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Cooperación

Arropando a los jóvenes panameños para que no caigan en la violencia

Un programa de Cruz Roja Española trabaja con casi 3000 jóvenes excluídos en Centroamérica para que no terminen ingresando en pandillas.

Planes de futuro compartidos, espacios donde aprender, confianza y las TIC son algunos de los recursos empleados.

Niños que se están formando en el Plan de liderazgo juvenil en Panamá (Clarinha Glock / IPS)

Los menores de 18 años de las principales ciudades de Panamá tienen prohibido circular solos por las calles después de las 21:00 horas. El toque de queda juvenil determina que muchos pasen varios días tras las rejas si sus padres no acuden a rescatarlos pagando una multa. Hasta hace tres años, los jóvenes de los barrios de Santa Ana, en Ciudad de Panamá, sobre el Pacífico y Norte, en la caribeña ciudad de Colón, no podían cruzar la calle sin riesgo de caer en la violencia pandillera.Cuando la Cruz Roja Panameña inició en 2008 un proyecto de prevención de la violencia juvenil en zonas urbanas y semiurbanas, adolescentes de estos vecindarios empezaron a compartir planes y actividades. Aprendieron a enfrentar preconceptos y a crear oportunidades para concretar sus sueños. El espacio abierto se convirtió en una forma de recuperar la capacidad de soñar. “Me gusta el proyecto porque es divertido. Quiero hacer muchas cosas en el futuro. Tal vez salir del país y visitar Costa Rica o Nicaragua”, dice José Meneses, de 15 años y habitante de Santa Ana.

El proyecto forma parte de la Estrategia Regional de Prevención de la Violencia – Centroamérica, México y Caribe, concebida por la Cruz Roja Española y la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. En el lapso 2008-2012 los técnicos del proyecto deben trabajar con 2.945 jóvenes de entre 14 y 21 años en ocho países de América Central y del Caribe: Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá y República Dominicana. De ese grupo, 304 serán seleccionados para acceder a un acompañamiento educativo personalizado con el fin de potenciar su capacidad de dirigir y de incidir en las políticas públicas que los afectan.

Hay exigencias para acceder a esta oportunidad: no portar armas, no consumir drogas y no tener antecedentes judiciales. El foco está puesto en quienes viven en zonas azotadas por la violencia, pero no están aún cooptados por pandillas ni “maras”. Se trabaja donde están los jóvenes, llenando el tiempo libre con actividades alternativas, lúdicras y educativas, recuperando el espacio de la calle como lugar de ocio, encuentro y participación en la comunidad. En las reuniones se discuten derechos y deberes –como regresar a la escuela—y, sobre todo, se presta atención y cariño. El esfuerzo cuenta con apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo.

Los problemas que afectan a la población joven de las periferias son similares: familias desestructuradas, condiciones económicas precarias, desempleo, pocas actividades para el tiempo libre y discriminación. Las noticias sensacionalistas que amplifican el rol adolescente en pandillas y maras crean la percepción alterada de que todos los jóvenes pobres son delincuentes. Cuesta tanto contrarrestar esa imagen que cuando los integrantes de la Cruz Roja iniciaron el proyecto en Panamá debieron cambiarle el nombre. En lugar de “Prevención de la violencia”, se llamó entonces “Promoviendo el liderazgo juvenil positivo”. Por cuestiones de seguridad, en Guatemala, Honduras y El Salvador lo cambiaron por “Promoción de valores”.

Panamá tiene una tasa de 21 homicidios por cada 100.000 habitantes, muy por debajo de vecinos como Honduras, El Salvador y Guatemala. Pero el límite establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) es de nueve por cada 100.000. Una cifra mayor es epidemia, dice la OMS. En 2010 se denunciaron en Panamá 709 asesinatos, casi 15 por ciento menos que en 2009, cuando el registro fue de 818, dijo el 5 de este mes la policía. Los robos se redujeron en 37 por ciento y los hurtos en 16 por ciento.

