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Culturas

Resistir para contarlo

Hubo un momento en el tiempo en que Camboya sólo vio morir y apenas nació alguien.

Quizá olvidaron anotar el número de nacimientos entre 1975 y 1979 pero la cifra de muertes en aquellos cuatro años de poder de los Jemeres Rojos sí quedó escrita. Casi dos millones de personas perdieron la vida.

En 1975, cuando el vecino Vietnam todavía se recuperaba de las secuelas de la guerra, Pol Pot llegó aupado por los Jemeres Rojos para liberar Phnom Penh de un gobierno colaboracionista con los Estados Unidos. Su proyecto de conducir a los habitantes de las ciudades a los bosques y obligarles a cultivar la tierra buscaba la regeneración del hombre, pero el hombre se había negado a nacer.

Largas jornadas de trabajos forzados, míseras raciones de arroz como único alimento, castigos y represión diezmaron a la población y provocaron la pérdida de la menstruación en cerca del 85% de las mujeres. La generación de nacidos durante el régimen de Pol Pot es insignificante en número, como lo es también la de supervivientes en las cárceles y los campos de trabajo. El testimonio de los que lograron sobrevivir nunca ha sido tan fundamental como en el caso del genocidio de Camboya.

Portada de El infierno de los jemeres rojos, por Denisse Affonço

Denise Affonço, secretaria de la embajada de Francia en Phnom Penh en 1975, redactó poco después de la derrota de Pol Pot la memoria de más de tres años de castigos en los campos de cultivo. Durante aquel periodo perdió a su hija menor y a su marido. Su testimonio, que publica ahora Libros del Asteroide como “El infierno de los Jemeres Rojos”, ha venido a suplir una gran carencia. “Hasta 2007 –fecha de la puesta en marcha de un tribunal ad hoc organizado por la ONU– los jóvenes camboyanos ignoraban todavía este oscuro periodo de la historia de su país”, reconoce la autora en una entrevista por correo electrónico. “Cuando los padres les contaban el infierno de los Jemeres Rojos, no se lo creían del todo. Ni siquiera sabían quiénes eran Pol Pot, Ieng Sary (director de S-21, el centro penitenciario en el que se torturaba y ejecutaba a los presuntos disidentes) o Khieu Zampan (jefe de Estado durante el régimen)”.

No sólo Camboya tiene una deuda con su pasado, la comunidad internacional ha tratado con desidia a este país del sudeste asiático durante largo tiempo. El juicio que abrió la ONU en 2007 contra importantes figuras del régimen compensa años de negación del genocidio de los Jemeres Rojos. No obstante, no es la primera causa que recae sobre los autores de aquellos crímenes. Los cuadernos que redactó Affonço poco antes de abandonar Camboya rumbo a Francia fueron presentados como prueba en el prematuro juicio a que fue sometido Pol Pot luego de su derrota. “El juicio de agosto de 1979, organizado por el gobierno camboyano provietnamita, en el curso del cual Pol Pot y Ieng Sary fueron condenados a muerte en rebeldía, tuvo el mérito de existir pese a que la sentencia nunca fue aplicada y reconocida por el mundo. Estaba muy decepcionada, pero ¿qué podemos hacer frente a la voluntad política de grandes potencias como China y los Estados Unidos?”

Fue el primer gesto del rechazo internacional. “Han hecho falta 30 años para que el mundo se decida a esclarecer esta tragedia. Hasta 1990, los Jemeres Rojos tenían asiento en la ONU y representación diplomática en París”, se sorprende.

A su llegada a Francia, Affonço retrasó la publicación de sus memorias ante el abandono de la clase política y el desconocimiento de la opinión pública. “Cuando llegué me sorprendió y decepcionó constatar que la mayoría de los europeos no estaba al corriente de esta parte oscura de la historia de Camboya. Tengo la sospecha de que existe una voluntad política por parte de ciertos países europeos (como Francia, por ejemplo), que en su día avalaron a los Jemeres Rojos, de no entretenerse con esta cuestión, ya que se dieron cuenta demasiado tarde de su error”.

Phou Teang Seng, el marido de Denise Affonço, fue arrestado por los jemeres rojos en julio de 1975 y nunca fue encontrado.

Los Jemeres Rojos tampoco abandonaron sus posiciones en territorio camboyano tras la derrota y aún hoy siguen atrincherados en algunas zonas del país, aunque menos visibles tras la muerte de Pol Pot en 1998. La muerte le dejó marchar impune y son hoy algunos de sus subordinados los que cumplen condena. Ieng Shary, más conocido como Duch, ha sido el último en ser enjuiciado. “Seguí el día a día del juicio contra Duch, el carnicero del S21, y lloré mucho al leer los testimonios, los detalles de las torturas… Pude visitar el S21 con las autoridades vietnamitas en agosto de 1979. Todavía hoy me pone enferma lo que vi… Fue escandaloso que en 1980 los periodistas de izquierdas europeos pudiesen acusar a los vietnamitas de utilizar las imágenes del S21 para hacer autopropaganda, es repugnante y falso… Los vietnamitas no hicieron más que mostrar al mundo ciego el verdadero rostro de un régimen monstruoso”.

Precisamente Affonço defiende la lectura de sus memorias por la necesidad de combatir las tesis negacionistas de los intelectuales de izquierdas, pero invoca aún con mayor energía la importancia de cultivar la memoria. “Para que la historia no caiga en el olvido, porque el hombre no tiene memoria. La memoria forma parte de la historia de un país, y un país sin memoria y sin justicia no puede reconstruirse serenamente, ni reconciliarse”.

Pero apenas hay opción para la reconciliación en una población que acabó asumiendo los crímenes que el régimen había delegado en ella. No hay redención para quienes ejercieron la tortura coaccionados por el ubicuo Partido (el Angkar) en cárceles como S21, ni para las víctimas de aquellos interrogatorios que acabaron denunciando a personas de su entorno de delitos que no cometieron. Tampoco para los que lograron sobrevivir entre castigos e inanición y asistieron a la muerte de sus familiares. “Todas las personas arrestadas eran

Denise Affonço con su hijo Jean-Jacques

sospechosas de crímenes imaginarios. Todos los ciudadanos e intelectuales eran el enemigo a eliminar. Bajo tortura, las personas denunciaban a seres cercanos y a conocidos como enemigos de la revolución, pero no por ello quedó a salvo su vida… Por mi parte, me siento culpable de haber sobrevivido a los míos… y a menudo me pregunto “¿Por qué sobreviví yo y no los otros miembros de mi familia?”.

La reconciliación con su país parece quedar aún lejos. “Me resulta imposible volver a poner los pies en Camboya, sigo sin poder olvidar el infierno vivido durante esos tres años, ocho meses y veinte días. Puede que la Camboya de hoy haya curado sus heridas y se desarrolle a gran velocidad, pero la riqueza está mal repartida: una mayoría de la población, sobre todo en el campo, vive aún por debajo del umbral de pobreza, sólo una capa de la población saca provecho del progreso, y siguen existiendo muchos abusos e injusticias.”

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Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

1 comentario

  1. Creedme si os digo, que primero leo el articulo; luego dejo que viva en mi. Que reposen las historias.
    Que “Los gritos del silencio”, sigan dejandonos sumergidos en la perplejidad de tanto horror.
    Y aun asi, sigo creyendo, por ellos. Por los miles de mutilados, jovenes, niños, que con suerte hemos podido escuchar de primer plano y ¡Ellos soñaban entre esperanzas!.
    Seguir creyendo, creando esperanza, es algo de lo que podemos aprender de estas gentes, de los pueblos masacrados.

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