Culturas

‘Los Segregados’ se hacen oir fuera de los barrotes

Un grupo de reclusos, Segregados, salta los muros de la prisión de la Ciudad de México a ritmo de ska y reggae

Todo es playa es el primer disco grabado íntegramente en una prisión mexicana

Los bongos de Paco rompen el silencio y Toño hace vibrar la batería. Suena la guitarra del Güicho y el bajo de Fabi, el Teclas hace palpitar los teclados, y al unísono entran Corona con su trombón, Tlapala con su trompeta y el Norteño con el saxo. El público se estremece a ritmo de ska y aparecen en el escenario los cantantes Tony y Jona, éste último guitarra en mano. No se paga entrada, pero no puede venir quien quiera. Solo los que están adentro, y algunos invitados de afuera. Estamos en el Reclusorio Oriente de la Ciudad de México. Sí, se trata del presentación del primer disco de Segregados, Todo es playa, el primer compacto gravado enteramente en una prisión mexicana.

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Tlapala, en su solo de violín, y el Teclas al teclado, junto al resto de Segregados son el hit del Reclusorio Oriente. (Ignacio Galar)

Diez canciones donde explican el hacinamiento de esta prisión -que con 12.000 reclusos, está cuatro veces por encima de su capacidad-, los controles, los castigos, el fácil acceso a las drogas, la corrupción, las extorsiones a los guardias, la faina –las obligaciones internas como lavar los baños-, la relación entre los presos, los roles de poder… Pero también sus anhelos, sus amores -la dificultad para seguir la relación con la familia o la pareja entre rejas- y sus sueños. Uno de ellos ahora “hecho realidad”, sobretodo para Jona, voz, guitarra y líder del grupo.El título, Todo es playa porque estar en la playa cuando estás encerrado “es una condición mental”,  y además como dice una de sus canciones en la cárcel también “hay palmeras, tiburones y una bola de cabrones”. Sin embargo, con la música se escapan de ellos.

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Los muros de la cárcel son una barrera segregatoria entre la sociedad y aquellos que le causan problemas. Pero para los reclusos, esas paredes marcan las dos dimensiones de su vida, afuera y adentro. La única manera de saltarlos y recuperar aquello que les hace sentirse vivos para estos 10 internos ha sido la música. Con ella desafían las incertidumbres de un futuro entre rejas.  “Tocar es nuestra fuga cotidiana de este lugar”, asegura Jona. Esta huida empezó en 2008. Jona ya tocaba la guitarra antes de llegar a la cárcel, incluso había estudiado en la Escuela Nacional de Música. Después de unos meses de estar recluido sentía una necesidad imperiosa de seguir con la música. “Quería encontrar una manera de libertad, de expresarme, tocar, simplemente tocar”, explica. Con esa misma idea reunió a otros tres compañeros, Toño, Tony y Jojó, quien ya no está en el grupo porque fue trasladado a otro penal. Y con sus ilusiones desafiaron la hostilidad de la prisión. A Antonio Álvarez, Tony, le brillan los ojos cuando recuerda los inicios. Antes de entrar al reclusorio, este chef solo cantaba “en la ducha y en las borracheras”, confiesa. Sin embargo, allí dentro necesitaba algo que hacer y Jona lo convenció. “Quería crear un grupo de ska pero no teníamos nada, ni un solo instrumento. Entonces nos empezamos a coordinar para vernos. Ése era el primer problema, salir de tu dormitorio, liberarte de las listas de presentación, dominar que ya no te estén buscando y poder pasar el tiempo en el auditorio para poder ensayar y ensayar.  Nos empezamos a ver frecuentemente y a inventar cosas. Al principio era acústico, casi con las palmas, luego conseguimos una guitarra, un ampli, unos micro como de juguete, y así poquito a poquito”, relata. Tony salió en octubre de prisión después de que el juicio de apelación demostrase su inocencia. Pero regresa con frecuencia a seguir tocando con Segregados porque los echa de menos. “Como banda estamos unidos por el corazón. Con ellos aprendí a bajar los pies, estar sereno, estar consciente de quién eres, a dónde vas, y qué quieres hacer. Ésa es la energía de la música”. Y es que realmente la música les sirvió para comunicarse entre ellos, reflexionar y salir adelante.

