Cooperación

Refugiados urbanos, la huida invisible

La mitad de los refugiados del mundo vive en ciudades

Los organismos internacionales buscan nuevas fórmulas para afrontar esta situación

Tres mujeres afganas con sus hijos caminan por un barrio pobre de Rawalpindi, en Pakistán hace apenas una semana (Muhammed Muheisen / AP)

“Yo no pude traer nada. Sólo traje un maletín con un poquito de ropa, nada más. Si me ponía a sacar de pronto un televisor, de pronto una estufa, eso daba a la gente que yo para dónde me iba, qué estaba haciendo. Me vine sola, sin nada. Dejé a mis hijos botados allá. Y de ver que mis hijos se quedaban solos allá, yo sufría acá en Bogotá”. La vida de Blanca (nombre ficticio) se partió en dos cuando asesinaron a una de sus hijas, con tan solo 15 años de edad. Entonces empezaron las llamadas, las amenazas, y el miedo se convirtió en compañero cotidiano de esta mujer, enfermera y líder comunitaria, que finalmente optó por huir de la violencia buscando el resguardo en el anonimato de la gran ciudad.

La historia de Blanca es solo una entre los más de cuatro millones de colombianos que se han visto obligados a abandonar sus hogares como consecuencia del conflicto armado. La mayoría de ellos se ha marchado a ciudades como Bogotá que, hoy en día, constituye un ejemplo paradigmático de los nuevos retos que plantea el desplazamiento en los entornos urbanos. Para los que huyen, el desafío que supone volver a empezar de nuevo en un lugar donde, muchas veces, la competencia por unos recursos escasos es elevada; para los que tienen la responsabilidad de proteger, el desafío de prestar asistencia en entornos muy diferentes a los tradicionales campamentos de refugiados.

Un fenómeno global

En la actualidad, más de la mitad de la población mundial, unos 3.300 millones de personas reside en ciudades. De ellos, 1.500 millones sobreviven en barriadas informales y asentamientos precarios. La urbanización es una de las tendencias globales de nuestro tiempo por ello, no es de extrañar que, según datos de ACNUR, prácticamente la mitad de los 10,5 millones de refugiados que existen en el mundo vivan hoy en ciudades, principalmente en países en vías de desarrollo. Las cifras son todavía mayores si se añade a ellas el número de desplazados internos, retornados y apátridas hasta el punto de que, según los expertos, resulta realmente complicado hablar de datos exactos.

“El desplazamiento urbano constituye claramente un fenómeno global con efectos localizados”, destacaba el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, António Guterres, con motivo del Diálogo sobre los Desafíos en Materia de Protección en Zonas Urbanas, celebrado en Ginebra el pasado diciembre. Guterres subrayaba que muchas de estas personas continúan viviendo en condiciones extremas, muchos “se instalan en suburbios, hacinados, se ven obligados a ganarse la vida en sectores de la economía informal, donde son objeto de explotación y tienen que competir con otras poblaciones marginales por las escasas oportunidades disponibles de generación de ingresos”.

Varios niños esperan una ración de comida en Rawalpindi, Pakistán. Abril 2009. Emilio Morenatti / AP

Sobrevivir en la ciudad

Su llegada a las ciudades (más de un millón de iraquíes en Damasco y Ammán, alrededor de 1,7 millones de desplazados y refugiados en Jartum, sólo por citar algunos ejemplos) supone una presión adicional a problemas ya existentes en estos barrios periféricos como el acceso a agua potable, educación, atención sanitaria, sistemas de saneamiento deficientes, competencia por los recursos y el empleo, etc., hasta el punto de que el incremento de las tensiones entre los desplazados y refugiados urbanos y las poblaciones de acogida puede provocar el surgimiento de nuevos conflictos, indica Anna Tibaijuka, directora ejecutiva de ONU-HABITAT, para la Revista Migraciones Forzadas.

A larga, sostiene Sebastián Albuja, analista del Observatorio de Desplazamiento Interno (IDMC) que recientemente participó en el seminario “Refugiados en la ciudad”, organizado por el Instituto de Desarrollo Social y Paz de la Universidad de Alicante, se trata de un problema de pobreza y desarrollo. “Si pensamos en esto a largo plazo nos damos cuenta de que estamos hablando, más allá de la cuestión de la emergencia, de una cuestión de pobreza, es un problema de desarrollo más que humanitario”. Sólo en Bogotá, recalca, los ingresos de los desplazados son un 27% más bajos que los de la población pobre no desplazada y el 98% de los desplazados internos viven bajo el umbral de pobreza.

Asistir a este sector de la población invisibilizado que en ocasiones se confunde con la población que ha migrado a la ciudad por razones económicas y la población pobre autóctona plantea grandes desafíos a la comunidad internacional y los gobiernos locales y regionales. Los refugiados urbanos son especialmente vulnerables y difíciles de identificar pues no siempre revelan su identidad, muchas veces desconocen sus derechos, y optan por seguir siendo invisibles y pasar desapercibidos por miedo a expulsiones o represalias. Otras veces, su invisibilidad se acentúa ante la falta de interés e información sobre ellos, tanto por parte de los donantes como de los medios de comunicación, que contribuyen a perpetuar la imagen de los campamentos, una realidad que afecta sólo a un tercio de la población refugiada mundial.

En un intento de adaptarse a las nuevas tendencias, ACNUR aprobó en septiembre de 2009 su nueva “Política sobre la protección y las soluciones de los refugiados en zonas urbanas” que, según el propio texto “marca el inicio de un nuevo enfoque respecto a la forma en que el ACNUR pretende abordar la temática de los refugiados que residen en zonas urbanas”.

Su incidencia está por verse si, tal y como prevé António Guterres, “las ciudades van a ser cada vez más el escenario principal de la respuesta humanitaria a las necesidades de estas personas” que, como Blanca y tantas otras, un día no encontraron más alternativa que empezar desde cero en otro lugar con el fin de salvar su vida.

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