Culturas

“Nos da miedo contradecir nuestra propia ideología”

Entrevista con José Morella, autor de "Asuntos propios", una novela que habla sobre vejez e inmigración

Hace cinco años ya que publicó su primer libro, La fatiga del vampiro donde ponía a los personajes ante el espejo para cuestinarlos. Una historia de relaciones complejas, de uno contra uno en sociedad. El año pasado, el escritor José Morella vió publicada su segunda novela, Asuntos propios en la editorial Anagrama tras ser finalista del Premio Herralde.

Asuntos propios también cuenta la historia de una relación compleja. O varias. José Morella nos cuenta el argumento:

Roberto tiene 71 años y vive solo. Durante la semana su vecina va a limpiarle la casa, hasta que se pone enferma y no puede seguir limpiando. Isabel, hija de Roberto, insiste en llamar a una agencia para contratar a otra persona. La agencia envía a Jacinta, que es una mujer africana de 50 años. Surge el amor entre ellos. Pero la hija, al descubrirlo decide llevárselo a su casa e impedirle salir. La novela es la historia de ese secuestro de tres días.

El autor también nos ha hablado de las razones que le llevan a contar esta historia. Las contradicciones de la solidaridad, vejez, inmigración y cómo se cimentan y construyen las relaciones personales, familiares. Miedos y prejuicios no destapados de una hija que decide privar de libertad a su padre. Asuntos propios presenta el día a día en cualquier ciudad europea, en la que la desconfianza y la falta de comunicación, parecen apoderarse de las relaciones con el otro.

¿Asuntos propios es una historia de amor entre Roberto y Jacinta, de cómo puede llegar a surgir el amor entre un anciano y una señora africana?

La novela más que una historia de amor entre Roberto y Jacinta cuenta la historia entre padre e hija, el abuso de poder en las relaciones personales en las que normalmente subyace una relación desigual.  En la novela nos planteamos qué pasa con el envejecimiento, qué hacemos los adultos cuando nuestros padres envejecen.  Es una reflexión sobre lo que significa envejecer, ya que a veces parece que hacerte mayor significa que tus hijos te digan que ya estás viejo o que te juzguen como tal.

La hija de Roberto destila un montón de prejuicios e imagina que Jacinta quiere robarle el piso y el dinero a su padre, de quien piensa que se ha enamorado porque ‘chochea’; por esta razón le quita la libertad.

Pero la duda en la relación no la plantea la edad, sino que Jacinta sea africana.

La historia de amor es bastante verosímil, ya que Jacinta tiene 50 años, prácticamente la misma edad que la hija de Roberto, es un hombre muy interesante, que se mantiene muy activo mentalmente.  Hay lectores que sí que han llegado a dudar con las intenciones de Jacinta y muchas mujeres lectoras, de la edad de Isabel, se han puesto en su papel. Es interesante que la novela tenga más sentido de los que yo había calculado cuando la escribí.

No planeabas que los lectores dudaran de Jacinta. ¿Nunca terminas de conocer a los personajes que creas?

Muchas de las cosas que los autores escribimos tienen que ver con nuestro subconsciente, después los lectores van sacando cosas que están en el texto pero que tú, como autor, ni tan siquiera eres sabes que existen.

¿Hay que dudar de las novelas en las que los buenos son buenísimos y los malos, malísismos?

Hay que dudar de los totalmente buenos y malos, no solo en las novelas, que no son más que cuentos e historias sobre la vida. Me gusta pensar que en la vida no hay gente ni buena ni mala, son las acciones las buenas o malas, que es lo que hay que juzgar.

Los inmigrantes y los ancianos son uno de los grupos que, en España, más sufren la exclusión social. ¿Cómo se te ocurre unirlos y crear una historia, como decías, verosímil?

