Culturas

Un vals con la historia

Un, dos, tres. Un dos, tres. Un, dos, tres, Un, dos, tres. Son los pasos que baila un soldado del ejército de Israel sobre el asfalto del Beirut ocupado mientras dispara con una ametralladora MAG a francotiradores apostados en edificios donde cuelgan imágenes de Bashir Gemayel, mandatario libanés asesinado en 14 de septiembre de 1982 durante la Guerra del Líbano. Esta escena da nombre a la última película de Ari Folman, Vals con Bashir (2008).

El director israelí cuenta la Guerra del Líbano en Vals con Bashir, que destaca por el uso de la animación en el género documental y cuyas ilustraciones beben del cómic y de clásicos del cine como Apocalypse Now. Los rasgos estéticos de la cinta se completan con una banda sonora que reúne canciones como “Enola Gay”, “Good moorning Lebanon” o “I bombed Lebanon”, una versión de “I bombed Korea” hecha para la película.

Pero no es solo la animación ni la música lo que le ha dado el Globo de Oro a la mejor película en lengua no inglesa, el César a la mejor película extranjera o la nominación en los Óscar y en el BAFTA. La clave está en el tratamiento del hecho histórico en sí, la primera guerra del Líbano en la que el ejército de Israel invade el sur del país con el fin de expulsar a la Organización para la Liberación Palestina (OLP).

Vals con Bashir es un viaje al pasado través de la memoria del propio director, quien a los 19 años formó parte del ejército de Israel durante el conflicto del Líbano, pero del que 24 años después, no recuerda nada. Son las pesadillas de Miki Leon, un veterano de la guerra, las que provocan que la memoria de Folman reaccione y recuerde un inquietante instante de la noche de la masacre de Sabra y Chatila.

Ari Folman va dando pequeños pasos en la construcción de su memoria a través de diversos encuentros que mantiene con psicólogos, el reportero de la televisión israelí Ron Ben Yishai y antiguos compañeros del ejército cuyos testimonios van dejando en un segundo plano la historia del soldado sin memoria para convertir el genocidio de Sabra y Chatila, al oeste de Beirut, en el verdadero protagonista. En aquella operación murieron unos 3.500 civiles palestinos (no hay consenso en las cifra exacta) a mano de las milicias cristiano-falangistas libanesas que contaron con el apoyo logístico del aliado ejército israelí, que tenía sitiados ambos campamentos.

La presión internacional y de la opinión pública hace que el primer ministro israelí Menahem Begin cree una comisión para investigar el papel del ejército de Israel en dichas masacres, que posteriormente fueron calificadas por la Asamblea General de Naciones Unidas a través de la resolución 37/123 como genocidio, a pesar de que a día de hoy no se ha juzgado a ninguno de los responsables. La Comisión Kahan por un lado atribuye exclusivamente la matanza de refugiados palestinos a las milicias cristiano-falangistas dirigidos por Elie Hobeika, y por otro, hace a Israel responsable indirectamente de lo que sucedió, instando a la destitución, de entre otros cargos, a Ariel Sharon, Ministro de Defensa durante ese periodo y posteriormente (2001-2006) primer ministro de Israel.

Vals con Bashir dibuja ese consentimiento israelí en una breve escena:

El teléfono de la residencia de Ariel Sharon, Ministro de Defensa, suena a las cuatro de la mañana del 16 de septiembre: “Parece que los falangistas están cometiendo una supuesta masacre en los campamentos de Beirut de Sabra y Chatila”, dice preocupado el periodista Ron Ben-Yishai, que fue el primero en cubrir la masacre y que recibe como respuesta de Sharon “Vale. Gracias por llamar”.