Culturas

“A ojos de Occidente, los árabes somos una panda de terroristas»

Khaled Jubran, virtuoso palestino del oud y el buzuq, explica las dificultades de la cultura árabe en el actual contexto político.

“La ocupación israelí hace lo que puede para obstaculizar la vida cotidiana de los palestinos”, asegura.

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Su música resulta hipnótica. Perderse entre las notas que arranca al oud o al buzuq, ambos tipos de laúd, es una tentación que evoca el olor a incienso y cardamomo y el bullicio de un zoco. El alma árabe queda atrapada por los instrumentos que mejor la representan gracias a los dedos de Khaled Jubran quien, absorto en la música, apenas levanta la mirada para encontrarse con su respetado y desconocido público libanés, con el que no establecerá un diálogo hasta que no termina su pieza. Porque ser uno de los más virtuosos intérpretes de buzuq del mundo árabe no garantiza el éxito, y menos en la refinada Beirut.

“Tocar en esta ciudad es un reto enorme. La audiencia libanesa es muy elitista, cree que sabe de todo”, suspiraba días antes de su actuación en las entrañas del Teatro Girasol, donde se celebra estos días el Festival de la Primavera, una bella convocatoria multidisciplinar destinada a revelar talentos desconocidos en la región –de Afganistán, Uzbekistán, Italia, Francia, Tanzania- y también a deleitar al público con la presencia de sus grandes, como el propio Khaled Jubran.

En el escenario, sólo hay un oud, un buzuq y un micrófono. Khaled, de riguroso negro, se adivina entre turbado y honrado. Le cuesta creer estar en Beirut. Ha sido el sueño de toda su vida, y sólo con 50 años y un enorme esfuerzo burocrático detrás ha conseguido sortear la norma que implica que nadie que haya pisado suelo ocupado por Israel puede entrar en el Líbano, en guerra con Tel Aviv desde hace décadas. “Como artista, estar aquí es emocionante. Beirut es la capital cultural del mundo árabe, lo fue antes de su guerra civil y lo vuelve a ser ahora. Beirut es la Meca de los artistas”, explica. “Y como palestino… Cada niño palestino crece con la curiosidad de poder ver un día el Líbano y Siria precisamente porque no podemos entrar. Yo crecí soñando con este momento, y con mi abuelo repitiendo una y otra vez que Damasco es la ciudad más bella del mundo. Pero no me dejar visitarla, no puedo saber si es así”.

Las dificultades de Al Mawrid al Thaqafy (Recursos Culturales), una ONG regional que promueve los intercambios culturales (de ahí que en esta edición incluya el reggae o la música folk afgana y uzbeca) para alentar la creatividad artística de los árabes y de la Asociación Shams, para lograr la llegada al país del Cedro de Jubran fueron una odisea. “Es nuestro reto desde hace ocho años, cuando conseguimos su visado pero le prohibieron entrar en el país la víspera de la actuación”, recuerda Hanan al Hajali, responsable artística de Al Mawrid y fundadora de Shams, ambas tutoras del Festival de la Primavera, un evento bianual que se celebra simultáneamente en Egipto y el Líbano. Khaled Jubran se sacó hace unas semanas un pasaporte palestino exclusivamente para este viaje, ya que suele utilizar su documento israelí –está nacionalizado en Israel- para el resto del mundo. “Esta vez, gracias a su fama en todo Oriente Próximo y a la gestión del Ministerio de Cultura libanés ha podido llegar a tiempo”.

Khaled Jubran.

Mejor dicho, casi a tiempo. El visado sólo llegó la medianoche previa a su actuación. La organización no tuvo problema en aplazarla unos días, y el público tampoco a juzgar por la masiva afluencia el día de su concierto.

Jubran se muestra hastiado de que la política se inmiscuya en el arte. “Es todo una locura. Pero no es especialmente grave en el Líbano: a los palestinos nos pasa en todos los países del mundo. Al menos, aquí nos quieren; en Europa en cambio, nos tratan como a terroristas”. Las incidencias que sufre en los aeropuertos no son nada, al fin y al cabo, comparadas con las que se encuentra a diario en Cisjordania. “La ocupación israelí hace lo que puede para obstaculizar la vida cotidiana de los palestinos”, lamenta.

Nació en el seno de una familia de artistas palestinos en Galilea, en 1961. Su padre, Elias Jubran Abu Khaled fue músico y luthier, su hermana Kamilia es una cantante dotada de una extraordinaria voz. “Pero los árabes no apreciamos nuestra cultura. Mi padre me obligó a estudiar Medicina pensando que la música no tiene futuro, pero a los tres años lo dejé para dedicarme a la música y me tuve que enfrentar con él”.

Con el tiempo demostraría que  no se había equivocado. Khaled estudió y enseñó música en la Academia Rubin de Jerusalén antes de fundar y dirigir, en 1994, el departamento de Música Arabe del Conservartorio de Ramala. En el año 2000, creó el Centro Urmawi para Música Mashriq, bautizado como el teórico de la música del siglo XIII que destacó durante el califato abasida y situado a seis kilómetros de la ciudad cisjordana, destinado a preservar la herencia musical de los palestinos mediante la enseñanza, la práctica y la producción comercial.

