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Culturas

La tragedia histórica de Haití

Portada del Cuaderno de la AEXCID "Haití"

“Espectáculos solidarios con la noble finalidad de recoger dinero para una futura reconstrucción, aunque no se sabe bien de qué ni en qué plazos. Donantes que anuncian cantidades millonarias de ayuda para los próximos años, aunque con el paso del tiempo esas cantidades no llegan. Informaciones que van diluyéndose hasta que otra nueva tragedia sustituye a la anterior”.

El libro habla de Haití, pero bien pudiera tratarse de cualquier otro país, porque el ritual siempre es el mismo: A las primeras imágenes e informaciones sobre la catástrofe, se suceden las primeras ofertas de ayuda. Enseguida, material de emergencia, personal humanitario y enviados especiales viajan hasta el lugar en aviones fletados. Luego vienen las visitas fugaces de dirigentes políticos y sus promesas a largo plazo. Y a medida que se reciben cifras de víctimas humanas, ONG de todas partes del mundo se lanzan a la recaudación de dinero.

Tragedias como la de Haití no son nuevas. Cada año, el mundo sufre 50 movimientos sísmicos parecidos. Sin embargo, pocas veces esos movimientos provocan una destrucción y un dolor tan grandes como los que vivió la población haitiana el pasado mes de enero. ¿Cómo se explica esto? La regla de tres es muy sencilla: cuanto más pobre y miserable es el país, mayor es el impacto de la catástrofe.
Por eso, hablar del terremoto que asoló el país antillano como resultado de una malvada voluntad de la naturaleza no hace en nada honor a la verdad: las causas se evaporan, los responsables desaparecen y la situación se perpetúa. La tragedia de Haití va mucho más allá del desplazamiento de unas placas tectónicas. Aunque sus orígenes sean naturales, no lo son en absoluto sus efectos; éstos tienen una responsabilidad “claramente humana”.
Así lo explican Pasqual Moreno, Ricardo Solé y Carlos Gómez en el primer número de la serie Cuadernos AEXCID, una publicación periódica sobre distintos temas de actualidad que lanza la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional para el Desarrollo.
“Para que, en un país, la mayoría de la gente pase hambre, deben darse un conjunto de factores”, arranca el libro. Ni la fatalidad del destino, ni un capricho de la naturaleza. El drama humano que protagonizó Haití a principios de año tiene más que ver con largas décadas de dictadura, violencia, asesinatos y políticas internacionales que minaron su capacidad de decisión.

Los colonos, primero españoles y, a partir de 1697, franceses, además de esclavos y trabajos forzados, llevaron a la isla ganado y cultivos típicos del Viejo Continente, algo que se fue traduciendo en el agotamiento y en la pérdida de fertilidad de los suelos productivos. Pero el efecto más perjudicial de la colonización en este sentido no fue ése, sino el dejar en la mente de los antiguos esclavos un modelo de producción orientado casi exclusivamente a la exportación.

Haití fue el primer país de América Latina en conseguir su independencia (1804), pero el título le costó caro: además de diez años de guerra, se vio obligado a compensar la pérdida de tierras y esclavos a sus colonos franceses con el pago de 150 millones de francos/oro (lo que hoy se traduce en unos 25.000 millones de dólares). Esto le obligó a pedir un préstamo a la comunidad internacional; y es precisamente este préstamo el que le hace entrar en el círculo vicioso de producir para exportar.

Pero los años de independencia no fueron mucho más felices para su población, porque además de la deuda, su Gobierno arrastraba una fuerte inestabilidad. Tanto es así que ya son 42 los presidentes que han pasado por el Gobierno de Haití, 29 de ellos asesinados y sólo dos elegidos democráticamente.

En 1986, con el fin de la dictadura, protagonizada primero por François Duvalier y, más tarde, por su hijo Jean-Claude, Haití pasa del más puro proteccionismo a una fase neoliberal que acaba por aplastar sus producciones locales. Esto se debe a que el Fondo Monetario Internacional (FMI) comienza a exigir medidas como la reducción de tarifas aduaneras a cambio de sus ayudas económicas, estrategia que convirtió a Haití, cuentan los autores del libro, en “un aliviadero para los excedentes agrícolas de Estados Unidos”. De esta forma, el país antillano, habiendo sido (por poner un ejemplo) un excelente exportador de arroz antes de los años 70, al suprimir los aranceles, dejó libre la entrada de arroz de Arkansas a un precio subvencionado, y esto provocó el hundimiento de su producción local.

