Cooperación
David
Cuando David empezó a sus 18 a estudiar Odontología en la Universidad Europea de Madrid no tenía ni idea de que unos cuantos años más tarde estaría enseñando a usar un cepillo y pasta de dientes a población indígena del sur de Camerún. Desconocía ese detalle tan concreto, pero no le faltaba la certeza de que en su vida tenía que hacer algo por los demás. Sintió que ese era desde siempre su compromiso como individuo.
Y aunque este madrileño no comenzó la carrera por vocación exclusiva -también le gustaba Medicina y otras áreas de la salud-, se embarcó en ella y a medida que la iba avanzando le cogió el gusanillo. Cuando superó el ecuador y llegó al cuarto curso, empezó a colaborar con Odontología Solidaria, donde pasó cuatro años atendiendo como auxiliar de dentista a gente sin recursos económicos, principalmente toxicómanos, población gitana y mujeres maltratadas. Allí se encargaban de sus problemas de salud dental y les cobraban cualquier actuación (revisión, extracción de una muela, cura de una caries…) a sólo 6 euros.
Un año más tarde se licenció, y a la vez que comenzaba a trabajar en una consulta privada en San Sebastián de los Reyes (Madrid), quiso ser útil también en otra latitud, y verle la cara a la pobreza en otros países. Así que viajó a Nicaragua de la mano de Dentista Sin Fronteras, y recorrió el país realizando campañas itinerantes de salud dental. De su experiencia allí, de ese primer encontronazo con una realidad pobre, le marcaron casos como el de una niña de 13 años embarazada de un hombre mayor que tatuaba por todo su cuerpo el nombre de las mujeres a las que había preñado como si de un triunfo se tratara. O el de otra niña que se enamoró de él simplemente por el hecho de que se dirigía a ella con respeto. Esos rostros y su sufrimiento forjaron aún más en él su deseo de ayudar y la necesidad de cambiar realidades.
Al regresar de Nicaragua quiso arrancar un proyecto en un lugar necesitado. Y eligió Camerún por ser un país donde no existe la licenciatura de Odontología, una circunstancia por la cual los pocos dentistas que hay se han formado en el extranjero (en países como Francia o Nigeria) y se limitan a trabajar en la capital. Junto a unos amigos que había conocido en el viaje a Nicaragua se fue al sur de Camerún, concretamente al subdepartamento de Bengbis, y realizó un análisis de la salud buco-dental de sus gentes. Sus compañeros y él atendieron durante un mes a tres mil personas y entre todas ellas sólo encontraron a una que tuviera realizado un empaste. Otro paciente murió durante su estancia allí a causa de una Angina de Ludwig, una patología muy poco frecuente que se originó, en su caso, por una caries mal curada. Así que de regreso a España con la experiencia en la mochila, David estaba convencido de que Camerún era el lugar idóneo para arrancar un proyecto de salud dental.
Contactó con la ONG Zerca y Lejos, que trabaja por los más desfavorecidos a través de proyectos de salud, infraestructuras, educación y animación al desarrollo, y se puso al frente de un plan integral de odontología para el país africano. Uno de los primeros pasos que dio fue crear una escuela de higiene atendida por tres higienistas nativos a los que se encargó de formar. Con ello logró, por una parte, prevenir a través de la higiene pero, por otra, luchar contra ‘la fuga de cerebros’ de África, uno de los grandes males endémicos del continente. A partir de ahí, la vida de David quedó girando en torno a dos ejes: su trabajo en la clínica de Madrid, que le permite vivir, y su tiempo libre que queda empeñado prácticamente al cien por cien en su trabajo dentro de Zerca y Lejos.
Cada verano desde entonces viaja a Camerún, donde realiza labores como la de enseñar a la población a lavarse los dientes con cepillo y pasta, cuando la inmensa mayoría sólo lo había hecho durante toda su vida con lo que llaman jabón de Macabo, parecido a nuestro jabón Lagarto. Allí a David le han herido los ojos las cosas que ha visto. Tuvo que ver a un niño morir de Malaria, temblando. Tuvo en otra ocasión que donar su propia sangre con urgencia porque a un hombre le habían operado de una pierna y no tenían sangre almacenada para realizarle una transfusión. Así, poco a poco, aprendió el concepto del ‘abandono’ total que sufren muchas regiones del mundo. Así, poco a poco, se dio cuenta de que dedicarse a trabajar por los demás no tiene nada que ver con las medallas ni el reconocimiento. Cambiar realidades es un proceso que hace sufrir, por tocarlas con las propias manos. Y sin embargo él sólo quiere seguir haciendo siempre lo mismo, cada vez con más fuerza. La solidaridad es la espina dorsal que recorre su vida.







Ánimo David. Si cada uno hacemos algo por otro hermano menos afortunado, seremos mas eficaces que los “grandes” que se hartan de firmar macroproyectos y no sirven nada mas que para enriquecer a los de siempre.
Si 30 millones de españoles se ocuparan de la escuela, la comida u otra necesidad de un hermano….se acabarian los males de África.
Salud
una historia muy conmovedora,poca gente a estas edades que contais se lia la manta al cuello y piensa en como ayudar a los demas,vivimos en una sociedad que siempre hace pensar que a pesar que tienes un monton de cosas que no valoras todavia necesitas mas y mas.
premiamos un monton de cosas modelos sociales que nada tienen que ver con loas que mantienen los pilares de la dignidad y el esfuerzo,es asi….pero cuando ves que gente como tu David hace estas cosas,sabes tambien que hay un numero de personas que pensamos que hay otra forma de vivir y de ver el mundo,todo un orgullo que pertenezcas a esta profesion tan querida.
me gustaria ponerme en contacto para saber si podria hacer alguna labor ,si podria colaborar en algun tipo de voluntariado,aqui dejo mi correo,gracias!!y adelante!!!