En su estudio de grabación dentro del Reclusorio Oriente, los Segregados: Tony con camiseta naranja, por ya no estar preso, y desde su izquierda hasta su derecha,Tlapala, el Teclas, Toño, Corona, Fabi, Norteño, Jona, Luis y Paco. (Ignacio Galar)

Empezaron tocando covers de Led Zeppelin, Black Sabbath y grupos de rock y ska mexicanos como La Maldita Vecindad o Panteón Rococó… En el camino invitaron a otros reclusos que tuvieran ganas de participar aunque no fuera su estilo. Así llegó José Luis Tlapala, el mariachi que toca ska o Sergio Corona, un trombón de banda norteña. Tlapala trabajaba de violinista en un grupo mariachi, así que llegó a la cárcel con su violín a cuestas. Al principio estaba tan deprimido que no quería ni ver un instrumento, pero Jona insistió. No hay ska sin trompetas y aunque Tlapala no la tocaba, le sería útil aprender para ampliar sus posibilidades en grupos de mariachis cuando salga. El violinista era reticente, no digería el encierro. Su esposa tuvo que convencerle. Ahora está “feliz, con esta músicas y con todas”. Después de integrar Segregados decidió crear un grupo de mariachis, con los que también toca, Los Amigos de Tlapala. Corona, sin embargo, sigue estrañando las vibraciones de las rancheras y los corridos, y aunque está “contento de participar en el sueño de Jona” la experiencia de Segregados le ha animado para conseguir también el suyo propio y ya está enseñando a tres jóvenes a tocar música norteña para formar su propia banda.

Para Jona, el líder del grupo, haber sacado un disco es "un sueño hecho realidad". Ignacio Galar

Esa mezcolanza le da un cáracter propio a Segregados. Es como haber puesto en una licuadora a un batería de rock, un bajista de metal, un trombonista de banda, un trombonista de norteña, un mariachi y un cantante de música tropical. “Es una experiencia muy curiosa porque normalmente los grupos se forman por una empatía musical, en cambio aquí cada uno veníamos de géneros diferentes y  empezamos a fusionarlos”, resume Antonio Garza, Toño, el batería.

Y es que frente a las diferencias que podrían tener, comparten las dificultades y la tensión de la vida entre rejas. “La vida aquí dentro es en blanco y negro, pero desde que entras al grupo la vida ha sido de colores”, cuenta Francisco Ramírez. Paco no había tocado nunca afuera, pero cuando llegó buscó algo en que matar los días y encontró este grupo. “Yo tenía experiencia en sonorización en salon de fiestas, así que Tony me invitó a hacer el audio. Al pasar el tiempo me fui integrando y empezé a darle palmadas a un jambee. Estoy muy agradecido con la banda”. Ahora es el percusionista.

También allí agarró por primera vez una guitarra Luis Morales, el Güicho, que, con 24 años, es el más joven del grupo. Llegó a un taller de guitarra que imparte Jona en la prisión y ahora ya no quiere separarse de ella. “La música me ha cambiado la vida, mis pensamientos aquí dentro”, asevera.  Y así, cada uno de los diez integrantes que ahora componen Segregados fue salvando los obstáculos de la cárcel, sus propias barreras mentales y emocionales hasta reconocerse como una persona valiosa a través de la música. “Olvidarte de tus asuntos legales, jurídicos y personales y ponerte a pensar en una cancioncita es bien difícil, pero cuando lo consigues te hace crecer, porque lo sientes, lo proyectas y lo contagias a todo el mundo”, subraya Tony, quien cuenta en una de las canciones como su esposa lo abandonó mientras él estaba en la cárcel.

