Culturas

El tren negro

Javier Valdés Cardenas (Roberto Bernal)

La oruga de acero esperaba bufando, ansiosa, en el pasillo trece de la estación de trenes de cercanía, en Chamartín, Madrid. Los visitantes, periodistas, intrusos, escritores y organizadores de la 23 edición de la Semana Negra de Gijón avanzaban ávidos y revoloteando, bajando escaleras, cargando maletas, tomando fotos, sonrientes y párvulos. Caminaban haciendo aplausos con sus pasos. Se detenían y golpeaban sus manos: hormigas sedientas a la hora del recreo escolar, timbre de inicio de vacaciones, hora de jugar y soñar.

El tren estaba ahí, cual oruga de acero, pero de colores azul con blanco y un gris en la parte superior: el mitológico tren negro, imponente, respirando agitado como un toro en la fiesta de San Fermín, presto para comerse los rieles, hambriento de tragarse a las hormigas, esas que le aplaudían cuando lo sintieron avanzar y que estaban poblando, sentados, sus asientos y rincones.

Alguien gritó si era necesario empujar. Todos rieron. Las hormigas, con gafetes de autores y reporteros, mutaron y se convirtieron en avispas, y luego en bípedos de pelo largo, barbones, amezclillados, de lentes, con computadora portátil y cámara digital para tomar fotografía y video.

La felicidad les había tatuado una sonrisa y unos fanales encendidos en lugar de los ojos. El tren negro parecía traer en la delantera el letrero de la ruta: Madrid-Gijón-Felicidad y puntos intermedias, ida y vuelta.

Una vez arriba, con las maletas acomodadas y el sistema de aire acondicionado encendido, empezó el trajín. Y el monstruo de acero se movió lentamente. Y los empleados del ferrocarril, solícitos y contagiados, empezaron a caminar lentamente, mientras disparaban a corta distancia, A quemarropa, el periódico de la Semana Negra.

Varios cadáveres quedaron recostados en los cómodos asientos de algunos de los tres vagones: eran autores desvelados, boquiabiertos, de lentes oscuros para disimular el desvelo, despeinados pues no hubo tiempo para el baño, lívidos por ese hábito nocturno de buscarle el fondo a las botellas.

En poco tiempo aquello fue un manicomio: círculos de periodistas cantando el Cielito lindo, escritores y hacedores de tiras cómicas discutiendo sobre las dictaduras militares, prófugos de los versos rosas queriendo pintar los vagones de negro por dentro, sedientos y rijosos novelistas protagonizando escenas apocalípticas para alcanzar un pomo de agua fresca, bellas mujeres contando chistes de fluidos carnosos e inundantes, humo, densidad, carcajadas, besos al aire, hojas pegadas a los dedos de algún tímido lector.

(zuenGordelekua Flickr)

Un hombre bajo, de corbata y un puñito de bellos blancos bajo el labio inferior empezó a contar a los que dormían pero estaban muertos y a los que sentados, idos, viajando a través de la ventanilla y la campiña madrileña, viajaban lejos. Era el saldo de la refriega. Y los chingazos apenas empezaban.

La máquina avanzó en velocidades de los 50 a los 120 kilómetros por hora. La película que aparecía en las amplias ventanas pasó de pequeñas comunidades a los verdes plantíos, de pequeñas poblaciones al pinar de las montañas, de antenas y cables y cintas de chapopote señalamientos viales a los arroyos y ríos.

Y el Tren Negro devorando rieles, mascando durmientes, degustando combustible, piedras policromáticas, tierra café que luego se hizo rojiza.

Cuando la oruga de acero traía en su silente y efectivo vientre alrededor de 400 kilómetros devorados y le dificultaban la digestión los casi 140 pasajeros, la estación de Mieres, entre cerros de un verde sempiterno y un río canturriante, recibió a los de sonrisa tatuada con el sonido de las gaitas. Después de un recorrido a pie y de haber sido escoltados por la policía –en esta ocasión, por primera vez, no en calidad de detenidos- los de la palabra como patria se abalanzaron con pasos cavernarios a la comida, los refrescos y postres. La fiesta se había extendido al adoquín, las calles angostas, plazas y cafés de la pequeña ciudad. Pero ya no hubo oportunidad para el café. Había que partir de nuevo. Gijón, su banda, las autoridades, esperaban a poco más de 140 kilómetros más.

De nuevo los túneles y otra vez, en pasillos y asientos, de pie, charlando, soltando carcajadas que viajaban traviesas por todos los vagones, aquello fue de nuevo un hospital de orates. Y volvieron los chistes, las canciones de Escándalo, los diálogos cultos sobre la nada, la prosa, el cine y los versos que nadie escribió.

Y la oruga mascó rieles, como cada año, reestrenada, ufana, hasta Gijón, donde la música de la banda regional fue embestida por trabajadores y desempleados, que protestaron contra todo, incluso contra escritores y organizadores, a quienes les sacaron la cerilla con los sonidos estruendosos de silbatos y babucelas. Mejor forma de recibir a los de la Semana Negra no había: rijosos, acostumbrados a los actos antigubernamentales e insumisos, disfrutaron las mentadas de madre, las señas obscenas y las acusaciones de vividores que les hicieron. Y algunos, incluso, estuvieron a punto de unírseles.

Y Pacto Taibo 2 y compinches dijeron esto apenas empieza. Y exhaustos, primerizos de la Semana Negra y extasiados de tanta generosidad, se dispusieron a apresurar los pasos, contagiados, enfermos, demenciales, por la sobredosis de rieles y felicidad.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie