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Culturas

“Nadie nace insensible a la desgracia humana, nos vamos volviendo por el camino”

A medida que avanza la conversación, el autor, director y actor Miguel del Arco va desmontando las etiquetas que le han ido colocando en los últimos meses: el dramaturgo de moda, el artista comprometido, el autor indignado…

En su discurso va dando saltos entre el teatro, la política, las ONG, las emociones, el periodismo, la vida.

Pero siempre le sobrevuela la misma idea: no renunciar a la utopía.

Miguel del Arco (A.S.)

 

Periodismo Humano: Sus últimas obras cada vez más tratan temas políticos y sociales. ¿Cómo se siente con la presentación de “autor-protesta”?

Miguel del Arco. No me contemplo como tal. Creo que el hombre  es un animal político y la política tiene que estar en nuestras vidas. A mí lo que me preocupa es que la gente se apoltrone y los que sí se dedican a la política puedan hacer y deshacer a su antojo. Yo creo que el teatro debe ser un reflejo de la vida, entonces las cosas que te van preocupando son las que al final vas contando.

No me preocupan las etiquetas. Tu trabajo también es el reflejo de ti mismo, de lo que te preocupa, de lo que te conmueve, de lo que te emociona…  Si no te emociona un texto, no sientes la necesidad de contarlo, ¿para qué lo haces?

El pasado mes Miguel del Arco dirigió el vídeo, “No entran” para una campaña de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR)

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P. Antes del vídeo No entran, habías colaborado también con CEAR con la puesta en marcha del espectáculo Proyecto Youkali. Ambos hablan sobre la inmigración irregular, ¿de dónde nace tu interés por este tema?

M.A. Sí, concretamente sobre los refugiados. Hay una diferencia enorme entre los dos, el inmigrante,  aunque sea forzado por la situación económica,  elige ir a vivir a otro país. Al refugiado no le queda otro remedio, y  casi siempre no puede volver.

El acercamiento fue por casualidad, conocía a Estrella Galán, Coordinadora general de CEAR y conocía su trabajo pero de una forma tangencial. Fue cuando me pidió un espectáculo para el Día Mundial del Refugiado [Proyecto Youkali],  cuando empiezo a informarme y eso es un antes y un después…

A veces se nos olvida el mundo en que vivimos, estamos en pequeños micro-mundos, pierdes la perspectiva y te vuelves insensible  a lo que te rodea. Esa insensibilidad es la que hay que partir. Nadie nace insensible a la desgracia humana, nos vamos volviendo insensibles por el camino.  Steinbeck decía en De ratones y hombres que escribía para que los hombres se entendieran unos a otros, y yo creo que esa necesidad de empatizar es lo que nos convierte en humanos.

La conmoción que yo traté de reflejar con los refugiados en Proyecto Youkali tiene que ver con ponerle cara a las personas. Cuando te dicen números tremendos en el telediario al final se convierten en nada. La desgracia tiene una dimensión tal, que al final lo metes en un sitio donde no es molesto. Durante la investigación, yo lo que necesitaba era ponerle cara, así que empecé a ir por CEAR, y hablar con gente que era refugiada y te contaban su historia, casi siempre con una sonrisa curiosamente.  Ahí es dond  tomé contacto.

Esta colaboración vino por algo casual y se ha convertido en casi “oficial”. Me gusta mucho, a veces uno se pregunta ¿para qué hago teatro? ¿qué aportó yo? A veces uno encuentra respuestas y otras veces no. He tenido la necesidad de preguntarme qué haces tú desde tu pequeño territorio para que el mundo sea un mundo mejor.

¿Cómo crees que debe ser la relación entre ONG y artistas para que se produzca un resultado satisfactorio?

M. A. En primer lugar, creo que las ONG se deben reinventar. Porque las ONG, organizaciones no gubernamentales, en su gran mayoría dependen del gobierno.  Y esto hace que esas ONG no sean  libres al 100% para la defensa de lo que es el origen de su nacimiento. De hecho, el vídeo para CEAR también es una forma de captar socios…

En este caso, yo tengo libertad. Tengo mis más y mis menos con la coordinadora, pero desde la amistad. De lo que se trata es de contar una historia, crear un cierto impacto para tratar de usar el efecto viral por Internet. Hacer algo incluso con sentido del humor, pero que intente reflejar la realidad.  A partir de ahí se va armando.

Escribí el guión, y luego lo cotejé con ellos: “¿Esto lo puedo decir, esto no?”.

“Al periodismo muchas veces se le olvida esa necesidad de empatizar con el público”

P. ¿Le pueden sobrar a las ONG algo de lenguaje institucional, y faltar frases coloquiales como “Si es que venías todo loco, te has tragado el Frontex” [del vídeo “No entran”] para hacer llegar sus mensajes a la gente?