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“Lo fundé en el peor momento”, comenta entre risas mientras niega con la cabeza, en castigo a su propia osadía. “Coincidió con la segunda Intifada, y las cosas empeoraron. En 2001, cuando empezamos a rodar, nos pusieron un checkpoint israelí justo delante de la academia y otro detrás, de manera que no podía llegar ni un solo estudiante”. La situación no sólo era surrealista: también peligrosa. Como relató al semanario egipcio Al Ahram en 2002, “cuando naces en tierra palestina, naces con este problema. En los dos últimos años he sido tiroteado cuatro veces en una sola semana. Si te desplazas de Jerusalén a Ramala para dar una lección de oud a 20 kilómetros de donde vives, puede convertirse en el viaje más peligroso de tu vida. Por todos lados hay sentimiento de peligro y la posibilidad de que no acabes aquello que has empezado porque la prioridad es preservar la vida”.

La imposibilidad de enseñar en tierra palestina le llevó a dar seminarios en la región y en el extranjero. “Irónicamente, era más fácil dar clases en Zanzíbar que en Ramala”, relata. “En una ocasión me invitaron a dar un concierto en Alejandría con dos antiguos alumnos del Conservatorio. No me dejaban llegar a Ramala ni a ellos venir a verme a Jerusalén. Así que nuestro ensayo se limitó a pasarnos notas, y sólo una vez en la ciudad egipcia pudimos ensayar, unas horas, antes de actuar”.

Pero nunca le faltaron alumnos. “Es la naturaleza de Ramala, sobreponerse a las dificultades y buscar actividades culturales”. Esa es la razón que a su juicio explica que la ciudad palestina acoja tres instituciones musicales y que, cada vez, acuda más gente a sus conciertos.

En el Centro Urmawi ya no se enseña, sólo se produce. “Llevo 20 años enseñando y ya estoy cansado”, aduce Khaled. “He tenido a críos que eran verdaderos genios de seis o siete años, pero ¿cómo convencer a un padre de que tiene un genio de la música en la familia? En el tercer mundo eso no garantiza el futuro. La cultura está en horas bajas. Mi escuela estaba destinada a que los palestinos y los árabes en general sean más profesionales en la música, pero el pop está destruyendo el tradicionalismo árabe”. Jubran se queja de la acogida que se da a las influencias occidentales –televisión e Internet mediante- en detrimento del repertorio árabe clásico. “El flamenco hace que el mundo entero respete a España. ¿A nosotros, por qué música se nos respeta?”, se interroga.

Jubran, durante una actuación.

El virtuoso palestino no perdona una comparación que estableció ya hace años. “Cuando se casó una de sus infantas, la única música que pudo escucharse en la ceremonia que celebró el monarca Juan Carlos fue música española. Cuando se casó Abdala de Jordania, el rey Hussein sólo programó música sinfónica. ¿Estába avergonzado de nuestra música?”, se indigna. A juicio del  intérprete, con tres discos en el mercado –Em al Khelkhal, Mazamir y Bridge-, la música no es la única en riesgo. “La UNESCO predice que a finales de siglo habrán desaparecido 20 lenguas, entre ellas el árabe. Cada año se traduce o publica en España el mismo número de libros que lo ha hecho el mundo árabe en todo un milenio. A ojos de Occidente, los árabes somos una panda de terroristas. Es un mal momento para la cultura árabe”.

Durante su actuación del Teatro Girasol no daba esa impresión. El lleno era total, algunos espectadores sin reserva se habían quedado en la calle y la audiencia seguía los compases de su música con la cabeza y las manos, algunos absortos, otros extasiados. Con la cabeza recostada sobre el buzuq, Khaled desgranaba notas de tristeza que, sin necesidad de palabras, hablaban de frustración, desposeimiento y resistencia. Al final de cada pieza, el aplauso del público destilaba fervor.

Le pregunto si alguna vez será posible celebrar una edición del Festival de la Primavera, que tiene lugar al mismo tiempo en El Cairo, Beirut y Alejandría, en Ramala. “Claro, siempre lo podríamos hacer por videoconferencia”. Jubran no bromea. “En 2006, cuando Israel bombardeaba al mismo tiempo Gaza y el Líbano, decidimos organizar un festival similar en Ramala. Contactamos con los mejores músicos de la región y todos actuaron por unos minutos delante de los 800 espectadores que acudieron a la principal plaza de Ramala. La Autoridad Nacional Palestina boicoteó el concierto, porque en Gaza gobierna Hamas. Lo más triste es que ninguna televisión árabe lo retransmitió”. En su respuesta reside la trampa. Si hacen falta webcams para llevar a los artistas a tierras palestinas, no será lo mismo. Ramala no estará para fiestas mientras Israel controle sus accesos.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie