Cooperación

Las niñas multitarea

Las niñas en Ecuador aprenden desde pequeñas a combinar las labores de la casa, el trabajo y su educación

Cenit es una ONG que trabaja para que no abandonen el proceso educativo cuando terminan primaria

Cuenta un centros de formación de modistas, ebanistería y panadería

Nancy Caicho y Erika Almagro, a la izquierda, durante el fin de curso en el Centro de la Niña Trabajadora. (Gonzalo Ortiz/IPS)

En Ecuador, las niñas trabajadoras confirman la estadística universal: abandonan menos los estudios que los niños en igual situación, porque aprenden desde muy pequeñas a combinar el ganar un ingreso con el cuidado de sus hermanos y el seguimiento de su educación. “Es que las niñas, al igual que sus madres, son multitarea. Trabajan pero se dan modos para estudiar”, asegura a IPS María Cecilia Pérez, experta en el trabajo informal urbano de la capital de Ecuador, donde miles de niñas y adolescentes trabajadoras se esfuerzan por mantenerse dentro del sistema educativo.

Nancy Caicho y Érika Almagro, ambas de 13 años, asisten felices a la ceremonia de clausura del año escolar en el no gubernamental Centro de la Niña Trabajadora (Cenit), situado en la zona sur de Quito, donde conviven sectores de clase media y baja. En esta ciudad de dos millones de habitantes, 37 por ciento de la población económicamente activa trabaja en el sector informal –ocupada por cuenta propia o subempleada y siempre con ingresos menores al salario legal–, mientras nueve por ciento está desempleada.

Las dos niñas y otras compañeras que las rodean se quitan la palabra unas a otras para contar su satisfacción por haber aprobado el octavo grado de la educación básica, pese a que todos los días del año trabajan junto a sus madres como vendedoras ambulantes en las calles adyacentes al cercano mercado de Chiriyacu. Su trabajo de fin de curso consistió en elaborar un vestido, que acaban de modelar en el desfile con que cierra el año escolar. Mientras, adolescentes de noveno realizaron diseños de calle y ropa de dormir y las de décimo, el último grado de la obligatoria educación básica ecuatoriana, conjuntos de fiesta y de ceremonia, incluso hermosos trajes de novia.

Ellas mismas, con los nervios de las grandes ocasiones, son las modelos de sus creaciones en la improvisada pasarela, mientras los padres, las madres y otros familiares las miran con una mezcla de asombro y orgullo. El Cenit mantiene, entre otros programas, un Centro de Formación Artesanal que educa a adolescentes de 12 a 18 años que han terminado la educación primaria. En tres años reciben el título de maestras en corte y confección.

En el año 2009, según datos que acaba de divulgar el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, el 85 por ciento de los niños, niñas y adolescentes de Ecuador solo estudiaban, un marcado avance de 10 puntos en la escolarización en tan solo cinco años. En este país sudamericano de 14,2 millones de habitantes, la población infantil y adolescente -para fines estadísticos entre cinco y 17 años- alcanzaba el año pasado tres millones 813.368 personas, de los que 9,8 por ciento trabajaban. De los niños y adolescentes, trabajaban 12, 2 por ciento y de las niñas y adolescentes 7,3 por ciento.

La mayoría de la población infantil y adolescente trabajadora vive en las áreas rurales, donde 17,5 por ciento labora en trabajos remunerados o no remunerados, mientras en las ciudades el porcentaje cae a 5,1 por ciento. En Ecuador, la edad mínima legal para trabajar es de 16 años. Pero un dato que resaltan las estadísticas de 2009 es que de la población infantil y adolescente masculina 5,7 por ciento trabajaban y no estudiaban, mientras que solo 2,9 de las niñas y adolescentes estaba en esa situación.

Gloria Camacho, experta del no gubernamental Centro de Planificación y Estudios Sociales, afirma que en períodos de crisis y falta de empleo, las familias echan mano a dos estrategias: primero es la madre quien sale a buscar trabajo; luego, lo hace un hijo. “Los primeros llamados a trabajar son los hijos varones”. Pérez cree que ello se debe a una racionalidad económica: “los niños varones tienen desde pequeños mayores posibilidades de obtener ingresos y mayor capacidad de movilizarse por la ciudad”.

“Los padres privilegian el trabajo de los niños. Es parte de la construcción de la identidad masculina. Las niñas están más controladas por sus familias”, dijo Camacho. Elena Sisa, madre de tres niñas, lo confirma a IPS: “Las niñas corren más peligro, por eso nos acompañan”. Eso explica en parte que la deserción escolar de los niños sea marcadamente mayor entre los varones que entre las mujeres. Los hijos salen con sus padres a buscar trabajo, y con frecuencia se convierten en peones auxiliares de la construcción o trabajos similares, que les ocupan todo el día.

Pero sor Blanca Rosa, religiosa de la orden católica del Buen Pastor y directora del Cenit, cuenta a IPS que también entre sus alumnas hay ayudantes de albañilería, así como empleadas en el servicio doméstico, jardineras y camareras. “No son solo auxiliares de sus madres en las ventas informales”, puntualiza. “Hay también muchos casos en que ayudan a sus padres como peonas de la construcción, o que deben salir a trabajar solas”, dice, lamentándose también de los frecuentes casos de maltrato familiar y alcoholismo que deben enfrentar sus alumnas de parte de sus padres o padrastros.

“Hay niñas, niños y adolescentes en la calle y de la calle, y son distintos”, puntualiza sor Blanca Rosa. “Quienes están en la calle son aquellos que han debido salir a trabajar por necesidad de sus familias o también por disgustos o violencia en su casa”. Explica la religosa que “los niños de la calle son aquellos que no estudian ni trabajan, han sido expulsados del hogar o éste se ha desestructurado por completo”.

El Cenit se dedica a los primeros, es decir “a las niñas y niños que todavía mantienen vínculos familiares”. El objetivo es “prevenir la callejización a fin de que inicien o continúen su proceso educativo formal”. Para ello trabajan en varios mercados del sur y centro de Quito. “Abordamos en la calle a las niñas y adolescentes, sin descartar a los varones, y los motivamos para que participen en los programas educativos y formativos y pasen menos tiempo en la calle. También hacemos mucho trabajo de sensibilización con sus familias”.

Su centro de formación de modistas no es el único, también tienen uno de ebanistería y otro de panadería; así como un centro de tareas dirigidas y refuerzo pedagógico; una unidad de nivelación escolar, y una escuela compensatoria, donde niños, niñas y adolescentes de nueve a 18 años terminan la primaria en tres años. “Lo que buscamos es que se valoren, como personas, como mujeres”, dijo la religiosa.

Mientras tanto, el desfile de modas continúa. Para sorpresa de todos, aparecen por la pasarela varios padres. Portan, orondos, el pantalón y la camisa que han confeccionado sus hijas.

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