Quería hablar de la discriminación intentando llegar un poco más allá en el discurso sobre la inmigración, hay un montó de vacíos, de cosas no dichas. Hay un discurso oficial progresista con el que estoy de acuerdo en muchos temas, pero también hay un discurso que va más allá que el de los partidos políticos. A los inmigrantes, desde todas las fuerzas políticas se les usa. Pero también desde el otro lado, la gente más sensibilizada quiere proteger al inmigrante, que a su vez, no quiere ni que le protejas ni que le controles, quiere tener libertad de movimiento, vivir bien y estar en paz, tranquilos. Lo que todos queremos.

Pero a veces, mucha gente pretende lavar su conciencia y le interesa más su propio ego y posición de protector que el verdadero bienestar de todas las personas por igual, incluídos los inmigrantes. Estamos bastante lejos de la verdadera libertad. Ahora escuchamos hablar del tema de los gitanos en Francia cuando en España siempre ha parecido que se evitaba tocar el tema.

Pero no estás hablando solo de partidos políticos, ¿metes en el mismo saco a las ONG?

También me refiero a muchas ONG, pero no las meto a todas, ni de la misma manera, en el saco. No me gustaría que fuera como un trazo grueso del tipo “todas las ong…”, pero sí que en muchas ocasiones se hace más importante la propia supervivencia de la ONG. Además, los europeos queremos tener el papel de protectores en el mundo, porque en Europa hay este gran deseo de salvar al mundo, que está muy bien, pero siempre que se haga de una forma más gratuita, sin un deseo egocéntrico.

Gran parte del dinero que las ONG obtienen de la gente se consigue por dos motivos: por un sentimiento colectivo de culpa porque Europa está metida en cosas bastante feas en varios países del tercer mundo; pero también por el deseo de ser “el bueno”. Las dos cosas tienen mucho más que ver con nosotros mismos, con nuestros conflictos interiores que con lo que les pasa a los inmigrantes o a los gitanos…

En esa especie de salto entre nuestras motivaciones por ayudar y la ayuda necesaria, se pierde mucha energía real para hacer cosas reales. Hace falta un análisis del inconsciente colectivo, porque al final, los inmigrantes son utilizados por las izquierdas para ganar votos y por las derechas en un sentido para mí, más obvio y que me gusta mucho menos, pero por eso mismo critíco el uso de la inmigración por parte de la izquierda, porque es menos visible.

Hay unas leyes invisibles que funcionan y de las que nadie habla, como el hecho de que un señor mayor se enamore de una señora africana y por ser negra, ya hay que desconfiar de ella. Es una ley no dicha que funciona en la novela y en la vida real, porque muchas veces, estas leyes no dichas, son más fuertes. Jacinta no puede ir a denunciar lo que pasa. De estas leyes invisibles habla Zizek, un filósofo esloveno, y yo he querido usarlo en la novela.

¿Crees que en España tenemos aún una mentalidad, como algunas políticas sociales, subdesarrolladas?

Hay gente que me dice que España no es como la retrato en el libro, pero yo no quiero retratar España sino a Europa. Es necesario retratar las historias, contarlas escribiendo, haciendo documentales, etc, para  romper los prejuicios e intentar llegar más lejos de nuestro propio discurso o ideología política. En España nos da mucho miedo a contradecir nuestra propia ideología, lo que hace que seamos poco libres a causa de las etiquetas que nos hemos impuesto.

Escucho muchos discursos sobre los inmigrantes, pero a ellos los escucho bien poco porque casi siempre tienen una capa proyectora de una ong, asociación… Yo quiero escuchar a Jacinta, pero me la tengo que inventar para que hable ella.

En la novela, ¿Jacinta reclama su derecho a estar con el hombre al que quiere?¿Cómo es ella?

Jacinta es una mujer valiente y muy dura. Tiene una coraza porque lleva mucho tiempo en Europa y de forma inconsciente sabe muchas de las cosas que los europeos piensan de los africanos. Está acostumbrada, por su trabajo, a que el primer día que llega a limpiar a una casa, la gente desconfie de ella por ser africana y negra. Es muy sensible y endurecida al mismo tiempo, sería genial que existiera alguna Jacinta. El personaje de Jacinta es el personaje que Europa hace de ella.