La coordinadora de proyectos de la Cruz Roja Panameña, Yasmín Ortiz, nos cuenta que al inicio del proyecto había 24 inscriptos. Hoy son más de 100 en la capital y otros tantos en Colón. La lista de espera es grande: si dependiera de la demanda, se duplicaría el número. “Lo bueno es que hay jóvenes que entendieron que, para ingresar al proyecto, deben portarse bien. Se está formando una cultura de ‘si quiero conseguir algo, debo actuar para eso’”, dice Ortiz. “Pero nos preocupa lo que pase cuando el proyecto finalice, en 2012″, agrega. La entidad está buscando fondos para continuar el trabajo, y el mayor desafío es preparar a los participantes para que sigan adelante, con autonomía y confianza, pero solos. Además de las reuniones de discusión, las fiestas y los deportes, la comunicación con los técnicos es diaria a través de aplicaciones como Skype o la red social en línea Facebook. El contacto virtual opera como válvula de escape. En virtud de la política de amedrentamiento instalada en este país, en Ciudad de Panamá, en San Miguelito, al norte de la capital, y en Colón rige desde 2009 el toque de queda para los menores de 18 años: no pueden estar en la calle después de las 21:00 horas sin compañía de sus padres o tutores.

Los que infringen el toque de queda, especialmente en los barrios violentos, son detenidos, y para liberarlos sus padres deben pagar una multa de entre 10 y 25 dólares. “A veces se quedan detenidos varios días porque nadie va a rescatarlos”, apunta Ortiz.

Estos adolescentes sufren dos veces el abandono. En casa, porque a menudo viven sólo con uno de sus progenitores o con una tía o abuela, y fuera del ambiente familiar, por la falta de oportunidades. Trabajan vendiendo chucherías en los semáforos y deben abandonar la escuela para contribuir al sustento de la familia.

En Santa Ana, la sede la Cruz Roja está frente al estadio del Instituto Panameño de Deportes que cierra su portón con candado a las 16:00 horas, justo cuando los estudiantes salen de las escuelas y tienen tiempo libre para juegos y actividad física.

Los jóvenes hallaron la manera de burlar el candado. El espacio que antes ocupaba una casa vecina que fue derribada sirve de entrada al estadio, que cada tarde se llena de adolescentes que juegan al fútbol y al béisbol. Para llegar al campo de juego se arriesgan a arañarse con los hierros retorcidos de la demolición o a caer al vacío detrás de las gradas. Pero ninguna autoridad pública parece haber caído en cuenta de la situación.

En medio de esos adolescentes está Eric Rodríguez, de 18 años, Richard Loaiza, de 19, y Francisco Kassil, de 15. Son líderes en potencia. Sudados después del partido, conversan sobre la venta de rifas para financiar un campamento. Es la primera vez que les toca organizar algo así y están entusiasmados.

Edwin González, de 17 años, cambió su forma de actuar después de entrar al grupo. “Era grosero y no socializaba”, dice. Ahora le gusta dar su opinión en las reuniones.

Charlie Linares, de 28 años y encargado de coordinar los equipos de fútbol, sostiene que los cambios no se ven sólo en los jóvenes, también en la comunidad que los acepta de otra forma. Él los vio crecer con el estigma de la rebeldía y el vagabundeo, y ahora nota las diferencias de comportamiento.

En sus barrios, los jóvenes viven cercados por la venta de armas y de drogas. En muchos de sus hogares la agresión es frecuente entre adultos y con los niños. Pero en las reuniones del grupo los reciben con besos y abrazos. El técnico Daniel González subraya el valor que tiene para ellos que en el proyecto nadie les grite ni los humille. “En este trabajo el técnico debe estar convencido de que cambiar es posible. Y los jóvenes perciben si lo que tú quieres es un cambio verdadero”, apunta Ortiz.

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