el centro de la ciudad, sólo dos edificio se resisten a su voracidad: el antiguo cine modernista diseñado por Joseph Philippe Karam en 1965 y apodado el Huevo por su particular forma ovalada, y el edificio de Oriente, una antigua galería comercial muy afectada por la guerra civil que hoy se erige como monumento a la memoria frente al nuevo Zoco de Beirut. Por poco tiempo, puesto que se espera su renovación o demolición antes de tres años. Demasiada tensión y personalidad para el aséptico souk diseñado por Solidere en sustitución del tradicional mercado beirutí. “Cuando mis padres lo visitaron por primera vez se les escapaban las lágrimas”, explica Pascale Ingeá. “No tiene nada que ver con el original”.

Cartel de la marcha contra la demolición.

Antes era tan bello como el de Damasco, con un sector destinado al mimbre, otro al tejido, a las joyas, a las especias, a alimentación… Hoy es una copia de cualquier centro comercial de Emiratos. No tiene alma”, añade Rima Shehaddeh.

A los intereses de la clase política -la familia Hariri representa el mayor ejemplo de implicación en el sector inmobiliario- y la presión del multimillonario lobby constructor se suman otros motivos que hacen que la situación sea pesimista: la ausencia de reglas urbanísticas -más allá de las que deciden las empresas constructoras, como bien recuerda Khoury- y una legislación heredada del mandato francés sobre el Líbano -que finalizó en los años 40- que no protege el patrimonio arquitectónico.

Cada ministro de Cultura que llega al cargo promete poner soluciones, pero ninguna de ellas es definitiva. “Me temo que para promover una ley se necesita el consenso del Gobierno y eso nunca se logra”, se encoge de hombros Rabih Anka, uno de los promotores de la marcha del 25 de septiembre.

“Cuando comencé con la red social, me contactó el actual ministro, Salim Wahde. Yo le expliqué que no quería meterme en política, y me contestó que lo que estaba haciendo era puramente político”, recuerda Pascale Ingeá.

La última propuesta para cambiar la situación es resucitar un proyecto de ley que data de mediados de los 90 y que está destinado a proteger los edificios considerados monumentos históricos (ya sean construcciones de valor arquitectónico, cultural, estético o que hayan albergado acontecimientos importantes de la historia local), y que podría impedir a los propietarios venderlos a empresas constructoras. Pero no hay fecha de su ratificación por parte del Gobierno de coalición, ni mucho menos de un eventual voto en el Parlamento.

En este país no hay estado, sólo leyes extremadamente arcaicas y una total ausencia de credibilidad”, incide Khoury. “En unos años no quedará nada, porque los propios diputados luchan contra la ley que podría proteger nuestro patrimonio”, continúa Shehaddeh. “Por ignorancia estamos vendiendo nuestra alma al capital extranjero”, añade esta mujer de la alta sociedad dedicada desde hace 10 años a proteger el legado arquitectónico de Beirut. “Y no hay que olvidar que esto acaba con una forma de vida típica del Líbano”, puntualiza Alfred Sursock desde el otro extremo de la ciudad, “donde antes cada casa tenía un jardín y los niños jugaban al aire libre y ahora juegan de puertas para adentro”. La única esperanza es que la sociedad civil que representan Rabih Anka y Pascale Ingeá movilice suficiente población como para obligar a la clase política a reflexionar y a renunciar a sus propios intereses en pos del interés de la comunidad.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

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