M. A. Creo que faltan mensajes que movilicen, pero forma parte de esa perversión de que las ONG dependen casi siempre del Gobierno, y se han preocupado poco de trascender a la opinión pública. Muchas ni siquiera han contemplado la posibilidad de tener socios. Es complicado, porque hace falta comunicar, dar a conocer tu organización. Falta vocación de vender el “producto” y cuanto más seamos en las ONG, más poderosas serán y tendrán más capacidad para producir cambios sociales.

A mí me parece que la salvaguarda de cualquier Gobierno es que pueda tener cuidadanos alrededor articulados para poder decir: “esto así no, esto así no se hace…”.

P. Muchos opinan que la ficción retrata mejor la realidad que el periodismo. ¿Es posible que viendo la obra Veraneantes o El Inspector se pueda entender mejor la corrupción del país que leyendo 100 días el periódico?

M. A. Sin duda, pero para eso está la ficción. Por eso está en nuestro ADN contar historias. Por más que sepamos que hay corruptos, monto El Inspector, que es una farsa del siglo XIX, habiéndola “tocado” un poco, y se produce un fenómeno durante dos horas que es una risa catártica en el público.  Es el reconocimiento de una realidad que se está viviendo.

Esto tiene que ver con los personajes, con la comprensión de las emociones que nos hace humanos…

Yo leo el periódico a diario, y trato de estar informado en la medida de mis posibilidades. Pero pasamos del amarillismo a algo brutalmente aséptico e incomprensible como, por ejemplo, la macroeconomía. La repiten y la repiten, pero nadie sabe lo qué realmente sucede y por qué estamos en esta situación. En cambio, la ficción te pone un pie a tierra. Los contadores de historias tenemos vocación de comunicar y de empatizar, y al periodismo muchas veces se le olvida esa necesidad de empatizar con el público: doy la noticia, pero me olvido de a quién se la estoy contando. Esa falsa asepsia en aras de una neutralidad que es imposible hace perder la base de comunicador,  siempre es necesario contar una historia, y eso no lo hemos olvidado en el teatro.

P. Y por desgracia, al hablar de corrupción también muchas veces la realidad supera la ficción.

M. A. El Inspector es una farsa trágica que se pasa mil pueblos. Muchas veces la gente dice “aquí te has pasado”, “se te ha ido la olla”. Y yo les respondía que no, que el verdadero delirio está fuera [del teatro]. Aquí sólo está la acumulación,  y durante dos horas asistes a eso.

Si te pones a imaginar lo que ha pasado con la burbuja inmobiliaria, con aeropuertos sin estrenar pero que se gastan miles de euros en tener un halcón para que cace pájaros y no choquen con aviones que no van a despegar nunca. Lo de Marbella, ese banquillo del caso Malaya, Camps, el caso de los ERES en Andalucía..  [Del Arco resopla entre enfadado y alucinado de los casos que él mismo enumera]

Me he quedado cortísimo.  ¿El delirio es de una función del siglo XIX? No, el delirio está fuera. Si escribo un personaje de un concejal que se gasta en cocaína el dinero de los parados con su chófer nadie se lo creería. Siempre te quedas corto, siempre habrá un caso en la realidad que te supere.

P. En su última obra aparecen al final eslóganes del 15-M ¿Qué le indigna a Miguel del Arco?

M. A.Me indigna brutalmente la clase política, que es vergonzosa. Ya no se ocupa ni siquiera en disimular. Son puros sinvergüenzas en el puro sentido de la palabra, no les da ningún pudor. Para eso las hemerotecas son salvajes… Cuando a la gente normal nos cuesta tanto que nos salgan las cosas, y que salga Carlos Dívar diciendo que “no sé de que se extraña la gente, que tampoco ha sido tanto”.

Esa pérdida de sentido de la realidad, de pudor, de no saber donde están. Eso me produce pavor, y me produce cierta laxitud, porque no sé cómo se lucha contra eso y porque no veo viso de cambio. En un momento en el que toca reinventarse, y cada vez hay más gente que lo pasa peor que nunca, con mucha gente marchándose, y se impone una cantidad de sacrificios brutal, ellos no han hecho amago de una reflexión, de la necesidad de cambio.

 

Y  durante los siguientes diez minutos habla sobre la necesidad de las utopías para transformar la realidad. Entre otros, cita su propia presentación de la obra Veraneantes, que decía así:

“Qué nos convierte en una sociedad moderna más allá del paso del tiempo y de los adelantos técnicos? ¿En qué hemos progresado? ¿Hemos solventado la injusticia, la miseria, la desigualdad, la guerra, el temor, la intolerancia?  Ya ni siquiera creemos que una revolución sea posible, por mucho que algunos países árabes intenten convencernos de lo contrario luchando contra los sátrapas que nuestras progresistas y modernísimas sociedades occidentales contribuyeron  a crear buscando su propio beneficio. El dinero manda y lo aceptamos como un axioma más. Es el sistema que nos rige y no tiene alternativa.  ¿No la tiene? ¿En serio debemos aceptar como inevitable un sistema que ahonda de una forma cada vez más salvaje y descarada en primar el beneficio económico frente a la dignidad del ser humano?”

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2 comentarios

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