Con esta vocación fueron salvando las obligaciones diarias de la prisión y encontrando cada vez más tiempo para ensayar. Con su dedicación se ganaron el apoyo de los responsables del reclusorio y pasaron de ensayar en los baños a poder hacerlo en el auditorio, tocar para los otros reclusos, y finalmente les facilitaron un espacio para que montaran un estudio de grabación. Después de un año y medio tenían 12 canciones listas y ya son el hit dentro de la cárcel. “Ahí van los Segregados”, grita un recluso cuando los ve pasar.  Un grupo de documentalistas que estaban haciendo un video sobre músicos en las prisiones, les brindaron su apoyo y entre todos se pusieron manos a la obra para grabar un disco.

Intolerancia, una discográfica mexicana independiente, se interesó por su música y les facilitó el material pero todo fue musicalizado, arreglado, sonorizado y mezclado, por internos. De repente faltaba un cable y debían de esperar al siguiente día de visita para seguir grabando pero a pesar de los escollos, ya tienen el CD en la mano.

En la presentación del disco, el cantante, Jona pidió perdón a su familia "por los errores cometidos". (Ignacio Galar)

“Este disco no es una curiosidad. Es un gran disco, más allá de donde venga. No es bueno porque lo hayan hecho los internos, es muy bueno musicalmente. Es muy difícil para los músicos hacer mezclas de género, aquí aparecen de manera natural, real”, explica Raúl Ojanjure, fundador de Intolerancia.

Ellos, en cambio, no quieren fama, sólo “cambiar un poco la conciencia de la gente sobre los que estamos en un penal y lo que sucede aquí. Desgraciadamente siempre salen noticias malas de los reclusorios pero cualquier persona puede caer aquí”, señala Toño. “Nosotros somos un ejemplo de que puedes lograr lo que quieres en las circunstancias más adversas si le echas ganas”, agrega Tony. A la entrada del concierto, un grupo de reclusos que integra el taller de pintura exponen sus obras. Entre ellas, hay un retrato de cada uno de los Segregados.

La presentación del disco es un éxito. En el concierto suben a tocar tres integrantes de La Maldita Vecindad, una mítica banda de ska mexicano que ha sido uno de sus referentes. La emoción flotaba en el ambiente. “A pesar de que estamos encerrados por circunstancias diversas, lo importante es que estamos haciendo cosas a partir de la cultura y si ustedes creen en nosotros, nosotros nos lo creemos”, confiesa emocionado Toño. El grupo está eufórico de poder tocar con sus ídolos.

La Maldita Vecindad se quiso sumar porque Segregados demuestran una vez más que “ante una vida tan dura, la música y todas las formas de arte pueden liberar el alma”. “La justicia mexicana tiene muchos problemas: corrupción, gente que no tiene los recursos para defenderse… son muchas las razones por las que muchos acaban aquí sin tener que estar. Pero aún si han cometido un delito siguen siendo seres humanos y tienen necesidades más allá de sobrevivir, dormir y comer. Necesitan espacios donde expresarse, sacar lo que pasa aquí dentro. Segregados desarrolló primero el deseo de comunicarse entre ellos, de saber por qué están aquí, reflexionarlo y luego compartir con los demás. La música es un canal de comunicación muy sui generis, transciende las rejas, las fronteras, el idioma. Es una buena forma de hacerlo”, explica Sax, su saxofonista, quien recuerda que además le sorprendió muchísimo su calidad musical cuando escuchó el disco.  Ahora le roba el saxofon al Norteño y hace piruetas con la melodía.

Los Malditos, en la guitarra, la pandereta y el saxo, tocando con Segregados. (Ignacio Galar)

Éste es solo uno de los muchos grupos de música que se conforman en las prisiones mexicanas. Un ejemplo más, como dice Tony, de que las personas “sí se pueden readaptar si encuentran su motivación y tienen disciplina”. Y la música es una buena motivación para muchos. El dinero que recauden lo reinvertirán en un segundo disco y “ojalá este CD sea la punta de lanza y en otros reclusorios se fomente más la música y crezcan los grupos”, espera Jona. Mientras tanto seguirán tocando como ahora.

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