Como resultado, no solamente se creó una fuerte dependencia de las importaciones, sino que, además, muchos campesinos decidieron emigrar a la capital, Puerto Príncipe. Y estas dos consecuencias asientan las bases de la dramática situación en que se ha encontrado Haití después del terremoto: El hecho de que gran parte de la población haitiana viviera en chabolas de cartón, tan vulnerables a catástrofes como el seísmo de enero, no era algo casual.

Estados Unidos y las instituciones de Bretton Woods fueron desplegando así un conjunto de políticas que limitaban la capacidad de decisión de este país depauperado y empobrecido. El caso de James Mac Donald es, cuanto menos, estremecedor. El financiero norteamericano consiguió firmar un contrato con el Gobierno de Haití a través del que se comprometía a construir una vía de ferrocarril entre Puerto Príncipe y Cabo Haití. A cambio, él recibía la propiedad, por un precio simbólico de un dólar la hectárea, de todas las tierras que atravesara la vía, 20 kilómetros a la derecha y 20 a la izquierda. Las tierras pasaron a ser de su propiedad, aunque la vía nunca se llegó a construir. Pero la peor parte, se explica en el libro, es que “el contrato sentó un pistoletazo de salida para la llegada de multinacionales norteamericanas”, hasta el punto que la Constitución del país fue reformada, permitiendo la adquisición de tierras por parte de extranjeros, lo que hasta entonces no era posible.

Pero no era esa la única vez que Estados Unidos ponía en entredicho la soberanía nacional de Haití. En 1982, las autoridades sanitarias norteamericanas ordenaron el sacrificio de todos los cerdos criollos tras haber detectado un brote de peste porcina en el país vecino, República Dominicana. El cerdo autóctono constituía la principal fuente de ingresos para las familias haitianas. Al no requerir grandes cuidados, comer casi cualquier cosa y presentar una gran resistencia ante enfermedades y catástrofes naturales, el cerdo se había convertido en un excelente microcrédito para la población. Por eso, los campesinos opusieron tanta resistencia a la medida, temiendo que no se les pagaran los animales sacrificados ni se les facilitaran otros nuevos, como de hecho ocurrió. Al final, Haití tuvo que pedir un préstamo al

Atención humanitaria en Haití (MSF)

Banco Interamericano de Desarrollo para poder comprar animales que sustituyeran a los sacrificados (animales que compraron a Estados Unidos y que no eran tan resistentes como los anteriores).

Todo esto va empobreciendo el país y acrecentando su deuda, que hoy llega a los 900 millones de dólares. Una “vieja deuda indigna” que desenmascara la “doble moral” de la comunidad internacional: después del terremoto, el FMI anunció una especie de Plan Marshal para salvar Haití que consistía en un préstamo de 114 millones de dólares. En ese momento, el país debía al FMI 165 millones que el organismo internacional se negó a perdonar.

Así, echando la vista atrás, uno acierta a pensar que el error está en tomar a Haití como un escenario coyunturalmente dramático, cuando el drama de Haití, lamentablemente, lleva ya demasiados años en escena.

5 comentarios

  1. LA POBREZA DE LAS NACIONES. Si Adan Smith en 1976 con su obra Las riquezas de las naciones, destacó los principios económicos que explican el desarrollo de algunos países, (la división del trabajo, la protección del interés individual, la superación de las fronteras y el exceso intervencionismo del Estado, …) y de esa manera favoreció en desarrollo en el resto de los países; ya es hora de que los economistas analicen de forma global y profunda, las causas de la pobreza de los países y así podamos terminar con las hambrunas crónicas en los países que no salen del subdesarrollo. Este análisis del caso de Haití es un buen ejemplo para empezar.

  2. cristina

    excelente informe sobre las condiciones y la situación en los campos de personas desplazadas en Haití: http://ijdh.org/wordpress/wp-content/uploads/2010/10/Report-unstable-foundations-final-2.pdf

    el Institute for Justice and Democracy in Haiti, organización de referencia para entender Haiti: http://ijdh.org/

  3. Claudio

    Se necesitan periodistas que escriban artículos como este (claros y sin contaminación).Te felicito Isabel

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